Diario Vasco

El triunfo de las mujeres machistas

No se habla de ellas, pero existen. La mismísima Hillary Clinton se integró en el clan cuando aguantó que su marido y presidente de Estados Unidos le engañara con una becaria y sometiera su muy vulgar adulterio a un escrutinio planetario que casi le cuesta el cargo. Ese colectivo aparentemente invisible que continúa perpetuándose de generación en generación, pero al que no se menciona como si su existencia resultara un imposible metafísico, lo conforman las mujeres machistas. Y la suya es una de las manos que ha mecido la cuna que ha conducido a Donald Trump hasta la Casa Blanca. No solo ha ganado el candidato más declaradamente misógino y sexista que se recuerda después de Silvio Berlusconi, el exhibicionista sin recato y sin pudor que abornochaba a media Italia. Trump ha vencido, por añadidura, imponiéndose no a un hombre sino a una mujer. Lo que traduce su victoria en una regresión instantánea para la histórica reivindicación de la igualdad y para la conquista del respeto universal a la diferencia. El techo de cristal apuntalado con cemento armado.

En una de las cunas del sufragismo, millones de mujeres han votado para que dirija su país un varón como Trump, que las desprecia adulándolas sexualmente. Que las considera, con sus modales tan desprejuiciados como peligrosos, seres inferiores a los que se puede utilizar y de los que se puede abusar. Vistosos floreros a los que dejar caer cuando convenga. Solo por el menosprecio que ha gastado hacia sus conciudadanas, el aspirante ‘outsider’ y multimillonario de los republicanos no debería haber superado ni el primer escalón de la candidatura a la Presidencia. Que los haya ascendido todos, uno a uno hasta la cumbre, sin que nadie haya sido capaz de combatir con éxito su discurso amedrentador y que lo haya hecho frente a una mujer –sí, blanca, cultivada, rica, del ‘establishment’, pero mujer al fin y al cabo como todas a las que ha insultado Trump– refleja el temible poder de arrastre del demagogo populista. La potencia del imán autodestructivo en los tiempos del cólera.

El voto femenino cosechado por nuevo líder del mundo obliga a preguntarse si todas sus electoras son unas machistas; confesas, reconocibles, disimuladas o inconscientes. Y obliga a preguntarse también por cuántas de ellas han avalado a Trump por las razones que sea –el género puede verse como algo difuso o insignificante ante sentimientos tan arraigados en las entrañas como la ira, el miedo o el odio– y por cuántas han acudido a las urnas, en realidad, para castigar a Hillary Clinton. Porque las mujeres machistas no solo están predispuestas a acomodarse y dar por bueno el entorno de desigualdad levantado desde que el Hombre es Hombre. En no pocos casos, anida en ellas un resquemor patológico hacia lo que representan sus congéneres cuando estas se declaran feministas, hacen bandera de la causa de la igualdad o, simplemente, compiten.

Clinton decepcionó a muchísimas mujeres cuando ella, aquella primera dama de una pieza, preparada y adusta a la sombra del carisma de Bill, cedió a una humillación de alcance internacional y siguió al lado del presidente demócrata que tan poca consideración parecía tenerle. El desengaño se mitigó cuando la ambición política de la exinquilina de la Casa Blanca dio a entender que su matrimonio representaba un contrato, según el cual ella se sacrificaba primero para convertirse después en la primera mujer en alcanzar la cúspide del poder. Un hombre afroamericano con un talento excepcional, apoyado por miles y miles de mujeres, arrebató la candidatura demócrata a Clinton hace ocho años. Y un hombre indescriptible, respaldado por miles y miles de otras mujeres, le ha hurtado ahora definitivamente su versión del sueño americano. Hillary Diane Rodham no era la candidata del feminismo más combativo y radical, el cual deberá cuestionarse ahora si de verdad cuanto peor, mejor. Si mejor con Trump que con Clinton al frente del país que continúa siendo el más influyente del mundo. Al templado discurso de la eterna perdedora solo le faltó en el día de la derrota final un sonoro ‘adiós, Bill’.

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