Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán 'Señora azul' (Hispavox, 1974)

Aquella banda, integrada por cuatro de los creadores e intérpretes más geniales que ha dado nuestra música, fue capaz de idear una colección de canciones sublimes, destinada a los paladares más exquisitos

El grupo./
El grupo.
CÉSAR CAMPOY

La música moderna española ha disfrutado de innumerables súpergrupos, prácticamente, desde su nacimiento. Formaciones como Los Pekenikes, Los Brincos, Los Bravos o Los Flecos, en la primera mitad de los años 60 del siglo XX, surgieron a partir de la comunión de magníficos intérpretes curtidos en mil y una batallas, en aquella industria musical que apenas comenzaba.

No obstante, posiblemente Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán (CRAG), surgidos, en muchos aspectos, bajo el influjo de Crosby, Stills, Nash & Young, hayan pasado a la historia como la primera súperbanda del pop y el rock hispanos. Juan Robles Cánovas provenía de la formación progresiva Franklin, y conocía de sobra a un Adolfo Rodríguez que había formado parte de la columna vertebral de unos imprescindibles Los Íberos, que en 1973, ya casi sin el apoyo de Columbia, habían publicado su último sencillo, un 'María, Tobías y John' en el que, por qué no decirlo, se adivinaban algunas de las sonoras posibilidades futuras de CRAG.

Por su parte, Rodrigo García, considerado uno de los genios indiscutibles de nuestra música (así como una de las personalidades más peculiares), ya desde joven había demostrado su condición de virtuoso multiinstrumentista. Sevillano de nacimiento, siendo apenas un veinteañero triunfó en Colombia con los míticos Speakers, con los cuales se sumergió en la psicodelia de altura. Tras retornar a España, como era de prever, fue requerido por diversos conjuntos, y acabó militando en proyectos como Los Pekenikes o José y Manuel. Precisamente con estos últimos, los hermanos Martín, y en compañía de otro de sus músicos de sesión, un joven José María Guzmán, Rodrigo decide crear Solera, otra de esas perlas desconocidas por el gran público. A partir de una exquisitez inapelable, aquel cuarteto facturó composiciones tan imprescindibles como 'Calles del viejo París' o 'Linda prima', a través de Hispavox y bajo la supervisión, a la producción, del maestro Rafael Trabucchelli, artífice del celebérrimo 'Sonido Torrelaguna'.

Disuelto Solera, prácticamente sin haber tenido recorrido, Guzmán y Rodrigo rápidamente encuentran en Cánovas y Adolfo los integrantes perfectos para conformar una estructura robusta que, a priori, reunía todos los condicionantes para convertirse en un verdadero bombazo: Indiscutibles intérpretes, geniales compositores, cuatro voces tan personales como intransferibles... Eso sí, CRAG se la jugaba con aquel estilo tan sentido y trabajado, que bebía del pop-folk de calidad, en una época de transición en la industria musical, de extremos, en la que predominaban bien los cantautores, bien los grupos predestinados a fabricar canciones con vocación veraniega.

Establecidos los contactos, tanto con Hispavox como con el propio Trabucchelli, el cuarteto se pone a trabajar para crear un disco absolutamente sublime. Bajo la batuta del incuestionable productor, y aportando cada uno de ellos su curtida experiencia, entran en el estudio. Allí, Guzmán se encarga de los bajos, las guitarras y la percusión; Cánovas, de las baterías, percusiones y guitarras; Rodrigo, de los teclados y sintetizadores y de los violines, y Adolfo, también de las guitarras. Por supuesto, y como el oyente podrá comprobar sin demasiada dificultad, los cuatro se repartirán, tanto las labores compositivas, como las vocales, en lo que parecía convertirse en una comunión, prácticamente, ideal, certificada y sellada con los impagables arreglos de Trabucchelli.

En el aspecto musical, 'Señora azul' es una verdadera obra maestra, repleta de pinceladas que, escucha tras escucha, siguen deslumbrando. En el plano temático, estamos ante un disco de contrastes, al debatirse entre la crítica y la ironía, y el romanticismo supino.

'Señora azul'

Se abre con una efectista 'Carrusel' (de Cánovas y Rodrigo) en la que el constante sintetizador de García se convierte en la réplica perfecta a una continua cascada de juegos vocales de ensueño. Le sigue una de las canciones de amor más sensibles y conseguidas de la historia de nuestra música: 'Sólo pienso en ti' (obra del propio Rodrigo). De letra absolutamente embriagadora («termino pensando que faltan sobre mi paleta colores intensos que reflejan tu rara belleza»), su texto es mecido tiernamente a partir de una instrumentación casi milimétrica. En 'El río', su creador, Guzmán, se marca una de sus interpretaciones vocales más celebradas, a base de un folk casi campestre, apoyado, de nuevo, por la conjunción angélico-vocal de sus compañeros de viaje.

