India

Olores y estampas de la ciudad poblada más antigua del mundo

Benarés es sagrada para los budistas y los hindúes, que terminan su vida a orillas del Ganges para librarse del ciclo de las reencarnaciones

Beatriz Campuzano
BEATRIZ CAMPUZANO

A las seis de la mañana, Benarés huele de manera diferente. En las calles, donde conviven personas, animales y escombros, los restos de los excrementos de vacas, perros y cabras penetran por la nariz. Te despiertan y sacuden tus sentidos. Es el primer olor del día, el que te acompaña hasta llegar a orillas del Ganges. El sol se va abriendo paso entre las nubes, empiezan a rugir los primeros motores de las embarcaciones, el agua se oscurece un poco más con los vertidos de aceite y gasolina y, de pronto, del primer olor solo queda el recuerdo.

El Ganges es penetrante. Benarés se ha despertado: los 'ghats', escalinatas que conducen hasta el cauce, se llenan de color. Hombres y mujeres se amontonan en los peldaños más cercanos al agua. Esperan su turno. Se van desprendiendo paulatinamente de las prendas que no quieren mojar y las dejan en las escaleras de piedra. Lucen, a medias, sus cuerpos y aguardan el momento de sumergirse. Primero un pie, luego el otro y de repente todo el cuerpo. Unos segundos bajo el agua, otros fuera. Al salir, una sonrisa se dibuja en sus caras. Ya han purgado sus pecados.

A Benarés, en el estado de Uttar Pradesh, al norte de India, acuden millones de devotos, al menos una vez en la vida, a orillas del Ganges a purgar sus pecados bañándose en las aguas del río. Allí coinciden con personas que están a punto de morir y quieren pasar sus últimos días en la tierra en la ciudad sagrada al considerar que esa agua les acercará al 'moshka' y así conseguirán la liberación del ciclo de las reencarnaciones. En los cinco kilómetros en los que el Ganges baña la ciudad de Benarés, templos y palacios antiguos se conectan con las aguas del río a través de los 'ghats'.

La estampa al amanecer, cuando los fieles arrojan flores y comida al agua, en un tributo al dios del sol, dista de la que se ve con la del atardecer durante el Ganga Aarti, un rito religioso hindú de adoración. Recorrer a primera hora Benarés desde el es contemplar la magia de una ciudad que refleja la muerte y la vida. Es ver cómo cientos de personas, aún cuando el sol lucha con las nubes, lavan la ropa, la suya y la de casa. Es ver cómo se asean, se afeitan, cómo limpian la fruta, la muerden y se paran a contemplar. Es dejar de escuchar el ruido de los pitidos de los coches, las motos y los camiones para percibir el de las barcas, que, a paladas, intentan que la corriente no les lleve en el otro sentido. Es ver cómo hinduistas y budistas conviven en un lugar sagrado. Es verles leer, hacer yoga, buscar una paz interior. Meditar. Meditar con un ruido exterior, pero no interior. Todo a orillas del Ganges. Sí, en ese agua sagrada tan adorada en la que se junta el vertido de productos químicos con las cenizas, ofrendas y restos de humanos y animales. Ese agua oscura que parece casi lodo. Ese agua grasienta, espesa, en la que hoy flota una vaca negra. Ha muerto, es sagrada y ese era su mejor destino. India es así.

Pasan las horas y Benarés ya no huele igual. Las primeras cremaciones han empezado y se nota. Huele a madera quemada. El color anaranjado del fuego se antepone y el humo busca tocar el cielo. Sumergen un cuerpo en el agua, lo libran de los pecados y después lo depositan en una pila de madera. Con el cuerpo ya en la pira, un miembro de la casta DOM inicia la ceremonia echando una especie de mantequilla para que arda más rapido. Otra persona se acerca desde el templo con el fuego eterno, prende los doscientos kilos, aproximadamente, de madera y el cuerpo empieza a arder. Comienza un funeral que puede durar hasta tres horas. Los familiares aguardan en un segundo plano, contemplan los cuerpos arder y esperan a que el cuerpo quede reducido a cenizas.

