Nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena

JOSÉ MARÍA SARRIEGIDOCTOR INGENIERO INDUSTRIAL Y PROFESOR DE TECNUN

Cada poco tiempo tenemos noticias de sucesos que han causado daños significativos en algún lugar del mundo. Cuando escuchamos noticias acerca de terremotos, ataques terroristas, huracanes, apagones eléctricos, incendios o ciberataques nos preguntamos si estamos realmente preparados para hacerles frente; aunque también tenemos la tendencia a pensar que es poco probable que 'eso' nos suceda a nosotros.

Habitualmente, este tipo de crisis suelen ser consecuencia de algún tipo de evento desencadenante repentino, difícil de prever con antelación suficiente. La baja frecuencia con la que cada ciudad sufre este tipo de eventos complica que se pueda aprender de episodios anteriores y contribuye también a que se produzca una casi inevitable relajación.

Son varias las razones que dificultan la preparación ante este tipo de eventos. Por un lado, como es natural, tenemos la tendencia a prestar más atención a los riesgos que vemos más probables que a aquellos que se nos aparecen como altamente improbables. Por otro lado, cuando la prevención o la respuesta funcionan adecuadamente apenas se recibe reconocimiento, sin embargo, cuando se generan impactos importantes es fácil sumarse al coro de los que recriminan. Por eso, suele resultar complicado encontrar recursos para mejorar o mantener la preparación si la respuesta funciona adecuadamente y no es hasta que sucede un evento lo suficientemente relevante, con unos impactos significativos, que se dedican recursos.

Hay otro aspecto que es también muy relevante y que dificulta la preparación: cuando se realiza el análisis de algún caso a posteriori suele resultar inevitable que cada parte involucrada tienda a proteger sus decisiones y actuaciones, por lo que resulta complicado obtener 'lecciones aprendidas' completas y que incluyan todos los elementos relevantes. Esto sucede, por ejemplo, cuando el reconocimiento de alguna decisión o actuación deficiente puede conllevar incluso consecuencias penales. Por lo tanto es habitual que después de los sucesos se hagan análisis parciales en los que no se refleja todo lo que se podía haber aprendido.

Lo mencionado anteriormente se aplica al caso de crisis repentinas. Pero hay otro tipo de situaciones críticas que provienen de evoluciones muy lentas. Uno de los ejemplos más claros es el de las crisis que se pueden derivar del cambio climático o de algunas dinámicas sociales. El cambio climático es un fenómeno que evoluciona de manera muy lenta, por lo que resulta complicado percibirlo y estimar su evolución y consecuencias de manera precisa. Esto hace que no resulte prioritario ni para la sociedad, ni para los gobernantes, normalmente más orientados a la gestión de problemas con consecuencias en el corto plazo. Sin embargo, si la evolución del problema es lenta también lo es la implantación de soluciones para mitigarlo. Así, la preparación ante este tipo de crisis exige la adopción de medidas con carácter permanente durante un largo plazo de tiempo con escasa visibilidad de resultados. Resulta muy complicado observar la rentabilidad de las medidas a tomar.

Otro posible tipo de crisis de 'cocina lenta' es la que tiene su origen en dinámicas sociales. El envejecimiento de la población de una determinada ciudad o región, el incremento de las desigualdades, una mala gestión de la multiculturalidad, puede tener como consecuencia el brote de estallidos que pueden terminar generando consecuencias desastrosas. Las soluciones para aliviar estos problemas van a necesitar tiempo para fraguar.

Así pues, en la sociedad actual tenemos que hacer frente simultáneamente tanto a amenazas que provienen de eventos inesperados y repentinos como a problemas que derivan de fenómenos de evolución lenta. En este contexto surge el concepto de Resiliencia. En realidad, este concepto ya existía en el campo de la ciencia de los materiales y la psicología. Actualmente, el concepto se está desarrollando para poder ser aplicado a las ciudades, las infraestructuras críticas y las empresas. Lo cierto es que es un concepto muy amplio que incluye la capacidad de evitar las crisis, reducir los impactos en el caso de que una crisis suceda adaptándose sin descomponerse a las situaciones complicadas, respondiendo de manera eficaz e idealmente saliendo reforzados gracias al aprendizaje.

En general, el desarrollo de la resiliencia de un sistema, ya sea una ciudad, una infraestructura crítica o una empresa, se basa en la construcción de capacidades transversales que puedan resultar valiosas independiente del escenario crítico al que nos enfrentemos. Un sistema resiliente necesita observar los riesgos desde una perspectiva sistémica, es decir, entendiendo además de los riesgos, sus interrelaciones. Actualmente las contramedidas para cada tipo de riesgo suelen ser desarrolladas desde perspectivas 'silo' que abordan el problema de manera aislada, sin entender las interrelaciones y los efectos cascada, con lo que pueden ser poco eficaces. Se necesita fomentar la cooperación entre agentes públicos, privados y sociales, inicialmente a nivel local; pero luego a nivel global: no podremos ser resilientes en un entorno que no lo sea.

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