Ante el Word

SANTIAGO AIZARNA

Hasta ponerme a escribir frente al Word nunca me pongo a pensar sobre qué tema decidirme, sabedor por experiencia durante décadas de escritura diaria de que la mies será tan abundante nada más conocer las noticias mañaneras que en modo alguno necesitaré de esa preselección. Pero también hay que reconocer que, como decía el evangelista, a cada día le basta su afán, sobre todo cuando estamos ciertos de que esos días de esos sus afanes nos vienen tan tripudos que muchos de sus temas harán imposible hasta su mera cita. Como en días como el de éste en que ahora escribo que hay mucho arrastre en mis redes y aún sobre ello, el servicio mañanero me es opíparo. Es decir, cuando me concurrían de carga anterior varios y variados sedimentos: de sentimiento amistoso uno, de memorias de lectura otros, a los que pudiera añadirse muchos más.

Bien que sea por recuerdos de viejos tiempos idos que, por supuesto, dejaron su aspergeo mental, sin duda alguna irrestañable como siempre ocurre con los recuerdos a no ser que tropecemos con el imperturbable Alzheimer por el camino que hasta nos hará dudar donde demonios colocar su ‘h’. O, algunos otros, como ése que venía el otro día con ese amasijo de alegrías y dolores que es la vida, oteado, en este caso, desde las riberas de la longevidad que es cada vez más arduo problema que a la sociedad humana le toca resolver.

Valladolid. Aunque nada tuviéramos que ver en conjunto con Valladolid ni él ni yo, lo cierto es que fue esa vieja ciudad castellana la que nos hizo conocernos. Por Valladolid y por el examen de Estado que nos hacía pasar obligatoriamente por su Universidad allá por el año 46 del pasado siglo.Me decía a mí mismo ante su esquela, que ya nunca me podría decir en qué lugar, qué tramo, sobre cuales balastos, se cruzarían los dos trenes: el que salía de San Sebastián en viaje directo a Madrid a las 10,45 y rotaba a 94 kms. a la hora con el que salía de Madrid a San Sebastián, también en directo, a las 9,36 y a 95,50 a la hora.

Era el tipo de problemas que nos enseñaba a sortear, es decir, a resolver, la sabiduría matemática del doble profesor de matemáticas en la especialidad de problemas -uno de los más fuertes escollos para aprobar la Reválida de Bachillerato, junto con los otros dos: el de la traducción de algún texto latino (Cicerón, Tito Livio, etc) y el de la Redacción- que quien llevaba la batuta en esa clase en el colegio donde se nos preparaba para esa contienda final, era el Don a quien la estudiantina llamaba ‘El Coyote’ por resabios del momento tan culminante en el que se asomó a la literatura popular del ‘pulp’ rivalizando con el frenesí escritural de Corín Tellado, aquel un tal César de Echagüe, producto mental novelero de un tal José Mallorquí, el más prolífico escritor que escribió en la España de ese tiempo, un personaje novelesco californiano de pro y defensor de lo hispano en tales tierras desde una doble vida (de disfrazada condición de cobarde displicente a superhéroe).

Una vez más, y ya van muchas, el óbito de mi apreciado profesor de problemas matemáticos, me ratifica en el hecho de que, minuto a minuto se diría, «me voy quedando tan solo».

Tambores. Nadie, nunca, pudiera privar a esta ciudad de San Sebastián de su derecho a llamarse ‘ciudad de los tambores’ por excelencia, que ahí está ese día propicio a recordar y rendir respeto a su santo patrono por medio de vestigios, que nunca como vestiglos, cocineriles.

Pero otros son los tambores de los que ahora quisiera hablar aunque bien que sean referentes al mundo amarillo, como era el caso de Fu-Manchú, quien desde la pantalla del Kursaal de los años 40, luchaba denodadamente con Nayland Smith, uno y otro bajo la sabia dirección mental de Sax Rohmer (de quien me queda algún ejemplar novelesco en alguna de las cavernas de mi oblonga biblioteca).

Desaparecieron (aunque no sé bien si del todo), aquellos tambores pero está visto que no, en cambio, el peligro amarillo en la persona de ese señor de bombas de hidrógeno cienkilotónicas llamado Kim Jong-un, de quien pudiera temerse su uso de un gran tambor que, de un solo tabaleo, pueda hundir al mundo ya, posiblemente, en la última de sus innumerables guerras.

Doña Bárbara. De acuerdo con la mujer de Lot y en contradicción con el consejo de Jehová de no volver la cabeza en su huida a los desastres que llovían sobre Sodoma y Gomorra, lo que le ocurre al que esto escribe es que, ante los reverberos que surgen de la Venezuela del chavismo y postchavismo, vuelve a acordarse de aquella persecución lectora del que fue protagonista tras las obras de un tal Rómulo Gallegos, feliz autor, mucho antes de que estallara el boom, de obras de tanta calidad, de tanto gozo lectoral como los hallados en obras tan siempre en la memoria y nunca por nada olvidadas de títulos como ‘Doña Bárbara’, ‘Canaima’, ‘Pobre negro’, ‘Sobre la misma tierra’, etc, una carga de potencia de la naturaleza que, aunque inenarrable, fuera escrita con tanto garbo y que nos dejó tajados para los restos en los surcos de la memoria.

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