Apariencia

El mayor de los odios es el dirigido a sí mismo y lo que representa, o a lo que más se le parece

FELIPE JUARISTI

Somos lo que somos, y quizá la mayor aspiración sea seguir siéndolo, mientras seamos conscientes y la edad lo permita, que no es poco. Lo cual no es fácil, porque nunca se sabe lo que uno es o puede llegar a ser. Hace poco, fui testigo de una pequeña discusión doméstica entre una pareja de enamorados, supongo. Ella le dijo al otro, sin ningún acento especial en su voz, sin ningún tono de ira o alevosía, casi sin enfado. «Atrévete a ser lo que eres». Y él, tras dudar y vacilar un instante, respondió preguntando: «Pero, ¿qué he hecho esta vez?»·. No voy a desvelar el final de la discusión; el asunto terminó como terminan estas cosas, con un beso largo y rotundo.

Hay gentes que cuando les entra la melancolía o la zozobra de la vida diaria monótona y redundante (tan apaciblemente dulce en su superficie, que es donde se miden las cosas), se lían el petate, como se dice, y marchan por el primer sendero que encuentran, dispuestos a dar una vuelta al mundo, o dos o tres, las que hagan falta, y dejar atrás todo aquello que un día les conmovió y en el presente es motivo y causa de inquina u odio. No damos mucha importancia al odio, difumina el sentido y ofusca la razón. El mayor de los odios es aquel dirigido hacia sí mismo y lo que representa, o a lo que más se le parece. Van, se demoran, y al final vuelven. El cambio, al principio, es perceptible. Los ojos se delatan; han visto mucho y gozado más de lo visto. Hay gente, en fin, que sin salir de su entorno más próximo, se dedica a saciar su curiosidad y de paso alimentar su insatisfacción, yendo de escaparate en escaparate, abrigándose en los confortables vestíbulos de las tiendas modernas, luminosos como todo paraíso artificial se merece. Conozco hombres que en ocasiones se embarcaban en un bacaladero e iban con las corrientes propicias hacia Terranova o a los mares del Norte, fríos como témpanos, y tardaban en regresar. Y cuando volvían ya estaban deseando marchar. Y hay gente que da una vuelta alrededor de sí mismo y llega adonde llega. Unos, tan lejos que no vuelven.

La apariencia, a veces engaña; y a veces, no. El tedio, el aburrimiento, esa sensación de estar de vuelta de todo, aún antes de haber partido, es el sentimiento que nos indica que no somos lo que somos, que todavía estamos en construcción, que no disfrutamos de la plenitud.

Es como el grano que sale en la cara y, al verlo, nos llena de desazón, por no entender la razón de su aparición.

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