En Benarés las cremaciones se llevan a cabo en dos 'ghat' y duran todo el día. Una persona se encarga de que la antorcha con la que prenden los cuerpos no se apague. El principal 'ghat' es el de Manikarnika y en el secundario, el de Harischandra, es donde se encuentra el crematorio eléctrico que construyó, sin mucho éxito, el gobierno indio para intentar reducir la contaminación que producen las cremaciones.

Los cuerpos que no se creman

-A los niños menores de tres años al considerar que sus almas aún son puras

-A las mujeres embarazadas porque aunque su alma pueda no ser pura la del bebé que esperan sí lo es

-Las personas muertas por una mordedura de cobra: este animal es una de las representaciones del dios Shiva y creen que quienes mueren por esta razón llevan dentro el “veneno” de Shiva y, por tanto, no requieren la purificación del fuego

-A las personas con enfermedades contagiosas ya que las cenizas y humo que vuela durante la cremación puede ser contagiosas

-A los animales porque los consideran almas puras

A la una del mediodía, Benarés huele de manera diferente. Huele al aroma del aceite hirviendo, huele a especias, huele a dulce. Es la hora de comer y por las calles de Benarés coinciden locales y turistas. Los primeros caminan más rápido, saben dónde detenerse y comprar. Se quedan de pie y comen con la mano de un plato de plástico. Charlan. Los foráneos, sin embargo, van despacio, analizan los puestos callejeros, se maravillan con los colores de las frutas y verduras, pero no compran. Benarés no para.

Va avanzando el día y por la tarde, la estampa no tiene nada que ver. Las escaleras que a la mañana albergaban a personas principalmente mayores ahora están repletas de jóvenes. Sentados en las escalinatas contemplan el río, charlan, comen lo que les ofrecen los vendedores ambulantes y esperan. A veces se ponen en pie y persiguen a un turista para pedirle «selfie, one selfie». Apenas queda sitio libre. Algunos niños juegan con el agua, se salpican y saltan. Cada uno a su manera, a diferentes horas del día, quienes no van a Benarés a morir terminan su peregrinación a la ciudad sagrada en uno de los 'ghats' contemplando la puesta de sol.

El sol empieza a esconderse y con él suenan los primeros acordes. Con la música en un primer plano, las conversaciones y los captadores de clientes a los que dar una vuelta por el río pasan a un segundo plano. Las canciones se suceden, unos focos se encienden y encima de un escenario improvisado una hindú, vestida con un saree, empieza a mover las caderas y las manos al mismo compás. «Todos los días hay conciertos y es gratis», dice un joven a los turistas. Con los ojos muy maquillados, un bindi (punto rojo en la frente) y un pendiente dorado en la nariz, la joven cautiva a los espectadores. Todavía queda una hora para que el reloj marque las siete y aun así los devotos empiezan a levantarse. Se acerca la hora del Ganga Aarti, la ceremonia de saludo al río con música, mantras y danzas.

B.Campuzano

Las barcas empiezan a zarpar de los embarcaderos, los que van andando caminan por las callejuelas hasta llegar a las escalinatas del 'ghat' en el que se celebra la ceremonia. Ya no hay sol. Solo la luna y el fuego iluminan la noche. En tierra, entre la multitud de personas, cinco brahmanes encima de un altar presiden la ceremonia. En el río, fieles y turistas se agolpan en la orilla. Huele a vela, a incienso. Los hinduistas hacen sus ofrendas, las lanzan al río y repiten los mantras.

Una hora más tarde todo ha terminado y donde momentos antes hinduistas y budistas compartían espacio apenas queda gente. Es de noche y aún así los olores siguen ahí. El aroma de la madera quemada, el hedor de los restos, el picante y el dulce de la comida que te han acompañado todo el día han dejado rastro. Se quedan como recuerdo junto a las estampas llenas de colores, de vida y de muerte que deja la ciudad sagrada. Porque Benarés es así.

Sarnath

Muchos budistas acuden a Benarés ya que en Sarnath, uno de los cuatro lugares fundamentales del budismo, a 20 km de la ciudad sagrada, Budha pronució, por primera vez, un sermón ante sus discípulos tras alcanzar la iluminación

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