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Historia de una luchadora

Conocida por ser pastora y hacer quesos, la alavesa es un ejemplo de constancia y amor por su deporte

10.08.12 - 08:44 -
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Historia de una luchadora
Maider Unda celebra su bronce./AFP
Siempre que se escribe o se habla de Maider Unda se recuerda lo que es fuera del deporte. Resulta inevitable. Que una deportista olímpica sea pastora y quesera, que cada día se levante a las seis de la mañana para ordeñar a sus 300 ovejas y elabore un magnífico Idiazabal, o que el gimnasio donde entrena seis días por semana lo tenga habilitado en el desván de su caserío, son datos demasiado curiosos como para que la figura de la luchadora vasca no haya acabado siendo conocida por ellos, por lo que podríamos llamar su parte exótica. Lo esencial de Unda, sin embargo, no es su dedicación al pastoreo en Olaeta, una aldea del municipio alavés de Aramaiona, sino su historia de amor con un deporte durísimo al que nadie presta atención y que le tiene a ella como única representante de España tanto en estos Juegos de Londres como en los anteriores.
Maider se hizo luchadora a los nueve años. El motivo fue la llegada a Otxandio de Félix Oreitia, uno de los introductores del sambo en Euskadi. Oreitia se llevó los niños del pueblo hacia su gimnasio con el mismo éxito que el flautista de Hamelín. Docenas de ellos comenzaron a luchar sobre un tapiz, pero al cabo de unos pocos meses la mayoría decidió dejarlo. El entrenador era muy estricto. Tenía un sentido muy rígido de la disciplina y muchos se hartaron de hacer flexiones de castigo. Maider, en cambio, resistió. Le gustaba soltar adrenalina. «La verdad es que me lo pasaba muy bien», confesó.
Toda la afición que le sobraba a ella les faltaba a las demás. De este modo, cuando el gimnasio dejó de funcionar y el sambo comenzó su declive en Euskadi, ella fue la única que decidió pasarse a la lucha libre. La nueva especialidad, sin embargo, estaba en pañales para las mujeres. Tenía que entrenar con chicos, entre ellos Koikili Lertxundi, el que fuera jugador del Athletic, y apenas se organizaban competiciones. Maider lo acabó dejando, aburrida de no tener rivales. Sin embargo, cuando en 1998 la Federación convocó el primer campeonato de España femenino, no pudo evitar el regreso. La lucha le gustaba demasiado. Desde entonces, ha ganado todos los campeonatos nacionales, un total de 13, en los que ha participado. Lo cierto es que tampoco da demasiada importancia a estas conquistas. En aquel primer campeonato de España, por ejemplo, sólo tuvo una contrincante.
No ha sido fácil la carrera de la luchadora alavesa. Todo lo contrario. Si no fuera porque ama tanto su deporte no hubiera aguantado hasta los 35 años haciendo tantos sacrificios y levantándose tantas veces después de haber caído. Su hermana mayor, Igone, le ha dicho infinidad de veces que lo deje, que no merece la pena tanto sufrimiento. ¿Para qué? ¿Para los 45.000 euros de la beca ADO? Y es que Maider ha sufrido mucho. Ha superado tirones sin cuento, tres operaciones de rodilla, una hernia y hasta una grave rotura de pómulo que le cambió para siempre la expresión del rostro. La culpa la tuvo el cabezazo brutal de una búlgara, hace ya once años, en la primera competición internacional a la que acudía.
Aquel día sufrió convulsiones, mareos, vómitos y se creyó morir allá en Varsovia, tan lejos del caserío familiar, Atxeta, al que hace diez años, cuando tomó la decisión de irse a Madrid a entrenar en la Blume, tuvo que volver porque la nostalgia le carcomía. Aquella decisión la convirtió en un bello verso libre, sin apenas contacto con la Federación, que no ha pagado el viaje a Londres de su entrenador, Luis Crespo, un electricista también apasionado por la lucha que trabaja tres días por semana con ella en el Centro Cívico Judizmendi de Vitoria. "Parece que al vivir en tu casa no entrenas", se quejó una vez Unda, que no da mérito a los años que lleva compitiendo y machacándose. «Si no lo dejas es porque te gusta. Estás un poco enganchada. Me encanta soltar adrenalina, llegar a casa cansada y dormir como una niña pequeña».
A sus 35 años, cerca de la retirada (tiene novio y quiere ser madre), Maider Unda sabía que tenía la última oportunidad de cumplir el sueño de conquistar una medalla olímpica. No quería que se repitiera la triste historia de los pasados Juegos, a los que también fue llena de ilusiones y terminó quinta. Su imagen cuando se retiraba a los vestuarios del pabellón de la Universidad de Agricultura de Pekín tras perder la pelea por las medallas fue impactante. Tenía el pelo revuelto, la cara llena de rasguños, un hematoma en el ojo izquierdo y un hilo de sangre en la boca. Rota por el esfuerzo, sudorosa y palpitante, se esforzaba por contener las lágrimas. Era la imagen exacta y conmovedora de la derrota y de la dignidad. El jueves lo era de la felicidad. Así es el deporte.
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