Arepas de sangre

ALONSO ESCALADA

La frase de Franco Moretto refleja fielmente el momento político y la alta tensión social que se vive en el país andino de Bolívar: «Está toda Venezuela en la inconformidad». Y este mismo analista refuerza su visión del caos en que se ve envuelta la sociedad con esta constatación real: «Lo que está sucediendo es que las circunstancias del choque político han llevado a la sociedad, sobre todo en Caracas, hacia una sensación de anarquía soterrada que a veces deriva en episodios de caos explícito».

Los que conocemos y admirábamos la Venezuela del desarrollo y del bienestar, a pesar de las diferencias por la distribución de la riqueza, anterior al chavismo y al ‘madurazo’, nos hacemos la pregunta a diario entre el malestar y el asombro: ¿Cómo ha podido llegar este otrora país potencialmente rico a este estado actual tan ruinoso en donde escasean los alimentos y hasta el papel higiénico? ¿Quién o quiénes son los culpables de haber empobrecido y hasta arruinado a un país que nadaba en la opulencia por estar clasificado como el tercer país exportador de petróleo del mundo?

Si la Venezuela de ayer, orgullosa y hasta ostentosa de su condición de señora rica, ha caído a la actual pobre harapienta y avergonzada, que hace colas para el litro de aceite y su arepa y hasta para el rollo de papel higiénico, ¿quiénes son los diabólicos artífices de este descenso a los infiernos de la pobreza y el desabastecimiento que hayan traído tanta ruina y tanto malestar? Venezuela se encuentra, como la ve Andrea Rizzi, en «el terrible péndulo de Rusell», porque parece instalada en esa dramática tendencia pensular que describía el gran pensador británico. «El chavismo se enroca en el autoritarismo; la protesta cobra intensidad. En el choque se abren paso creciente bolsas de caos y anarquía. La comunidad internacional no debería ahorrar esfuerzos para evitar la deflagración sea completa y que la deriva conflictiva/anárquica llegue demasiado lejos». Pero ese «demasiado lejos» ya ha llegado.

Un poco de memoria y de analítica nos hará entender el actual caos y deriva del autoritarismo de Chaves y Maduro. Tanto el artífice del «socialismo bolivariano del siglo XXI» como su continuador iniciaron su revolución lanzados desaforadamente hacia una oleada de nacionalizaciones y una de ellas, la de Radio Caracas, excomulgada por Chaves por ser la voz crítica de sus excesos y atropellos contra la libertad de expresión.

Esa acometida y anulación del popular medio de comunicación radial fue el detonante y desencadenante de otras nacionalizaciones. Pero el chavismo arrollador no se detuvo ante las críticas de los medios de masas opuestos a sus demasías autoritarias. Chávez era la voz del pueblo y no había otra voz, según sus proclamas matinales «Aló, Venezuela, les habla su presidente».

Venezuela o mejor, la oposición, no tenía otra opción que echarse a la calle y gritar sus consignas de «queremos una Venezuela libre», pero Chaves desde su Palacio de Miraflores seguía proyectando a sus fieles su ‘Alicia en el país de las maravillas’. Chaves, admirador y seguidor de la Revolución cubana de Castro y del Che, habían inaugurado otro ensayo de socialismo contrario a una democracia liberal y prometía la instauración de una democracia popular tratando de descabezar y tirar por tierra las oligarquías y a sus dirigentes. Lo que nunca se atrevió el reformador bolivariano es a nacionalizar los bancos, aunque no le faltaran ganas de hacerlo. El caudillo de las ansias y de las hazañas de Bolívar no se atrevió o no pudo con someter a su arbitraria manera de desgobierno al sector de la banca. Y además, le llegó la muerte a una imprevista y dejó su testamento político señalando a su sucesor Nicolás Maduro como el hombre de su Revolución.

Yo me he acordado estos días convulsos de conflictos, encarcelamientos como los de Leopoldo López y de Antonio Ledezma, de sobresaltos y muertos en refriegas callejeras, de aquel exquisito escritor venezolano Arturo Uslar Pietri. El gran escritor publicó en 1947 un libro titulado ‘De una a otra Venezuela: glosas de una transformación, angustias de una supuesta defunción’. Aquel trabajo se centraba en el periodo de gobierno de Rómulo Betancourt y de Rómulo Gallegos (1945-1948) para reflexionar sobre la crisis y transformación de aquella Venezuela que salía de su condición de agropecuaria y adoptaba la explotación del petróleo como símbolo de modernización y desarrollo. Con aquel brillante escritor sostuve yo conversaciones sobre Venezuela y su filosofía política. Yo le decía a Uslar Pietri que la democracia venezolana estaba vigilada por el ejército y que este rasgo la obligaba a ser dependiente, y él me replicaba diciendo que en Venezuela los gobiernos de Acción Democrática (Adecos) y de Democracia Cristiana se sostenían por la habilidad de sus gobernantes. Hoy, tal vez, no pensaría lo mismo. Hoy, a la larga distancia histórica de aquel 1948, ante la incertidumbre y la «sensación de anarquía» reinantes, habrá que convenir con el mencionado Andrea Rizzi que «la solución real sólo puede brotar desde dentro en Venezuela».

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