2017, el año de las mordazas

El año fue macerando el asco de la contestación feminista. La rabia de las mujeres despertó con dos investigaciones que revelaron que Weinstein, el rey de Hollywood, era obseso sexual

ROSARIO MOREJÓN SABIO DOCTORA EN PSICOLOGÍA

El adiós a 2017 recuerda una amalgama de rarezas difíciles de imaginar cuando inauguramos el año con la llegada de Trump a la Presidencia de Estados Unidos. No ha sido éste el único contra-pronóstico. «Hay períodos en la historia donde todo puede hundirse, revolverse. Vivimos en uno de ellos», pronosticaba François Hollande en su despedida el 31 de diciembre de 2016. La China de Xi se afianza; Putin hace lo propio manejando la guerra de Siria a placer; se diluye el ISIS sembrando espitas de terror por doquier; Arabia Saudí se renueva a su manera; Europa parecía fuerte hasta que la crisis de los refugiados ha tambaleado la reelección de Merkel. Los partidos tradicionales desdibujados van cediendo el poder a la extrema derecha sin que Bruselas pestañee.

Cual presagio, Estados Unidos abrió 2017 con las manifestaciones de millones de mujeres, el 21 de enero, escandalizadas por la investidura de Trump. No se mide sólo a este presidente por ser el hombre que ha arrebatado la Casa Blanca a la primera mujer que casi lo logra; no se le repudia únicamente por la presunta 'mano de Moscú' en facilitar su éxito; este hombre encarna ante todo la más rancia guardia sexista. Para bochorno de millones de manifestantes, el multimillonario-animador de telerrealidades sorprendido por una cámara mientras se jactaba de «agarrar a la mujeres por el coño» ya que «cuando uno es famoso se puede hacer con ellas cualquier cosa», alcanzaba el poder.

El año ha ido macerando el asco de la contestación feminista. La insurrección electoral contra Trump revienta a principios de octubre: la rabia de las mujeres despierta con dos investigaciones explosivas: el 'New York Times' y el 'New Yorker' revelaban el 'affaire Weinstein'. Harvey Weinstein, el rey de Hollywood, era realmente un obseso sexual. Un acosador en serie, violador, manipulador, el destroza carreras de todas cuantas le rechazaban. Un especimen que crea categoría en los desmanes del abuso hacia las mujeres.

El fin de la impunidad llegaba al amparo del hastag #metoo (yotambién). En Argentina, Chile y Uruguay desde 2015, la fórmula #niunamenos moviliza masivas protestas contra la violencia de género; en 2016, la Nochevieja de Colonia y los Carnavales dijeron basta al 'taharosh'; pero ha sido el movimiento anglosajón el despertador de conciencias. Hasta aquí, como en el 'affaire Weinstein', todo el mundo lo sabía. Y, todo el mundo callaba.

2017 termina con las mordazas de mujeres y hombres que ante la intimidación, menoscabo y consumo físico, intelectual, emocional, social, profesional del hostigamiento sexual dentro y fuera de sus entornos laborales han decidido plantar cara a los hechos. Este insólito vuelco ha arrastrado a otros Weinstein, grandes y chicos, que de forma sistemática y sin la legitimidad ética de unas relaciones consensuadas ni respetuosas con la edad han buscado sus satisfacciones ajenos al trato vejatorio y ultrajante infringido a la otra parte.

#Metoo atravesó el Atlántico en otoño para destapar las vergüenzas europeas. Las francesas han optado por #balancetonporc para unirse en la denuncia de los 'cerdos' que durante años se han columpiado de su dignidad. ¿Crudo? Sí, responden las galas, bonito no es, pero acosar tampoco. Iba siendo hora de mandar a cierta parte a los acosadores sean del mundo del espectáculo, comunicación, política, sanidad, justicia, universidad, deportes, videojuegos y, cómo no, religión. Con vergüenza añadida, el Weinstein francés ha sido el del predicador Tariq Ramadan. El autoproclamado 'islamólogo' fue acusado de violación por dos mujeres, a finales de octubre. El 1 de noviembre, Charlie Hebdo se atreve con él representándole con su pantalón deformado por una contundente erección y espetando: «Yo soy el sexto pilar del Islam». Más allá de la abominación de las violaciones, esta portada desata una tempestad de amenazas de muerte contra la redacción y las atrevidas denunciantes. El caso Ramadan se convierte en cuestión política enfrentando a dos redacciones -el semanario 'Charlie' y la página Web Mediapart-, a dos sectores sociales y dos izquierdas a propósito del laicismo y del lugar del islam en Francia. La liberación del oprobio causado a las mujeres por un ilustre predicador ha puesto en evidencia la guerra de religiones que crispa desde hace años la sociedad francesa.

La rebelión de las mordazas tiene sus consecuencias. La Universidad de Oxford anunciaba el 7 de noviembre «la suspensión» de Ramadan como profesor de Estudios Islámicos Contemporáneos pese a la potentísima inversión de Catar en esta cátedra. Al tiempo, el ministro de Defensa británico, Michael Fallon, dimitía por haberle puesto la mano en la rodilla a una periodista. En diciembre, Trump ha visto cómo su candidato a senador por Alabama, Roy Moore, perdía una elección perpetuamente republicana, al ser acusado de abuso de menores en su etapa de juez. El pasado regresa para importunar a hombres poderosos; Trump entre ellos. El presidente se enfrenta de nuevo a sus acusadoras. Tres de ellas solicitaron al Congreso, el 11 de diciembre, en una emisión de la NBC, la apertura de una investigación sobre las maniobras del millonario para desacreditarlas. La víspera, la embajadora americana en Naciones Unidas, Nikki Haley, afirmaba en una emisión política que «estas mujeres tienen que ser escuchadas». Mas su actual azote es la demócrata, Kirsten Gillibrand (Nueva York). Gillibrand, que ya causó estupor en su propio partido asegurando en noviembre que el presidente Clinton (1993-2001) tendría que haber dimitido tras la revelación de sus relaciones con la becaria Mónica Lewinsky, está muy pero que muy pendiente de este dosier. Trump prepara su ofensiva mientras la juzga al igual que a sus denunciantes, «mentirosas sexistas». Si evitamos caer en el hembrismo, la rebelión de las mordazas promete.

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