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Los duros ajustes que propone Edesa Industrial exigirían un plan industrial más consistente para asegurar la continuidad de la antigua Fagor

DV

La presentación ayer por parte de Edesa Industrial a los representantes de los trabajadores de lo que califica como un «plan para la continuidad» del antiguo proyecto de Fagor Electrodomésticos ha puesto negro sobre blanco la inexistencia hoy por hoy de una iniciativa que ofrezca garantías tangibles y verificables de que el negocio puede perseverar, aunque fuera con los duros ajustes que plantea la compañía. Ajustes que pasan por una reducción de más de mitad de los 350 empleados en plantilla -que se quedaría en 160 en la parte de la horquilla más optimista y en 130 en la más negativa-; el cierre de la planta de Garagartza en Arrasate; un mantenimiento a prueba de las de Ezkoriatza y Basauri; y una reorientación de la producción que podría abrir la puerta a deslocalizar lo que hasta ahora era la división distintiva de la marca -los hornos- para centrarse en ollas, termos y calentadores.

La adopción de estas medidas tan drásticas, propuestas como una solución que sería poco menos que inevitable ante las pérdidas de 36 millones registradas por la firma en 2016 y una deuda bancaria que supera los 50, precisaría de una hoja de ruta para el eventual reflotamiento de Fagor CNA más consistente que la que se ha conocido en las últimas horas. Porque al menos en este momento no hay seguridad de que Edesa Industrial vaya a amarrar la financiación no bancaria que permitiría «reactivar las líneas de negocio rentables», ni acordar los pagos debidos con acreedores y proveedores, ni que estos últimos sigan ofreciendo el servicio que prestan, ni que las entidades financieras concernidas estén en disposición de reestructurar la deuda hasta alcanzar una reducción del 75% como aspira la compañía; factores que se presentan como «necesidades» a cumplimentar con el esfuerzo de «todas las partes» entre las que incluye al Gobierno Vasco, reticente a renovar el apoyo que dio en su día a la compra de Fagor por Cata.

La que fue la marca estrella del cooperativismo arrastra graves dificultades de sostenibilidad, previas a la adquisición por el grupo catalán. Pero sus inversores han encallado en una pérdida de credibilidad, fruto de airear unas expectativas abruptamente truncadas por los datos reales, que sitúan ahora en tela de juicio su capacidad de gestión para intentar rescatar Fagor por segunda vez.

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