Sin autocrítica

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La comparecencia ayer de Jaime Caruana, gobernador del Banco de España entre julio de 2000 y julio de 2006, ante la comisión parlamentaria del Congreso que investiga la crisis financiera suscitó la crítica de todos los grupos políticos -incluido el PP que le nombró- por la supuesta inacción del regulador, lo que ofrece una primera señal del descargo de responsabilidades que se vienen sucediendo en torno al forzoso cambio de paisaje sufrido por entidades bancarias y cajas de ahorro en España durante el ciclo recesivo. La segunda llegó de la mano del propio Caruana, que negó falta de previsión -contra la impresión del actual responsable del banco central español, Luis María Linde-, al tiempo que atribuyó la debacle a la gestión defectuosa efectuada por algunos dirigentes financieros y a la 'pinza' entre las turbulencias en los parqués internacionales y las dudas sobre la pervivencia del euro. Es difícil cuestionar la radiografía del momento que realizó el compareciente. Pero ese diagnóstico, incluido el reproche a la errónea dirección de algunas entidades en aquella época, no explica por sí solo el modo en que reventó un modelo que aparentemente nadaba en la abundancia y que acabó precisando un rescate millonario.

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