'Solo pienso en ti'

Justo en en este momento nos topamos con una de las composiciones más recordadas del disco. Se trata de una pegadiza 'Don Samuel Jazmín', a ritmo de ragtime, en la que Adolfo (compositor junto a García) despliega un sorprendente y variado registro vocal, en ocasiones, burlesco. Crítica sublime de la avaricia y la racanería, contiene algunos de los momentos instrumentales más emocionantes de tan magno trabajo. 'Si pudieras ver' (ideada por Guzmán), retoma la vena más impresionable del cuarteto, cincelada a partir de numerosas pinceladas instrumentales. Da paso a una 'Nuestro problema' (vía García) en la que Rodrigo se marca una letra absolutamente soberbia en torno a los problemas de pareja.

'Buscando una solución', por su parte, es un verdadero himno de José María en defensa del artista, desarrollado a partir de un ritmo resultón. El mismo Guzmán es, también, artífice de una de las piezas más vibrantes, 'Supremo director', que combina magistralmente el elemento acústico y el eléctrico, y que cuenta con alguno de los cambios de tempo más logrados del grupo (tan sólo comparables a los de 'Carrusel'). Tremendamente cínica en su letra, contrasta radicalmente con una María y Amaranta con la que García logró esquivar a la censura, ya que aborda, de una manera tierna y repleta de metáforas, la relación entre dos mujeres.

La recta final de este trabajo se abre con la áspera 'El vividor' (Cánovas-García), un verdadero monumento al country más elegante, que relata el desenfrenado existir de un niño bien reconvertido en buscavidas. Es el preludio ideal para el cierre perfecto. Tras la tempestad, la calma. Una línea de piano inconfundible anuncia la irrupción en escena de la mítica 'Señora azul'. Terriblemente cruel en su letra, fue considerada durante mucho tiempo un certero reproche a la censura franquista, aunque el propio Rodrigo García siempre ha afirmado que se trata de un desplante en toda regla a la crítica musical («la mediocridad está en tu corazón, tú no puedes apreciar con propiedad, el color de la cuestión, porque desde la barrera sueles ver toros que no son y parecen ser»). Aquel piano inicial, pues, da paso a una instrumentación sobria pero contundente y efectiva que, a medida que transcurre el tema, va ganando en empaque y elementos (esos coros, los vientos...), hasta desembocar en una suerte de frenesí que se cierra al más puro estilo de los Beatles de 'Hey Jude'.

Pese a la innegable valía artística y sociológica de 'Señora azul', el proyecto CRAG tuvo un recorrido inexplicablemente breve. Hispavox apenas apoyó una aventura que contaba con el beneplácito de los medios, y sus integrantes pronto tuvieron que buscarse la vida como banda de acompañamiento de Karina, una de las estrellas indiscutibles, en aquel momento, del sello. Inmediatamente, todos ellos intentaron embarcarse en otros proyectos musicales donde seguir demostrando su valía, tanto compositiva como interpretativa. Cánovas, sin ir más lejos, entró en Módulos, y con ellos registró temas tan recomendables como 'Perdido en mis recuerdos', donde la marca vocal del batería se hace evidente. No obstante, el conjunto se encontraba ya en sus horas más bajas, y dejaría de existir pocos años después. Rodrigo, por su parte, alternó su valía como músico de acompañamiento, con la edición de algunas perlas sonoras en solitario. También han seguido dedicándose al arte, tanto Adolfo como Guzmán. El primero, combinándolo con algunos periodos en los que ejerció como dentista nada más y nada menos que en Suecia. El segundo, sin duda, fue uno de los rostros más populares de los cuatro, al formar parte de diversos proyectos, entre ellos, aquellos incomprendidos Cadillac con los que llegó a participar en el Festival de Eurovisión (en su edición de 1986) merced a aquel pegadizo 'Valentino'.

Sucesivos intentos de retomar aquella senda, en 1984 con aquel 'Queridos compañeros' (Polygram), o una década más tarde, bajo la marca Rodrigo, Adolfo y Guzmán, tampoco acabaron de cuajar, aunque sirvieron para hacer algo de justicia. Justicia retomada con el tiempo, ya que, curiosamente, el legado de CRAG ha sido revindicado, en los últimos lustros, tanto por la práctica totalidad de la crítica especializada, como por la inmensa mayoría de la profesión musical. Ese ha sido el sino de un proyecto de calidad indiscutible, destinado a paladares exquisitos, aunque también asimilable por estómagos de fácil digestión. Posiblemente, una de las aventuras artísticas más mágicas, inmortales y poéticas que ha dado la música moderna hispana.