Si Anasagasti fuera catalán

El choque identitario entre el unionismo y el secesionismo de esta campaña electoral resulta una absoluta simplificación de la realidad catalana

ALBERTO SURIO

Iñaki Anasagasti, el veterano portavoz del PNV durante bastantes años en el Congreso de Diputados, envió esta pasada semana un afectuoso mensaje a Miquel Iceta, el candidato de los socialistas de Cataluña a las elecciones del 21-D. Era un watshap de complicidad en el que Anasagasti confesaba que, si fuera catalán y pudiera votar, estaría tentado de apoyarle en las urnas. Entre otras cosas, Anasagasti es amigo del número tres de su candidatura: Ramón Espalader, el líder de la extinta Unió. Pero además sostiene que el proyecto de Iceta, al que conoce personalmente, constituye «un fenómeno interesante».

La opinión de Anasagasti puede resultar sintomática de la situación catalana. La apuesta de Iceta pretende construir una especie de corredor humanitario entre dos polos identitarios enfrentados -el independentismo y el unionismo constitucionalista- que han llegado a la máxima confrontación en esta última campaña electoral. No es fácil la ‘tercera vía’. Hijo de un histórico nacionalista vasco que se fue a vivir a Barcelona, el candidato del PSC ha querido romper en estas dos semanas la imagen de un ‘bloque 155’ monolítico que los partidos secesionistas han repetido hasta la saciedad como consigna movilizadora. El discurso de Iceta es bastante heterodoxo y ha recibido duros ataques por todas las partes. Para los más soberanistas, es un traidor; para los más españolistas, no es de fiar. Su última petición de un indulto de los dirigentes del Govern encarcelados en el caso de que resultasen condenados en una sentencia firme ha removido las aguas de la campaña hasta el punto de admitir que era prematura. También han generado revuelo su deseo de crear una Hacienda catalana, según el modelo federal alemán, y su plan para establecer una quita de la deuda de Cataluña. Su pretensión es recuperar a ese catalanismo moderado y pactista que se ha quedado huérfano de referentes tras la deriva radical de la antigua Convergència. Un objetivo que tropieza con los sectores más jacobinos del PSOE y que tampoco resulta nada fácil en las coordenadas emocionales y victimistas en las que se ha envuelto Carles Puigdemont en esta campaña desde su ‘exilio’ belga, con Oriol Junqueras en la cárcel.

Las encuestas de los últimos días demuestran, además del éxito de Ciudadanos como respuesta al desafío independentista, cierto despegue del PSC, aún muy lejos de sus años dorados en los que era hegemónico en el cinturón metropolitano de Barcelona. No es seguro que el socialismo catalán, principal víctima política del achique de espacios provocado por el procés de secesión, pueda capitalizar en las urnas este registro de transversalidad, que aspira a romper la espiral de nacionalismos enfrentados. Pero la jugada anticipa posibles movimientos estratégicos en el medio plazo en donde el PSC y los comunes de Domènech pueden tener cosas que decir. Sobre todo porque el independentismo sigue sin tener un plan B a la suicida hoja de ruta puesta en marcha, y que ha desembocado en un callejón sin salida que ha resquebrajado la convivencia y la economía catalanas para más de una generación. La herida es profunda y no se ha secado todavía.

La traslación de una pugna rígida entre nacionalismo y constitucionalismo supone en Cataluña una simplificación del diagnóstico que no tiene en cuenta la existencia de territorios fronterizos, complejos y llenos de matices. Lo ocurrido en Euskadi en los comicios autonómicos librados entre Juan José Ibarretxe y Jaime Mayor en 2001 es un precedente a tener en cuenta, salvando las distancias en el tiempo y en el contexto, entre otras cosas por la presión que en su momento ejercía ETA y porque entonces el PNV logró una movilización extraordinaria. Pero el nacionalismo catalán durante años se ha encarnado en un catalanismo pragmático que no era independentista. En todo caso, el espectacular y frívolo rupturismo del procés ha despertado también a una sociologia dormida. Por eso, aunque no se produzcan vuelcos, todas las elecciones encierran siempre una sorpresa.

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