Los indeseables de la brigada Dirlewanger

Formada por criminales convictos, fueron protagonistas de las peores atrocidades cometidas por el Ejército alemán durante la Segunda Guerra Mundial

ENRIQUE ECHAVARREN

¿Quién no ha visto alguna vez la película ‘Doce del patíbulo’, dirigida por Robert Aldrich, basada en la novela del escritor Erwin Nathanson y protagonizada por Lee Marvin, Charles Bronson, John Cassavetes, Ernest Borgnine, Telly Savalas y Donal Sutherland? Doce presidiarios que están condenados a muerte por graves delitos durante la Segunda Guerra Mundial son instruidos para integrar un comando cuyo objetivo es secuestrar, o en su caso matar, al mayor número de oficiales nazis reunidos en una mansión francesa durante la ocupación alemana.

Eso era ficción, pero las andanzas de la Brigada SS Dirlewanger durante el conflicto bélico que asoló Europa de 1939 a 1945 fueron reales. Su brutalidad logró incluso escandalizar al cuartel general alemán. Sus orígenes están en una estrambótica sugerencia que le hicieron a Hitler. Una unidad formada por cazadores furtivos convictos tendría los conocimientos de la vida al aire libre idóneos para la lucha contra los partisanos.

Criminales civiles y militares

El dictador nazi aprobó la idea, y el 15 de junio de 1940 se formó una pequeña compañía penitenciaria llamada Mando de Furtivos Oranienburg, constituida por criminales civiles y militares comunes de toda ralea reclutados en varias prisiones y campos de concentración. En septiembre, ya con unos 300 efectivos, fue rebautizada como Batallón Especial de las SS Dirlewanger, llamado así por el comandante al que se le había encargado su formación, Oskar Dirlewanger.

Su brutalidad logró incluso escandalizar al cuartel general alemán. Sus orígenes están en una estrambótica sugerencia que le hicieron a Hitler

Dirlewanger nació en la ciudad bávara de Würzburgo en 1895. Luchó en la Primera Guerra Mundial, donde fue herido y condecorado. Posteriormente se doctoró en Ciencias Políticas y en 1923 se afilió al NSDAP. Trabajaba como maestro, pero era un degenerado, dado a la bebida y a los escándalos.

En octubre de 1940, la unidad fue enviada a la Polonia ocupada para tareas de seguridad y los informes de atrocidades empezaron casi de inmediato. El batallón convirtió la ciudad de Lublin en habitual escenario de saqueos, incendios, asesinatos, violaciones y atrocidades sin límite. Cientos de aldeas y poblados fueron incendiadas y sus habitantes aniquilados. Entre las barbaridades cometidas por los hombres de Dirlewanger estaba inyectar estricnina a sus víctimas femeninas tras haberlas desnudado y golpeado previamente, y observarlas, junto a sus oficiales, convulsionarse hasta la muerte como entretenimiento.

En enero de 1942, el regimiento fue trasladado a Bielorrusia. Nada más llegar se pusieron a reclutar personal local para las operaciones contra los partisanos. Se estima que asesinaron a 30.000 civiles durante su estancia en Bielorrusia, aunque otras estimaciones hablan de 120.000 muertos y 200 aldeas incendiadas. Su modus operandi preferido era entrar en los pueblos, reunir a todos sus habitantes y encerrarlos en un granero para después incendiarlo, acribillando con ametralladoras a todo aquel que tratara de escapar de las llamas y el humo. También utilizaron a civiles como escudos humanos o les hacían caminar sobre campos minados.

Pese a su pésima notoriedad, la unidad fue expandida a dos batallones en agosto de 1942 y Dirlewanger fue condecorado por su valor, en mayo y octubre. El concepto original de ser una formación de cazadores furtivos había desaparecido para siempre: ahora se aceptaba a granujas de todo pelaje y de la peor calaña –psicópatas, violadores, asesinos... bien fueran alemanes o extranjeros, militares o civiles– y en marzo de 1943 se ofreció el servicio en la unidad como medio de redimir y conmutar penas.

Participaron en la masacre de Wola, en la que, en solo dos días, al menos 40.000 civiles fueron asesinados

En agosto de 1944, los convictos de Dirlewanger fueron llamados a aplastar la sublevación de Varsovia. Participaron en la masacre de Wola, en la que, en solo dos días, al menos 40.000 civiles fueron asesinados. Quemaron tres hospitales con sus pacientes dentro, mientras que a las enfermeras, las golpearon y violaron brutalmente, ahorcándolas después desnudas, junto a los médicos y doctores. A Dirlewanger le fue concedida la Cruz de Caballero.

Y en abril de 1945, la unidad se vino abajo durante la ofensiva soviética de primavera. Muchos hombres desertaron antes de quedar atrapados en la Bolsa de Halbe. Algunos fueron capturados por los soviéticos al sureste de Berlín, y pasados por las armas de forma sumaria. Unos pocos lograron entregarse a las fuerzas estadounidenses.

Cuando acabó la guerra, los franceses detuvieron a Dirlewanger en Altshausen vestido de civil y con una identidad falsa. Fue entregado por soldados polacos, quienes, al descubrir su identidad, le torturaron durante varios días y acabaron a golpes con su vida el 4 de junio de 1945. Aunque corrieron muchos rumores acerca de su suerte –se pensó que había conseguido huir– el análisis de sus restos en 1960 confirmó su muerte.

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