Alemania: elecciones y cuestión turca

El próximo 24 los alemanes están convocados a unas nuevas votaciones presidenciales, en las que dos candidatos, Angela Merkel, por la CDU-CSU, y Martin Schulz, por el SPD, son los mejor situados. Sin entrar en aspectos ideológicos ni en las posibilidades de triunfo de cada uno, hay un elemento que en la campaña electoral no está pasando desapercibido: las relaciones con Turquía. Teniendo en cuenta que este tipo de comicios no se ganan generalmente por las propuestas en política exterior, sino por las promesas domésticas, la verdad es que este asunto está teniendo cierto relieve en la campaña electoral y se coló en el único debate televisivo en el que han participado ambos líderes.

En esta ocasión fue Schulz quien se mostró partidario de una posición extremadamente firme respecto de Turquía, al considerar la deriva autoritaria que ese país está tomando de la mano del presidente Erdogan. Justamente, el hecho de que 12 ciudadanos alemanes hayan sido detenidos en los últimos tiempos ha contribuido a enrarecer sobremanera unas relaciones que nunca han sido fáciles, hasta el punto de manifestar que rompería las conversaciones de su acercamiento a la Unión Europea. Petición con la que discrepa Merkel, aunque ambos coinciden en que ahora es imposible su entrada en esa comunidad. Con todo, la posición de la canciller está siendo más moderada, no en vano fue ella la gran auspiciadora del compromiso con Ankara para frenar la oleada de inmigrantes a Grecia y al resto de Europa, después de haber abierto las fronteras germanas a un millón de ellos. El colapso de los centros de acogida y la penosa imagen de miles de personas vagando por medio continente en condiciones lamentables hicieron que, por la respetable suma de 6.000 millones de euros, Turquía pusiera coto a semejante avalancha. Algo que está siendo utilizado por la Administración Erdogan como moneda de cambio.

En realidad, la conexión entre alemanes y turcos viene de muy atrás, cuando menos de finales del siglo XIX, si bien el trasvase de población de Turquía hacia Alemania se consolidó a partir de la puesta en marcha de la reconstrucción de aquella tras la Segunda Guerra Mundial al precisar ingentes cantidades de mano de obra barata. Fue entonces cuando numerosos turcos (asimismo españoles e italianos, por ejemplo) se dirigieron a este renovado Eldorado. Hoy tenemos ya varias generaciones descendientes de aquellos pioneros, no habiéndose interrumpido nunca su llegada. Evidentemente, un buen número de ellos están plenamente integrados en la sociedad alemana, pero otros muchos no y siguen manteniendo vínculos muy estrechos con la tierra de sus antepasados.

Erdogan ha tratado de aprovecharse de esta circunstancia y así se pudo comprobar recientemente con las elecciones que buscaban un cambio constitucional para implantar un sistema presidencialista. Recordemos que la negativa de estados como Francia, Holanda o también Alemania a que distintos ministros turcos partidarios de Erdogan participaran en mítines solicitando el sufragio en favor de dicha reforma creó una grave crisis diplomática. La sangre no llegó al río, pero se oyeron entonces descalificaciones tan gruesas que dan idea de que los vínculos con Turquía están bajo mínimos y que, en el corto plazo, no parece que vayan a mejorar. La llamada de Erdogan a que las mujeres de origen turco en esas naciones tengan el mayor número posible de hijos es una prueba evidente de cómo el nuevo sultán está ahondando en las diferencias culturales y religiosas para añadir leña al fuego y fortalecer su imagen entre los inmigrantes musulmanes (ya no sólo turcos) en Occidente.

Por supuesto, actualmente parece haber un consenso generalizado en la UE en que es imposible que Turquía entre en el club. Cada vez cumple menos con los estándares democráticos exigidos, sin tener en cuenta el contencioso chipriota. No obstante, sospecho que las autoridades otomanas tampoco hacen demasiado por paliar esta situación y su interés por entrar es menor que en el pasado. Especialmente, porque, una vez dentro, hay que someterse a determinados consensos, mientras que ahora Erdogan cuenta con magníficos elementos de presión y chantaje. Que es lo que está haciendo con los inmigrantes. Es posible que con los acuerdos comerciales y de otro tipo que Turquía tiene con Bruselas, Ankara se dé por satisfecha. Lo que no es óbice para seguir empleando grandes dosis de diplomacia. Pues, además del papel que está jugando en el tema migratorio, hay que recordar su protagonismo en la guerra de Siria; su categoría de miembro de la OTAN; su deseo de convertirse en el auténtico paladín de los sunitas, en competencia con Arabia Saudí; su estatus de liderazgo del Consejo Túrquico y el eje que Erdogan ha logrado construir entre Ankara, Moscú y Pekín, como un posible polo de poder en un escenario multilateral. Por eso, el reclamo de Schulz de un posicionamiento duro con Turquía debe ser cuidadosamente medido. Alemania y el resto de la UE no se pueden permitir el lujo de malbaratar lo logrado hasta la fecha en aras de un entendimiento lo más cordial posible con un socio difícil, pero imprescindible para la estabilidad de la Europa Suroriental y del Próximo Oriente.

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