La altura

Los humanos somos seres que nos asustamos con la distancia y la lejanía porque nos gusta vivir cerca de todo

FELIPE JUARISTI

Me para un conocido en el paseo de la Concha. La mar está en calma y adquiere la suavidad del terciopelo. Corre una pequeña brisa y tiemblan los tamarindos. Me recuerdan a esos señores y señoras mayores que, en cuanto llegan las primeras lluvias o se desencadena el primer viento importante, se constipan y van al ambulatorio. Los médicos de los tamarindos llevan cemento y alambres en sus manos, como los antiguos escultores, que de la piedra o madera vieja creaban algo nuevo, que seguía siendo piedra o madera, pero de otra forma. Me dice el conocido que no estamos a la altura. Le miro, no es más alto que yo, no destaca al menos sobre la superficie del paseo, como no destacan los tamarindos. Al fondo, sobre el mar, cerca del puerto, se divisan embarcaciones, hermosas algunas, con mástiles enormes otras, como si quisieran unirse al cielo que todo lo domina. No destaca porque es difícil destacar, a no ser que nos convirtamos en seres excepcionales, por estatura física o moral, que no es el caso.

Le respondo que estar a la altura es cuestión de quienes han sido agraciados por la naturaleza, o como se le llame ahora, con un físico fuera de lo común o una inteligencia que sobresalga sobre todos los parámetros y cánones. Afirma que no le he entendido, que no se refiere al lugar de cada uno en la sociedad que nos ha tocado, o hemos escogido vivir, sino que los hechos suceden y no sabemos interpretarlos, que la vida pasa, que los años se arremolinan unos junto a otros, y apenas nos damos cuenta, hasta que es tarde, y luego nos preguntamos si algo hubiese cambiado, de haber actuado de otra manera. Veo surfistas en un rincón de la playa dirigiéndose al agua, bañistas adultos que disfrutan como niños. «Sí, es cierto», le respondo, los humanos somos seres que nos asustamos con la distancia y la lejanía, porque deseamos vivir cerca de todo, y por ellos perdemos muchas veces la perspectiva.

Lo veo marcharse despacio hacia la avenida, radiante y soleada a esa hora de la mañana, caótica también, con autobuses por todas partes y transeúntes tranquilos que se van acercando a las tiendas y establecimientos. De algún lugar llega un suave olor a café, y también a tortilla de patatas. Se va mezclando con el olor del aire, un tanto salado. Me sobrepasan ciclistas, jóvenes que van a la carrera, algún jubilado que otro de postín, que, por la manera de correr, se diría que echa de menos el esfuerzo físico. ¡Ay, la altura!

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