Diario Vasco

Bombas en la bocana de Pasaia

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Un buzo se aproxima a uno de los proyectiles, que apenas se distingue de las rocas que lo rodean. / BUCEO DONOSTI

  • La Armada detona frente al puerto proyectiles de la Guerra Civil hallados por Buceo Donosti

Durante casi ochenta años han reposado en la bocana de Pasaia, a unos veinte metros de profundidad, con su carga letal intacta. Tanto tiempo después, buzos de la Armada los han rescatado del olvido para destruirlos. Una patrullera recién llegada de Ferrol comenzó el pasado domingo los trabajos para retirar media docena de bombas y obuses de mortero arrojados al parecer durante la Guerra Civil por un bou del Gobierno Vasco para evitar que cayeran en manos de las tropas nacionales. El miércoles detonaron la primera bomba. Fue su despertar. Y su fin.

Los proyectiles habían sido localizados por buzos de la escuela Buceo Donosti, que hace varios meses hallaron uno en la bocana. Este descubrimiento les impulsó a rastrear la zona, en la que han encontrado el resto del material. «El primero lo vimos por casualidad», explica Óscar Mayor, instructor de buceo de la escuela, a quien sus veinte años de experiencia le han dotado de una especie de instinto para reconocer objetos ocultos bajo un manto de concreciones formadas por fauna y flora marina.

El responsable de Buceo Donosti comunicó el hallazgo a la comandancia de Marina, que envió una embarcación a la zona para recuperar los proyectiles. Pese al tiempo transcurrido y a las condiciones que han tenido que soportar, era muy probable que la carga explosiva de las bombas esté aún activa y puedan suponer un peligro para los cada vez más numerosos buceadores que están empezando a poblar nuestra costa.

«Es un material muy inestable», afirma Óscar Mayor. «Las espoletas están cargadas y como son de bronce no se corroen con el agua», añade. Además, las vainas de los proyectiles son de cobre, que resisten muy bien la corrosión, y están selladas con lacre. Por si fuera poco, las propias concreciones que rodean como una costra el metal han contribuido a que su interior permanezca estanco. El resultado es que un movimiento demasiado brusco puede provocar una explosión. «Hay bombas que se han sacado del agua y después han estallado», señala el instructor de buceo.

Óscar Mayor está convencido de que los proyectiles pertenecieron a alguno de los buques pesqueros que el Gobierno Vasco artilló durante la Guerra Civil. Estos barcos -los bous- pasaron a formar parte de la marina de guerra auxiliar de Euskadi, que se encargó de proteger el tráfico marítimo y de limpiar de minas las aguas del Cantábrico. En Pasaia no duraron mucho tiempo. El puerto fue de los primeros en caer en manos nacionales y en su retirada los bous se vieron obligados a desembarazarse de sus municiones.

El largo sueño de los proyectiles terminó el miércoles, cuando un grupo de buzos hizo detonar uno de ellos. Para evitar problemas, mantuvieron cerrado el puerto durante gran parte del día. Ayer prosiguieron los trabajos para destruir las demás bombas. Sus restos se mezclaron así con los fragmentos de historia que duermen en la bocana.

Historia sumergida

«Pasaia es un puerto en el que es difícil entrar. Bajo las aguas hay dos bajos, dos especies de montañas submarinas que suben casi hasta la orilla», explica Óscar Mayor. «En esa zona -añade- se han estrellado muchos barcos». Pocos de ellos perviven. Unos fueron desguazados en su día y a otros los acabó reventando la fuerza del mar, pero quedan algunos.

No muy lejos del lugar donde fueron localizados los proyectiles se hallan los restos del cañonero Tajo, un buque construido durante la tercera guerra carlista que se hundió en la bocana en 1895. «Venía por la noche desde Bilbao después de hacer limpieza del casco y se dio contra unas rocas que hay en la entrada, en Sasiguchi». Los tripulantes se vieron obligados a abandonar la nave tras rescatar a su comandante, el teniente Ramón Carranza, que había subido al puente de mando con la intención de hundirse con el barco. Se salvaron todos menos el marinero Enrique Lago, un joven vigués de 22 años que no sabía nadar.

«No me sorprendió encontrar las bombas porque en el mar se ve de todo», afirma Óscar Mayor. Los alrededores del Puerto de Pasaia están repletos de material de los siglos XVI y XVII, como «anclas gigantes y cañones». No hay pecios grandes, lo que no quiere decir que no existan. Simplemente, no se han encontrado o ha sido imposible llegar hasta ellos. «Con la sonda hemos localizado barcos a más de cien metros, que es mucha profundidad».

Por desgracia, los fondos marinos también están llenos de basura y alguna puede ser muy peligrosa, como las redes de trasmallo, que pueden convertirse en una trampa mortal no solo para los peces sino también para los buceadores que se acerquen demasiado a ellas. «En el fondo ves de todo, desde latas, botellas y plásticos hasta baterías y pilas, que son muy contaminantes», afirma Óscar, que recuerda que hasta hace unos pocos años «en las cartas náuticas había zonas marcadas con el nombre de polvorín donde acudían los barcos para deshacerse de sus proyectiles viejos».

El oasis de la Pikatxilla

El responsable de Buceo Donosti lamenta el poco impulso que las administraciones están dando al submarinismo en Euskadi. «En España hay mucha conciencia con esta actividad porque se ha visto el potencial turístico que tiene y se han creado reservas marinas donde la recuperación del fondo es exagerada», dice convencido de la belleza del Cantábrico, un lugar «que tenía fama de ser un mar negro y turbio donde no había nada» y que «se está empezando a conocer en el mundo del buceo».

Los buzos se preparan para zarpar en busca de proyectiles.

Los buzos se preparan para zarpar en busca de proyectiles. / ARIZMENDI

«Nuestra costa es un lugar impresionante, por debajo es como por arriba, con sus valles y montañas». Es un paisaje que ya empiezan a apreciar los franceses que, cada vez en mayor número, vienen en sus embarcaciones para explorar nuestras profundidades. En ellas hay un lugar mágico y no muy lejano: la Pikatxilla.

«Es un bajo en la punta del Mompás, a unos 800 metros de la costa. Es como un oasis en un desierto, alrededor solo hay arena y en el centro la montaña llena de vida». Por allí descansan los restos de un vapor hundido y de un pesquero con sus aparejos de pesca a los que conviene no acercarse.

También hay una barcaza de madera de las que bajaban por los ríos desde las ferrerías de Gipuzkoa con sus cargas de lingotes, planchas o barras de hierro. Durante años se mantuvo oculta y protegida por la arena hasta que asomó intacta cuando el manto que la cubría se retiró por motivos que solo el mar conoce. «Es la que se ha encontrado en mejores condiciones; apareció al completo, con su cargamento de barras encima». El centro de investigación submarina Insub se planteó cinchar el casco para que no se abriera pero no hizo falta porque la arena ha vuelto a cubrirlo y a sujetarlo. «El mar está vivo», dice Óscar Mayor.

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