Aprender del feminismo radical

SANTIAGO ERASO

Algunos personajes públicos, en apariencia progresistas -Javier Marías es el ejemplo local más comentado- no tienen reparo en proclamarse feministas de toda la vida para, unos minutos después, declararse contrarios a algunas prácticas militantes, según ellos, extremistas y radicales. A mí me pasa todo lo contrario, no dudo en afirmar que ese radicalismo feminista -ir a las raíces de las causas- es precisamente el que más me ha enseñado a pensarme de otra manera y, en consecuencia, ayudado a modificar comportamientos en mi vida cotidiana, que en ningún caso se podría tachar de extremista. Tampoco titubeo al reconocer que me queda bastante que aprender.

Algo similar le debe pasar a la liberal Catherine Millet - al parecer también feminista-, promotora del manifiesto publicado en París en contra del movimiento #MeToo, la popular campaña internacional que pretende denunciar el acoso sexual a las mujeres. Esta escritora encabeza una lista de cien mujeres francesas que tachan de puritanos y, como no, radicales los contenidos de la mencionada iniciativa internacional.

Mientras la polémica sobre ese debate ocupaba la atención mediática, otras informaciones relacionadas con las razones de fondo enarboladas por las 'feministas radicales' nos mostraban otra realidad. Nos pudimos enterar de la enésima violación contra una niña, en este caso discapacitada, perpetrada por otra «manada» de hombres en un autobús de Marruecos. Poco después en Bobadilla (Málaga) se investigaba otra agresión sexual de un grupo de militares contra una compañera, y en Aranda de Duero (Burgos) la de varios jugadores de fútbol contra una menor.

Estas noticias forman parte de una cadena inadmisible de hechos que dan cuenta de una realidad internacional incontestable: el aumento de la violencia contra las mujeres, homosexuales y transexuales, que en todas sus formas, las más brutales y las más sutiles -micromachismos-, está perpetrada, casi en su totalidad, por varones adultos. No hace falta alejarse de París, desde donde se piensa el manifiesto contra #MeToo, para comprobar que muchas habitantes de los barrios y estratos sociales más marginales de esa misma ciudad viven excluidas del espacio público, subyugadas por diferentes formas de opresión heteropatriarcales.

La 'libertad de importunar', sin matizar entre seducción, provocación y acoso, defendida por esas mujeres encabezadas por Millet, contrasta trágicamente con la ausencia de derechos de la niña magrebí o de otras tantas mujeres del mundo, para las que la 'libertad de elección' brilla por su ausencia, porque, parafraseando a Gayatry Ch. Spivak, el miedo y su condición de sujetos subalternos determinan su existencia para toda la vida. Por ejemplo en la India, lugar de origen de esta pensadora poscolonial y autora de '¿Puede hablar el sujeto subalterno?', el propio Gobierno afirma que, respecto a lo que sería la tendencia natural de los nacimientos, en este país faltarían 63 millones de mujeres; una desproporción motivada por los abortos selectivos, la desaparición de hasta medio millón de fetos femeninos recién nacidos o por la muerte prematura de otros tantos miles, causada por la discriminación de las hijas frente a los hijos en los tratamientos médicos y nutritivos.

La violencia estructural contra las mujeres no solo se circunscribe a los actos homicidas explícitos, sino que se extiende a un contexto más complejo que incluye la trama social, política, cultural, institucional y económica que la encubre. Marcela Lagarde, referente del feminismo en Latinoamérica y fundadora de la Red por la Vida y la Libertad de las Mujeres, a raíz de las indagaciones contra los asesinatos continuados en Ciudad Juárez (México), comenzó a utilizar el término 'feminicidio' para nombrar el acto de matar a una mujer por el simple hecho de su pertenencia al sexo femenino; a la vez, intentó dar a este concepto un significado político para denunciar la inactividad de las instituciones en la lucha eficaz e inflexible contra estos brutales crímenes y sus autores.

Frente al carácter eurocentrista y liberal del manifiesto francés, otros que han surgido en apoyo a la huelga de mujeres prevista para mañana 8 de marzo, como el promovido en EE.UU., entre otras, por Angela Davis o Nancy Fraser, se inscriben en la tradición internacionalista, anticapitalista y antipatriarcal de las luchas feministas y afirman que, para entender y avanzar en la lucha por la liberación de la mujer y de todas las voces subalternas, es necesario comprender la manera en que funciona el capitalismo y desmontar su hegemonía cultural. Ya sea en el trabajo o en la casa, en las calles o en el campo, en las cárceles o en los centros de detención para migrantes -concluye la proclama- la violencia machista, con su particular impacto racista, sigue acechando y amenazando la vida cotidiana de las mujeres.

No todos los hombres somos por naturaleza violentos, claro está, pero tendremos que reconocer, de una vez por todas y sin excusas, que durante muchos siglos hemos sido -seguimos siéndolo- dueños y ejecutores de un sistema totalmente patriarcal. Como dice Rita Segato, aún persiste una determinante 'violencia estructural' contra las mujeres y, en cierto modo, también contra nosotros mismos, en la medida que nos impide librarnos de nuestra masculinidad dominante y empezar a construir, de la mano del feminismo, otras subjetividades.

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