Un alto en el camino en un albergue cargado de magia

Bienvenida. El coro Larreaundi visitó a los peregrinos en Santa Ana el pasado día 2.
Bienvenida. El coro Larreaundi visitó a los peregrinos en Santa Ana el pasado día 2. / FOTOGRAFÍAS VIÑAS

Alrededor de 240 peregrinos pasan por el casco antiguo de Pasai Donibane en su periplo hacia Santiago de Compostela

ELENA VIÑASPASAIA.

Se han convertido en tan habituales que a estas alturas a ningún sanjuandarra le extraña cruzárselos por la calle empedrada o compartir el desayuno en alguna de las terrazas de la plaza Santiago, disfrutando a partes iguales de la primera comida del día y de las vistas sobre la bahía. Tampoco sorprende ya que pregunten, mientras acarrean a su espalda una pesada mochila en la que muestran visiblemente la inevitable vieira, dónde se toma la motora para cruzar a la otra orilla, la de San Pedro.

Los peregrinos forman parte de ese paisaje de postal que regala durante los meses estivales Pasai Donibane, como los niños que se arrojan al agua mientras piden a los visitantes que les lancen una moneda que poder rescatar del fondo del mar, como las mujeres que se sientan en los bancos del antiguo Ayuntamiento para ver jugar a sus hijos y nietos, como los veleros que entran y salen de la dársena en las jornadas de sol.

«Este verano están pasando unos 240 peregrinos cada día por el pueblo», asegura Xatur Telletxea, miembro de la Asociación de Amigos del Camino de Santiago en Gipuzkoa y hospitalero voluntario en el albergue de Santa Ana, donde cada tarde se cuelga el cartel de completo sin tiempo siquiera para darse cuenta. «Tenemos 14 plazas y se llena enseguida», indica.

Hoy les toca atender a los recién llegados a las hospitaleras Ana Tamayo, natural de Barcelona, y Laura Vergara, llegada de Elche. La pequeña sala del hospital de peregrinos destinada a dar la bienvenida a los caminantes es una torre de Babel en la que los idiomas se multiplican a la par que los gestos para hacerse entender.

«Está viniendo gente de Alemania, Italia, Irlanda, Suiza, Ucrania, Francia, Canadá y Holanda, entre otros muchos países, así como españoles procedentes de distintas regiones. A todos les encanta este sitio. Se lo encuentran en su primera etapa tras haber tomado la salida desde Hendaia o Irun», explican ambas jóvenes.

El albergue situado en la parte trasera de la ermita a la que debe su nombre les conquista, lo mismo que el pueblo. Algunos no se han ido aún y ya están pensando en regresar. Algo similar les ocurrió a Ana y Laura, que conocieron hace un año el albergue, cuando la madre de una de ellas estuvo como hospitalera, y se apuntaron para cubrir un turno de diez días en sus vacaciones de trabajo.

«Merece la pena, porque es una labor muy gratificante y conoces historias muy bonitas», aseguran, mientras Xatur Telletxea, veterano en esta tarea, asiente convencido con la cabeza.

Más de 1.700 pernoctaciones

Pasado ya el ecuador de la temporada en la que el albergue de Santa Ana permanece abierto para dar cobijo a los peregrinos que marchan en dirección a Santiago de Compostela, el número de pernoctaciones registradas desde comienzos de marzo supera las 1.700.

«Andamos en cifras muy similares a las de 2016», declara Telletxea, quien recuerda que el número de plazas es limitado y por tanto, Santa Ana «no puede crecer más». «De hecho, se llena todos los días y a última hora siempre aparece alguno y tenemos que dejarle pasar la noche de la mejor forma posible», declara.

Este verano, como novedad, a los peregrinos se les entrega un kit que incluye una funda de almohada y una colcha reciclables para que puedan pasar la noche en Donibane con las mayores comodidades higiénicas. «Está teniendo muy buena acogida», manifiesta Xatur Telletxea, quien añade que «la gente está muy contenta, les gusta este sitio y no paran de hacer fotos del pueblo».

A su juicio, igual de satisfechos se muestran los vecinos de San Juan y los hosteleros por el paso de cada vez más peregrinos. «Éste es un lugar privilegiado y así lo demuestra que vengan y decidan pararse a conocerlo un poco mejor. No hay más que ver los que descansan en la plaza», concluye.

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