De aquellos polvos estos lodos

En su sentencia sobre el Estatut, el TChumilló a Cataluña y se ninguneó lo que representaba; una derrota del pactismo y del consenso y de su encaje amable en España

JOSÉ MANUEL BUJANDA ARIZMENDI

No tinc por. Comienzo improvisadamente afirmando que no sé, que desconozco, si el canalla y despiadado zarpazo terrorista alterará de alguna manera la agenda política en Cataluña. Pero sí sé que cuando pueda ‘ramblearé’ de nuevo con los míos ida y vuelta los tres kilometros de ese icónico paseo, sabiendo que así respiraré democracia y libertad. Força, tots som Barcelona ciudad corajuda. Em sap molt greu Cataluña. Aurrera, con vosotros, y ello independientemente de la agenda política de turno.

Y hablando de agenda política, creo que a veces conviene mirar por el retrovisor para explicarse de dónde viene y saber por qué se encuentra uno en ese lugar del camino.

También en el devenir de la política. Miremos pues dicho retrovisor. El nuevo Estatut suponía un avance, un nuevo traje, que garantizaba nuevos instrumentos para un marco autonómico que había dado muy buenos resultados para la sociedad catalana, pero que después de 27 años se había quedado cual buen traje estrecho. El nuevo Estatut llegó a ser Ley Orgánica, de obligado cumplimiento. Pero a pesar del cepillado del proyecto de nuevo Estatut en su tramitación en el Congreso de Diputados (olvidando así la promesa de Zapatero a Pasqual Maragall de apoyar en Madrid lo que el Parlament decidiera sobre el Estatut), tramitación que, aunque rebajó sustancialmente los contenidos más ideologizados del Estatut, muchos artículos continuaban siendo inasumibles para un PP que, cometiendo un tremendo error político el 31 de julio de 2006, recurrió un centenar de sus artículos ante el TC, preludio muy preocupante de algo que nadie sabía cómo iba a acabar. Y en eso estamos todavía, con un procés que nadie en su cabal juicio puede afirmar cómo puede terminar…aunque bien no.

El TC se enfrentó a una de las decisiones más trascendente de su trayectoria. Un TC, por cierto, sometido a vaivenes, tira y aflojas, tácticas, estrategias y manoseos entre el PSOE y el PP, politizado, sujeto a partidismos y cálculos electorales de los dos partidos mencionados. El TC se encontró ante un cruce de vías judicial que iba muchísimo más allá de la anécdota, se trataba ni más ni menos que dictaminar sobre la relación entre Catalunya y el Estado. Un dictamen que afectaría al futuro modelo autonómico de España. Pintaba feo y mal. Y así sigue pintando en una fase en la que hay constatar el fracaso de la política, el descarte del diálogo, la negociación, la responsabilidad y la búsqueda de espacios compartidos de bilateralidad y de acuerdos. Hoy día conceptos como prudencia, mesura y buen hacer políticos han desaparecido.

Tanto las instituciones como los partidos catalanes cumplieron escrupulosamente con las reglas de juego existentes del ordenamiento legal-jurídico-constitucional en vigor. Un 30 de septiembre de 2005, el Parlament aprobó el nuevo Estatut con  más del 90% y siguiendo con lo establecido el 30 de marzo de 2006 el Congreso dio luz verde al nuevo texto estatutario. Lo mismo en el Senado el 10 de mayo. El 18 de junio, los catalanes dieron el visto bueno en referéndum al nuevo Estatut con un casi 74% de los votos. A pesar de esta impecable cronología constitucional el PP había decidido oponerse desde los mismos comienzos, se desmarcó en el trámite parlamentario, votó en contra en el referéndum y culminó su torpeza presentando recurso al TC. Entiendo que el TC pueda decidir si es o no constitucional algún artículo de una Ley, pero ¿sobre toda una Ley

Orgánica, norma entera, que habiendo dado todos los pasos exigidos por la normativa vigente y que supone ni más ni menos que la plasmación legal del encaje de Cataluña en España? El dilema era aceptación de la madurez democrática de un Estado plural o su bloqueo.

No estaba en juego uno u otro artículo, sino la propia dinámica y espíritu del año 1977 que hizo posible la Transición, los pactos que habían hecho posible los últimos treinta y pico años de la historia de la España democrática. Pero el TC anuló catorce artículos y cuestionó otra treintena. Ello supuso humillar a Cataluña, ningunear lo que representaba, una derrota para el «seny y el pactisme», ruptura del consenso constitucional y cancelación de un proyecto global de España, una derrota en definitiva del encaje amable de Cataluña. El PP irresponsable erró gravemente generando consecuencias políticas difíciles de intuir. El mal político cristalizó cuando el TC enmendó la plana a toda una Ley Orgánica en vigor aprobada por un 90% en el Parlament, ratificada en el Congreso y en el Senado y reforzada con el plebiscito de un referéndum.

Dicen que el alma catalana oscila entre el «seny y la rauxa», entre el «pactisme y el tot o res». Soy de los que apuesto por el «seny y el pactisme», por una Euskadi y Cataluña en la que los diferentes sentimientos de pertenencia compartan un proyecto de país a construir entre todos, en la que la voluntad de su ciudadanía sea base de convivencia y en la que los acuerdos amplios sirvan para dibujar un futuro basado en la negociación, en el no impedir y no imponer, en el derecho a decidir, su concreción pactada y la bilateralidad. Pi y Margall escribió hace algo más de 141 años un libro, ‘Las nacionalidades’, en cuyo primer título trata sobre los ‘Criterios para la reorganización de las naciones y los grandes y pequeños pueblos’, otro gallo diferente cantaría en España si sus ideas hubiesen encontrado eco práctico. Em sap molt greu Cataluña.

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