De atentados y desconexiones

El nacionalismo tiene un poder y una repercusión expansiva fuera de lo normal y ningún otro movimiento político posee una fascinación y un vigor equiparables

DANIEL REBOREDOHISTORIADOR Y ANALISTA POLÍTICO

La barbarie acaecida en Barcelona la pasada semana, ha paralizado, una vez más, nuestras conciencias por mucho que repitamos continuamente frases hechas de autoafirmación con las que pretendemos paliar el efecto demoledor que acontecimientos como éste generan en los ciudadanos y en las sociedades de las que forman parte. Y es en este momento, al igual que ha ocurrido en ocasiones precedentes, cuando podemos rescatar las posibles causas de que esto ocurra periódicamente y los medios que se pueden utilizar para impedirlo. Y es ahora cuando podemos volver a recordar la voracidad de EE UU y las potencias europeas atizando y apaleando a los países de Medio Oriente desde hace décadas. Y es ahora cuando podemos señalar la desesperación que esto genera, acorralando a muchas personas y vinculándolas a minúsculas esperanzas, muchas de ellas representadas por grupos armados que profesan una ideología conservadora y retrógrada que en la actualidad tiene al Daesh como la expresión más radical y cruel. Y es ahora cuando podemos recordar que organizaciones como éstas han sido creadas y apoyadas por Occidente y financiadas por países aliados como la siniestra Arabia Saudí. Y así podríamos seguir hasta el infinito contemplando las causas externas y de ámbito global. Pero es importante señalar que, además de ellas existen las domésticas, las cercanas, las personales, las que no se quieren reconocer, las que pueden avergonzar. Y aquí estamos nosotros, los que no creemos en nada, ni en nosotros mismos, los que consideramos progresista demoler los cimientos sobre los que está construida nuestra civilización, los que no pensamos mover un solo dedo por nuestras sociedades y países, los que nos hemos convertido en entes, física e intelectualmente, fofos, blandos, amarrados y esclavizados al televisor, a las redes sociales y a los analgésicos, los que toleramos de buen grado a los intolerantes, los que como buenos hijos de una civilización en decadencia irrecuperable transigimos con todo y utilizamos dobles raseros cuando nos interesa, los que somos incapaces de aceptar que para luchar contra el terrorismo, contra cualquier terrorismo, Occidente necesita unidad, y ésta sólo puede lograrse sobre dos principios, que la democracia sea la base que nos una y que sepamos que habrá que ceder parte para que nos encontremos en lo relevante, que es luchar contra los enemigos de la misma. Aunque lógico no es nada sencillo.

Pues bien, esta misma aptitud se manifiesta con el denominado 'procés' y la desconexión entre Cataluña y España que propugna el Gobierno de la Generalitat, y que en el ámbito emocional asume ya la mitad de la población catalana en un contexto de creciente y constante crispación. De eso se trata, de mantener la tensión y lograr lo que se pretende aunque para ello se vulnere la ley y de conseguir lo que se desea aunque sea por aburrimiento. Y en este espacio de tolerancia culpable y de complejo de inferioridad de los últimos años conviene recordar que el nacionalismo es una de las pocas ideologías que tienen un poder y una repercusión expansiva fuera de lo normal y que ningún otro movimiento político o lenguaje simbólico posee una fascinación y un vigor equiparables. Simbolismo que redefine conceptos previos de manera intencionada utilizando eufemismos como la llamada 'desconexión' (en lugar de hablar de secesión), el 'derecho a decidir' (haciendo trizas el derecho internacional), 'elecciones plebiscitarias' (algo ajeno a la teoría y la práctica política), 'proceso participativo' (definiendo el simulacro de referéndum del 9N), etc. Claro que en ellos se ha basado la deriva de una situación que abona las peores expectativas manejadas hace pocos meses. La apuesta por el referéndum, ilegitimo e ilegal, hecha por el decididamente rupturista nacionalismo catalán, lleva consigo el propósito de imponer a la sociedad catalana su opción independentista, mediante una consulta presentada como la única opción capaz de devolver a Cataluña el robado derecho a decidir. De ahí la búsqueda constante de un conflicto institucional con el Gobierno de España aunque ello fracture definitivamente la sociedad catalana e incremente el riesgo real de enfrentamiento civil.

España carece de un proyecto político de país ilusionante y esta realidad se ha ido gestando con el paso de los años. Por eso, y por el consentimiento acomplejado de fuerzas políticas de ámbito estatal, la desconexión política que ahora propugnan los dirigentes nacionalistas se gestó en la larga y ancha desconexión ideológica y emocional fomentada sin descanso durante las más de dos décadas de pujolismo en las que se aposentó la hegemonía del nacionalismo catalán, adoctrinando a las clases medias y enalteciendo los llamados 'hechos diferenciales'. Claro que el secesionismo catalán es también consecuencia de la política infecta de desvalijamientos, de imposturas, de conspiración y de nepotismo de un país lastrado por una ominosa injusticia social y por unas desigualdades brutales. Negarlo es también un eufemismo sin denominación que nos hace olvidar que mientras persistan los fundamentos sagrados y el materialismo y el individualismo seculares no hayan socavado las creencias centrales de una comunidad de historia y destino, el nacionalismo (como ideología política, como cultura pública y como religión política) está destinado a prosperar. Si esto es así, ¿por qué se obvia? Si los españoles, al igual que el resto de los europeos y occidentales, no son ni fuertes, ni duros, ni resistentes, ¿cómo van a ser capaces de vencer los obstáculos que estos tiempos les deparan? Si la ciudadanía acomodada, falsa y malsanamente pacifista, corrompida y degradada disfruta de su falsa superioridad moral e intelectual respecto a su propia civilización e instituciones democráticas, ¿cómo pretende enfrentarse, con alguna posibilidad de éxito, a retos como los planteados en esta reflexión?

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