Afectos especiales

Iñaki Adúriz, doctor en Filosofía y Letras

Tras los últimos crímenes supuestamente cometidos por jóvenes menores de edad, la educación es una valiosa parcela de la sociedad. Solo un alumnado bien arropado será capaz de aprender a desarrollar intensas y profundas relaciones humanas

Afectos especiales
IÑAKI ADÚRIZ

Por experiencia, me parece a mí que el mapa de las emociones está más nutrido de territorios reactivos que de proactivos. Por eso es importante trabajar estos en pos de nuestra participación y empatía para con la vida. En este sentido, la educación es una valiosa parcela de la sociedad que nos pone al día acerca de esta última, que, si se quiere, la reproduce, pero que, por el contrario, le cuesta promover nuevas dinámicas y certeros objetivos para otra sociedad mejor y más afable.

Estas ideas me vienen a la cabeza, tras el desgarro producido en la sociedad vasca y, sobre todo, bilbaína, a causa de los últimos crímenes supuestamente cometidos por jóvenes menores de edad, en concreto, en el seno de la última, así como por otras situaciones violentas -lesiones, intimidaciones, abusos y acosos de todo tipo-, incrementadas y frecuentes en los últimos tiempos, a las que no son ajenas los otros territorios vascos, ni otras demarcaciones de la España posmoderna de hoy en día, siempre saliente de la crisis. Aunque, encuestas, y porcentajes en ellas, concretan datos algo inquietantes, ‘felizmente’, no se llega todavía a los que proporcionan otros países del mundo, que, emergiendo de un pasado carente de las mínimas infraestructuras y hundidos hasta el fango en la violencia, intentan como pueden salir del atolladero.

Aun así, como es lógico, nuestra sociedad percibe estas cuestiones con preocupación, que, a su vez, se introduce como una fina capa de niebla en todas sus actividades. También, desde luego, en la educativa, aunque, muchas veces, apenas se valora que esta es un ensamblaje más dentro del constructo social y político que día a día se va haciendo entre todos. Parece inevitable, pues, comenzar por este, para llegar a la educación, más si se habla de una en la que algunos aprendices -muy pocos- se saltan las normas, como si fuera moneda corriente, y encuentran en la violencia el mantra soñado de la identidad dentro del grupo y, así, un lugar en el único mundo que conocen: el de los desafectos.

Y es que, con un background muy limitado, lleno de vacíos y problemáticas que las instituciones arreglan, no sin esfuerzos ni costosas dificultades, ha de resultar difícil sostenerse de pie en esta sociedad líquida en la que estamos. Solo un alumnado bien asentado y arropado será capaz de aprender -como dicen Bennis y Slater- «a desarrollar con rapidez intensas y profundas relaciones humanas y a aprender a desligarse, a aprender cómo ingresar en un grupo y cómo abandonarlo». Parece la fórmula mágica, pero, no por ello, desasosegante. De ahí que, como digo, puede que, incluso, más que de una resultante banalidad de la violencia, al uso de unos cuantos sin norte, y, probablemente, inducida por esa sociedad fluida en la que se suele mezclar y confundir todo, en la que no se sabe qué hacer con temas como la autoridad o la coherencia y la determinación, estemos hablando de que es aquella, la violencia, el único soporte fijo que les queda a algunos, la única forma de ‘racionalidad’ para ellos, dentro, claro está, de la irracionalidad mayúscula que representa cualquier postura que defienda la violencia como fin. Sobra señalar que la gravedad de estos esquemas mentales es más que evidente. Sin hablar, por cierto, de otros dos factores negativos que los acompañan, como el de la instrumentalización de las personas, esta última, también, una vieja conocida de los sistemas de explotación humana, tanto del cuerpo como del espíritu, y el de la indiferencia hacia el pasado y los procesos históricos. Todo lo cual deja este escenario actual en una especie de mero inmanentismo, en un mero brote y aparición de sujetos y objetos aprehendidos, sin ir mucho más allá de ello. La pregunta es, pues, qué ética ha de regir semejante estado de cosas, qué valores se pueden desprender de esta forma de vivir de hoy en día. La respuesta tampoco es muy esperanzadora, dado que «en las sociedades posmodernas, en las cuales vivimos, lo que no se encuentra es precisamente legitimación de lo verdadero y lo justo» (Lyotard).

De manera que, como se ve, sin anclajes sólidos en la sociedad, resulta complicada una educación que se ha de apoyar, precisamente, en concepciones y presupuestos válidos, con el fin de llevarla adelante. Digamos, pues, que, consciente o inconscientemente, se va materializando el reino de aquellos que piensan que aquí vale todo. Ante tanta deshumanización, a la que no le queda más que el castigo ejemplarizante, son de destacar los seis ‘compromisos’ adoptados no hace mucho por los participantes (alumnado, profesorado, familias) en un pleno en el Parlamento Vasco, a propósito de una iniciativa sobre la mejora de la educación.

Si se los lee bien, sí que se vislumbra algo así como un centro de gravedad, sobre el que ha de pivotar una educación presente y futura. Subrayo el cuarto («hemos de cuidarnos mutuamente, sin discriminar a nadie, porque todas las personas somos importantes y valiosas»), no, porque no se lo tenga en cuenta en la actualidad, sino, porque, acaso, insistiendo en él, surja la confianza y colaboración de los más desprotegidos.

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