El destructor del bosque

El orgullo de la Armada nazi patrulla por el fiordo de Altafjord durante la Segunda Guerra Mundial./R. C.
El orgullo de la Armada nazi patrulla por el fiordo de Altafjord durante la Segunda Guerra Mundial. / R. C.

El 'Tirpitz', el mayor acorazado de la Alemania nazi, usó niebla artificial para camuflarse. 70 años después, la lluvia ácida todavía afecta a la flora de los fiordos noruegos

ANTONIO CORBILLÓN

Las cicatrices de la Segunda Guerra Mundial no se han cerrado cuando se acercan los 75 años de su final. Unas huellas que van más allá de los millones de vidas humanas perdidas y que aún se reflejan en la propia naturaleza. La investigadora de la Universidad Johannes Gutenberg de Mainz (Alemania) Claudia Hartl ha dejado estupefacta a la comunidad científica europea tras descubrir que en los bosques de pinos y abedules de algunos fiordos de Noruega los árboles dejaron de desarrollar anillos de crecimiento y sufrieron extrañas mutaciones.

Harlt, que acaba de presentar su trabajo en la cumbre de la Unión Geofísica Europea celebrada en Viena, hizo un trabajo de campo en los pinares de Kafjord, cerca del fiordo de Altafjord. Quería analizar la evolución en el pasado del clima de la zona.

Su dendrocronólogo, un aparato que mide los anillos de los troncos, no detectaba huella alguna en los árboles fechados en 1945. La experta pensó inicialmente que el intenso frío de la zona o algunas plagas de insectos podrían haber obstaculizado la madurez de los plantones y dificultado su crecimiento. Pero nunca explicarían la falta total de anillos, que son el 'cumpleaños' de cualquier árbol.

En su prospección por la zona, el equipo de Claudia Hartl descubrió otros bosques con anillos extremadamente delgados, casi imperceptibles. Los efectos de esta especie de mutación desaparecían a medida que se alejaba del área. Pero hizo falta alejarse cuatro kilómetros para que los troncos no presentaran ninguna anomalía.

La ingeniera forestal germana estaba desorientada hasta que un colega sugirió que la extraña evolución de las masas arbóreas podía tener algo que ver con el acorazado 'Tirpitz', orgullo de la Kriegsmarine (Armada) de Hitler, que patrulló por la costa noruega hasta 1944.

Este barco y su gemelo el 'Bismarck' siguen siendo los mayores acorazados construidos nunca en Europa. El 'Tirpitz' se botó en 1939, medía más de 250 metros de eslora y tenía una tripulación de 2.500 hombres. Fue concebido más para intimidar que para luchar. De esta nave dijo Winston Churchill el 25 de enero de 1942 que «su destrucción o, incluso su desactivación, es el mayor objetivo en el mar en la actualidad. Ningún otro es comprable a eso».

Niebla corrosiva

Tras la invasión alemana de Noruega, el 'Tirpitz' fue enviado a sus costas en 1941. Su objetivo era evitar una invasión aliada, interrumpir las líneas de suministro británicas y soviéticas y entretener a las fuerzas enemigas en su búsqueda. El acorazado se movía sigilosamente de un fiordo a otro. Pero ocultar a este gigante del mar (con apodos como 'Solitario', 'Reina del Norte' o 'La Bestia') era una tarea difícil. Y más ante la actividad de la resistencia noruega, que remitía información de sus movimientos siempre que podía.

Su tripulación fue enviada a cortar árboles y a colocarlos en cubierta para camuflarlo. Pero los ataques de la aviación y los minisubmarinos británicos se repetían una y otra vez, así que el comandante del 'Tirpitz' ordenó liberar grandes cantidades de ácido clorosulfúrico para crear una niebla artificial que hiciera más difícil localizar su posición. Este compuesto, tóxico y corrosivo, es capaz de disolver casi todos los compuestos orgánicos sobre los que se posa.

«Creemos que este humo artificial dañó las agujas de los pinos», explicó la ingeniera Hartl a la BBC. Su estudió encontró cosas aún más sorprendentes. «Uno de los árboles no creció durante 9 años. Luego se recuperó, pero tardó 30 años en volver al crecimiento normal. Todavía está allí, aún está vivo, y es un árbol muy impresionante», explicó.

Su teoría es que esta sustancia reducía tanto la luz solar que los árboles dejaron de crecer. «Al no tener agujas, no pueden realizar fotosíntesis ni producir biomasa», teorizó Claudia Hartl.

Las tropas aliadas necesitaron tres años y múltiples fracasos que costaron bastantes aviones y vidas, derribados por los ocho cañones de 380 milímetros y las cuatro torretas dobles de las baterías defensivas del orgullo alemán. Pero en noviembre de 1944, bombarderos pesados 'Lancaster' pudieron fijar el blanco y abrieron dos vías de agua en el que parecía inexpugnable casco del 'Tirpitz'. La explosión posterior mató a unos mil tripulantes y escoró el barco, que quedó semihundido frente a las costas de Altafjord.

El equipo de la Universidad Gutenberg ha recuperado toda esta historia para concluir que «es muy interesante conocer que los efectos de un enfrentamiento bélico siguen siendo evidentes en los bosques de Noruega más de 70 años después». Y como adelanto para otros escenarios de Europa que también vivieron aquella guerra y «en los que también se usaron este humo artificial y otros productos químicos que han podido generar patrones y efectos similares a los de los fiordos», resumió Hartl a la televisión británica. Alemanes y noruegos tardaron nueve años (1948-1957) en reflotar el 'Tirpitz'.

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