Ancianidad

SANTIAGO AIZARNA

De comienzo, habrá que decir, de como parece que se están poniendo las cosas, que no me importa nada que me llamen anciano, y sin meterme para nada en divagaciones etimológicas que, además del gran trabajo desarrollado por J. Corominas en ese terreno y cuyos cuatro volúmenes (Gredos, 1976) los tengo siempre a mano, cuento igualmente con el precioso amuleto de Isidoro de Sevilla (BAC, MCMLI), en donde se recoge todo el saber de su tiempo ( 556 - 636). Ser anciano y que le llamen anciano es, solamente justiprecio, mientras que llamarme ‘mayor’, nada más que eufemismo, y no me valen disimulos.

José Ibarrola

Viene todo ello más o menos a cuento, porque cuando, aún con las legañas de la memoria pegadas al sueño como con grumo de pastaflora (harina y huevo al batido como para disfraz de rebozo y sin azúcar que más bien con acíbar), al sopesar el periódico para iniciar su lectura frente al parvo desayuno o sentado ya en el trono como es conveniente que se siente uno cotidianamente, me doy cuenta esta mañana de domingo de postfiesta patronal (tambores y más tambores que convierten a una ciudad en extremadamente ideal para los sordos y de admirable ejemplo de cómo la tradición se hila maravillosamente con hebras o hilos de pudescente puerilidad), que, en efecto, como en el caso del prócer cuento plusmarquista de Augusto Monterroso, «el dinosaurio estaba todavía allí», por lo que se me remetió en esa (esta) memoria, a modo de imposible coerceo, el trozo y trazo latino de cuando intentábamos traducir textos clásicos como este de «infandum, regina, jubes renovare dolorem», que puso en boca de Eneas ante Dido el gran Virgilio en su Eneida y a propósito de la caída de Troya. En efecto, «¿por qué volvéis a la memoria mía/ tristes recuerdos del placer perdido,/a aumentar la ansiedad y la agonía/ de este desierto corazón herido?» a la manera como verseó en endecasílabos, el insigne romántico Espronceda a su amada, ya perdida para él, Teresa Mancha, la misma o muy parecida idea de declive o de anonadamiento.

He observado alguna que otra vez que, en ese despertar diario y, sin saber de qué fase de sueño se trata, me hago un lio con lo ficticio y lo real, Calderón y Xenius frente a frente, ‘la vida es sueño’, del primero contra ‘el sueño es vida’ del segundo, los dos con su razón y con la de todos, a cuestas. En esta encrucijada que dirimen, no diría yo que con plantas lanceoladas de flores un tanto venenosas o envenenadas, el tema que se me apone como tendón de tira y afloja, y me reta, es el de esa ancianidad con la que daba comienzo a estas letras, que ya en la segunda página del diario y que en esa ya muy última estación donde hemos quedado esperando a la inevitable camilla que nos trasladará a la nada como algunos pensamos o, al todo, como otros piensan; que, quién sabe quién se saldrá con la suya cuando hay personas que suponemos que son de esclarecida prosapia mental y hasta dan señales aceptables de serlo con todos los honores que, sin embargo, parecen ser tan crédulas que más parece que sus voces fueran un balar como de blancas ovejitas en campo de brumas.

Pero, hete aquí, que nuevamente, en la mañana del lunes, en parecidas circunstancias a la del domingo, me envuelve el soniquete de la edad que, como la herrumbre, nos ha ido aposentándose en las arrugas, que para eso seguramente, aunque nulas en nuestra intención, nos han ido plegando la piel, ya como aquel papel llamada de estraza, tan usual en los comercios antes de que llegara esta época de envasados tan totalitario como generalizado. Y se nos plantea, en un ver sin ver, esa edad de los 65 años tan jubiladora, palabra que merecería, sin duda, otra tanda de etimología al uso, porque si de jubilosa se pudiera declamar el hecho de dejar de lado el trabajo y vivir de renta asegurada, no de otra manera pudiera hacerse que inaugurando otra serie de calendarios, ya que, al final de ésa su cadena, se sabe, positiva y ciertamente que, de uno de esos calendarios emergerá el puñal que, fúlgido, nos atravesará letal el corazón.

Mientras tanto, jugar a bolos con la redondez de nuestros años es lo que nos queda. Embarcados que ya estamos, navegar en esa goleta que sobre olas tan espumeantes se desliza; vivir con la memoria en aquel pretérito que fue tan perfecto como imperfecto; y, aunque se sepa que se está bogando en las ultimas remadas, y es verdad que cuando a los sesenta y cinco se andaba como un pincel y ahora, ya casi tocando los noventa como un estropajo, caminar entonando a susurro si se quiere para que no se nos deje en la miseria del dengue vital, notas tan enjundiosas y vitales como aquellas de la salutación del optimista de Rubén: «Porque llega el momento en que habrán de cantar nuevos himnos lenguas de gloria. Un vasto rumor llena los ámbitos; mágicas ondas de vida van renaciendo de pronto; retrocede el olvido, retrocede engañada la muerte», teniendo presente que ya, a dos pasos estamos solamente del brocal de ese sarcástico pozo que fue infierno y ya el ‘descanse en paz’, por o al fin, cobra su ya determinante y hondo sentido.

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