Arnaldo pasado, Arkaitz prehistoria

ÓSCAR RODRÍGUEZ VAZ

En la tarde del pasado domingo, en Andoain, los condenados por señalar a Joseba Pagazaurtundua para que fuese asesinado por la banda terrorista hace ahora 15 años, recibían una calurosa bienvenida pública.

Al día siguiente, en la radio pública vasca, el nuevo responsable del partido que lidera la coalición Euskal Herria Bildu, Arkaitz Rodríguez, no solo echaba balones fuera cuando era preguntado por la vergonzosa bienvenida de Andoain, sino que atacaba sin dubitar a los dirigentes del Partido Popular del País Vasco que tuvieron la dignidad de hacer una contramanifestación ante la ignominia que se estaba perpetrando a solo 150 metros del bar en el que se asesinó a Joseba Pagazaurtundua.

Euskadi ha cambiado, y mucho, desde que ETA cesara en su actividad terrorista. No sólo porque se nos vea con mejores ojos desde otras latitudes de España o Europa, o porque el turismo haya crecido a ritmo de dos dígitos desde entonces.

Ha cambiado esencialmente porque quienes tenían que mirar debajo del coche cada vez que salían de casa, ya no tienen que hacerlo; porque quienes han dejado de recibir cartas de extorsión, ya no las reciben; porque quienes temían por sus hijos, ya no tienen qué temer. Ha cambiado, sustancialmente, porque quienes vivían sin libertad, ya no tienen que temer por sus vidas.

Pero esto no quiere decir en absoluto que no tengamos que temer por nuestra dignidad. Porque es indigno tener que soportar el aplauso público a los corresponsables de un asesinato a quemarropa, ante el silencio generalizado de un pueblo habitado prácticamente por las mismas personas que hace siete años, cuando ETA sí actuaba.

Porque quienes vivimos aquí seguimos siendo los mismos. Y muy probablemente, la minoría de conciudadanos que hace unos años no creía en la democracia y en la libertad, hoy seguirá sin hacerlo.

Considero que hay una mayoría de vascos, e incluso de abertzales de izquierdas, que han roto con el pasado y que ni se les pasa por la cabeza añorar aquellos negros tiempos. Sin embargo, lejos de caminar hacia el progreso, parece estar produciéndose una verdadera involución en los comportamientos discursivos de la élite de la «nueva» izquierda abertzale.

Porque el desacomplejado y desafiante discurso que protagonizó en la radio pública Arkaitz Rodríguez, hablando de las múltiples violencias o de la añoranza que sienten los partidos constitucionalistas de vivir con la existencia del terrorismo, suena a viejo, a muy viejo. Ciertamente, el discurso de la élite de la «nueva» izquierda abertzale supone un retroceso en comparación con el de aquellos que presentaron públicamente hace ahora seis años los estatutos de Sortu, la entonces nueva formación política de la izquierda abertzale. De modo que, a estos efectos, si a muchos nos pareció que Arnaldo Otegi regresaba a la primera línea política con un discurso del pasado, Arkaitz Rodríguez está la prehistoria.

El GAL (y sus responsables) fue repugnante y es condenable. El Batallón Vasco-Español (y sus responsables) fue repugnante y es condenable. La tortura (y sus responsables) es repugnante y es condenable. ¿Por qué no es capaz esta «nueva» élite de decir que ETA fue repugnante y de condenarla? ¿Por qué no pueden reconocer la cantidad de críos que han sufrido en muchos colegios vascos desde edades bien tempranas, por ser hijos de quienes eran? ¿Por qué no tienen la altura moral de admitir que han contribuído a mermar la capacidad productiva e inversora de nuestro tejido empresarial, al haberlo tenido extorsionado? ¿Por qué no tienen la valentía de pedir perdón por haber dado cobertura política a todo lo que ha ocurrido en nuestra tierra? ¿Por qué no asumen de una vez lo suyo, al margen de lo que hagan los demás?

Estamos a 22 de febrero. Tal día como hoy hace 18 años mataron a Fernando Buesa y Jorge Díez. Por él y por los centenares de víctimas del terrorismo, al margen de la motivación o ideas de quien apretase el gatillo, debemos ser valientes. Sólo con valentía podremos volver a mirarnos a los ojos, reconocernos y, a fin de cuentas, convivir.

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