Ayer no más

SANTIAGO AIZARNA

En un tan largo poema que, a pesar de su excelencia hasta se siente la necesidad de rematarlo antes de su final y culminar de esa manera el protervo asesinato de la suma belleza, dedicaba el fabuloso Rubén a J. Enrique Rodó su 'Cantos de vida y esperanza', que comenzaban con este cuarteto: 'Yo soy aquel que ayer no más decía/ el verso azul y la canción profana, / en cuya noche un ruiseñor había/ que era alondra de luz por la mañana'. ¡Caray, qué transformación de escenario, personajes, música y luces por arte de birlibirloque que es con el que tañía su privilegiado numen el admirable nicaragüense!

Dada su debida explicación al origen del 'ayer no más…' me parece necesario decir, a paso corrido, que, aunque hay en los medios periodísticos una frase que viene a decir que «la cosa más vieja del mundo es un periódico de ayer», lo cierto es que es ése un aserto que no se cumple siempre. Y, en cuanto a hacer de la propia casa una hemeroteca, aunque solamente sea de periódicos de un solo encabezado, es una empresa imposible, que resulta ser algo mucho más insostenible aún que hacer del propio hogar, una biblioteca.

Uno admira y envidia, sin duda, aquellas salas de lectura o bibliotecas de algunos palacios, de palacetes o de casas solariegas que acreditaban -es un suponer- aficiones lectoras familiares o de alguno de sus miembros y, quizás hubiera querido ser, aunque no estoy nada seguro de ello, como aquel escritor británico de cuyo nombre no perdono a mi fabulosa memoria de otrora que no me acuerde, aunque sepa que ahí, por las sombras, rueda que rueda el fantasma de un tal alzheimer con su poderosa tijera podadera para dejar a nuestras neuronas en desolador secano, pero de lo que sí me acuerdo aún es de su episodio de hijo de familia con hogar de sala de biblioteca ante cuya puerta se plantó un día su señor padre y entregó a ése su hijo una llave que daba acceso a «la más alta felicidad posible en este bajo mundo»', como pensaba el cándido padre que era precisamente la que proporcionaban los libros.

Queda así eliminada por completo, supongo, la tan estriada cuan divulgada frase pertinente a esa vejez de los papeles de prensa de ayer, con la que se ha ido combatiendo, ¡pobre Diógenes asolado por la injusta tacha!, ese mal síndrome de ese su nombre de ir guardando basuras que, en mayor o menor proporción sentimos todos y que, pese a todo. ha de decirse que hay momentos, épocas, días, eventos, etc, que aconsejan que sí, que se guarden algunos periódicos porque en ellos está la historia junto con los testimonios de los testigos que, bien sabemos los que hemos vivido unos cuantos lustros, cómo la mentira se embrolla en las historias del pasado y deja a esa falacia solazarse como pez en el agua, vasta pecera siempre que tantas falsedades contiene y ayuda a su nado.

¡Ay, los viejos papeles!... Y los de prensa más aún, que, a veces, nos conviene guardarlos como en arca o en urna, como se dice que guardaba la abuela y era su mito y su secreto tan propalado. En aquellos viejos tiempos, -y no sé si pedir, por favor, que no se hurgue en mis charcas de memoria de recuerdos un tanto impresentables- aquellos viejos papeles de viejos periódicos tenían una segunda o tercera o enésima función.

En algunos casos, recortados en su prudente medida, servían para adornar, pendientes de la consabida alcayata, la parte interna de las puertas número 100 de las casas, lo que era una forma precaria de disimular una indisimulable actividad común que, para nada necesitaba disimularse pese a lo cual la pudibundez exhibía y exigía sus reparos.

Cuando su formato era más del doble del actual resultaba ser ideal para envolver objetos, o, entonces y ahora, para secar suelos o rellenar huecos o defenderse mediante ellos de las pinturas de las paredes u otro menester de leso bricolaje, y, en cuanto referentes a la actualidad hay como fotos impagables como alguno de la portada de esta semana pasada: algo que, en lo personal me hizo recordar sensaciones tan distantes, pero tan atañederas sin embargo, como la lectura de una novela de Myriam Harry ('Túnez, la blanca', Editorial Prometeo de Blasco Ibáñez de los años 20, junto a firmas novelísticas como las de Adam, Barbusse, Bourget, Duvernois, Frapié, Hermant, Huysmans, Jaloux, Margueritte, Miomandre, Rosny, Tinayre y otros maestros de la novela contemporánea a cuatro pesetas cada volumen en rústica, con el añadido de los estudios literarios de cada uno de estos autores según la pluma de Blasco Ibáñez, a lo que añado otro título de calado femenil como resulta ser 'Fez, La Andaluza', de E. Gómez Carrillo (Editorial Renacimiento) por donde transitan damas de todos los tipos, tan de sandunguera gracia como de portadoras de pensamientos y de mentes como sacristías invulnerables a todo lo cual he de añadir unos recuerdos de estudiante, de cuando viajero de aquel esbozo de tranvía saltarín que, desde Moncloa nos trasladaba, en jauría, a la todavía incipiente ciudad universitaria en construcción de sus facultades y donde algunos soñaban sentir aún al fantasma de Durruty.

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