Diario Vasco

Hipercor, la profunda huella del mal

Han pasado ya treinta años. El 19 de junio de 1987 los miembros del comando Barcelona Domingo Troitiño Arranz, Josefa Mercedes Ernaga Esnoz y Rafael Caride Simón introdujeron su coche bomba (cargado con una mortífera carga de casi 30 kilos de amonal, cien litros de gasolina, pegamento y escamas de jabón) en el parking del centro comercial Hipercor de la Avenida Meridiana de la Ciudad Condal. A pesar de la llamada de los terroristas sobre las 15.15 horas de la tarde, la Policía, junto a los equipos de seguridad del propio centro comercial, no encontró la bomba, y pensó que era una falsa alarma. A las 16.00 horas explotó el artefacto, consiguiendo el efecto para el que de forma tan exhaustiva se había confeccionado. El resultado fue devastador: veintiuna personas asesinadas y cuarenta y seis heridas graves. Como recoge en su libro 'Vidas rotas' Florencio Domínguez, entre las víctimas había niños y jóvenes. Así, junto a su madre Carmen Mármol Cubillo, fallecieron las hermanas Sonia y Susana Cabrerizo Mármol, de dieciséis y trece años respectivamente. No fueron las únicas, quedó también rota por el dolor la familia de Jordi y Silvia Vicente Manzanares, de nueve y trece años.

Ante la impresionante dimensión de la matanza y el impacto que aquel asesinato causó en la sociedad, ETA intentó justificar lo injustificable. Así, sus empeños se centraron en transferir esa responsabilidad sangrienta a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, alegando negligencia por parte de quienes debían explorar el aparcamiento del segundo sótano y obviando la sofisticada confección de la bomba, pensada, de forma concienzuda, para causar el mayor daño posible. Las imágenes del juicio en las que Josefa Mercedes Ernaga se hacía la manicura, mostrando su desprecio por las víctimas y por el tribunal, no son sino muestra fehaciente de la profunda huella que el mal había dejado en los asesinos y en su entorno logístico.

Como ejemplo de ello debemos recordar que en 1982, después de un atentado en Pamplona, el dirigente de HB Iñaki Aldekoa ocultó en su propia casa a Josefa Ernaga y también se pueden recuperar las palabras del representante de la izquierda abertzale Txelui Moreno en el 25 aniversario del atentado de Hipercor cuando dijo que «todas las partes sufren por igual y que condenar no conduce a nada».

Son varios los autores que cifran ese atentado como un punto y final, el del comienzo de la desafección que se produjo en una parte importante de la sociedad vasca (y también de ciertos sectores de la izquierda española) con respecto de la violencia terrorista, y como un punto de partida al mismo tiempo, el del aumento de la movilización contra ETA.

Cierto es que las movilizaciones convocadas por Gesto por la Paz tuvieron cada vez más integrantes y que existieron momentos de auténtica 'efervescencia social' contra el terror. Las movilizaciones tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco son su ejemplo más paradigmático, pero aun asumiendo esa hipótesis como real, hemos de moderar el júbilo teniendo en cuenta que a los pocos días ETA asesinó en Oñate a los guardias civiles Pedro Galnares y Antonio Ángel López; se intensificó la kale borroka y conocimos lo que era la 'socialización del sufrimiento'. Los secuestros y la extorsión no cesaron y ETA mantuvo su carrera criminal durante veintitrés años más, hasta el 16 de marzo de 2010, fecha en la que asesinó al gendarme Jean Serge Nèrin, su última víctima.

Han pasado treinta años de aquella masacre, demasiados y demasiado crueles, y una vez derogada la llamada 'Doctrina Parot' Josefa Ernaga y Domingo Troitiño se encuentran en libertad sin haber mostrado arrepentimiento alguno, disfrutando de la generosidad del Estado de derecho del que reniegan. Por el contrario, Rafael Caride Simón ha mostrado sentirse arrepentido y se acogió en 2010 a la denominada 'vía Nanclares' con la posibilidad de disfrutar de permisos carcelarios.

Por ello fue expulsado de la organización y hoy quienes le tacharon de traidor reivindican acceder a algún mecanismo de reducción de penas. ETA es en este momento una «organización armada desarmada», aunque a día de hoy todavía no se ha disuelto, pero a pesar de los avances dados muchas de sus víctimas no consiguen ser «víctimas desvictimizadas». Han pasado treinta años, sí, pero el recuerdo del mal permanece. En la película de Iñaki Arteta 'Trece entre mil', el padre de Silvia y Jordi, dos de los niños que murieron en Hipercor, reconoce que cuando ve por la calle a una familia con sus hijos jóvenes siempre piensa lo mismo: «Así serían ahora ellos, así de grandes». Y es que la huella del mal, aun después de treinta años, puede ser muy profunda.

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