Babel

El turismo cultural se ha homologado con el crucerista o el playero. Todo es ya un fenómeno de masas fuera de control

ÁLVARO BERMEJO

Tres segundos ante la Gioconda, cinco minutos ante ese glaciar patagónico que te ha costado tres mil euros y otros tantos miles de turistas colapsando Praga, Venecia, Atenas, como si se concentraran en un megacentro comercial -¿acaso no lo son ya todos los destinos turísticos?-. La gran muralla china se levantó para detener a los mongoles. Ya no puede hacer lo mismo con las hordas de visitantes que la asaltan cámara en ristre, decididos a perpetrar el selfie de su vida.

El turismo cultural se ha homologado con el crucerista o el playero. Todo es ya un fenómeno de masas fuera de control y, sin embargo, unánimenente celebrado como indicador del crecimiento de la economía y la salud de hierro del sector. Las consecuencias están a la vista: la masificación lleva aparejada todas las formas de la barbarie contemporánea. Tanto da que se trate de las marabuntas etílicas que arrasan Magaluf, de los safaris a las órdenes del coronel Tapioca o del tumulto de góndolas por los canales de Venecia. Pegy Vail lo cuenta en Gringo Trails, un reportaje sobre la manera en que la nueva plaga causa daños irreversibles en las culturas autóctonas, mientras Naomi Klein alerta sobre el tsunami turístico global.

Se diría que estamos asistiendo a la génesis complaciente de un Síndrome de Babel, cuyo análisis resulta bastante paradójico. La regresión al estado de las anguilas, que detestan la soledad y se aparean en enjambres, resulta perfectamente compatible con la turismofobia.

Por lo general, quienes más abominan de ella son los mismos que viajan en manada. Los que se amontonan en Florencia deplorando la pérdida de su encanto, los que odian los planes low cost mientras se jactan de haber pillado un vuelo Madrid-Nueva York por treinta euros, los que adoran las propuestas Lonely Planet y se indignan de no ser los únicos en conocerlas. En suma, todos aquellos cuyos destinos preferentes son el exotismo y la autenticidad, sin caer en la cuenta de que millones de semejantes se han decantado por idéntica opción. Por más que protesten, son conscientes de lo que eligen.

La masificación, el embrutecimiento, la vulgaridad ambiente, definen mejor que cualquier tratado de filosofía el alma del hombre contemporáneo. Pero, de vez en cuando, conviene visitar a algún filósofo. Hace dos mil años, Séneca aconsejaba a Lucilo: «Aquellos que pasan su vida viajando acaban por tener miles de anfitriones y ningún amigo». Babel es una playa tóxica rebosante de autómatas felices, donde nadie conoce a nadie.

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