Diario Vasco

«Me cabreé al escuchar el triunfo de Trump. Es una amenaza para Europa»

«Me cabreé al escuchar el triunfo de Trump. Es una amenaza para Europa»
  • Joaquín Almunia, excomisario de la Unión Europea, asegura que «por desgracia, las políticas europeas ya están contagiadas de rasgos xenófobos y populistas como los del nuevo presidente de EE UU»

Fue comisario de la Unión Europea, lo que le permite conocer con precisión los entresijos de la realidad internacional. Una realidad que teme por el auge de los populismos, la xenofobia y la demagogia en la política. Joquín Almunia (Bilbao, 1948) –además de ser un destacado miembro del Partido Socialista– fue comisario europeo entre el 2004 y 2009, y habla con contundencia, y cierta preocupación, sobre el triunfo de Donald Trump como presidente de Estados Unidos. Una mala noticia, manifiesta, para América del Norte y para el resto del mundo –"en especial para Europa"–. Aunque confía en que la visión más racional y constructiva acabe prevaleciendo en un Congreso estadounidense que cuenta con mayoría republicana. Este viernes ha hablado sobre estas cuestiones, centrándose en la Europa de 2020, en unas jornadas en San Sebastián. En el foro han participado también los europarlamentarios Ramón Jáuregui (PSOE), Izaskun Bilbao (PNV), Carlos Iturgaiz (PP) y Jose Juaristi (EH Bildu).

–¿Qué fue lo primero que sintió cuando escuchó que Donald Trump era presidente de Estados Unidos?

–Me cabreé un poco, aunque ya sé que esto no lo debería de decir. Y aún tengo un sentimiento de mucha preocupación. La elección no es buena ni para EE UU ni para el resto del mundo, porque es la victoria de un populista, demagogo y xenófobo que no solo va a crear problemas a Estados Unidos, sino que sus ideas y su modo de concebir la política, –rechazando a cualquier persona que no es como él–, van a traer señales muy negativas a una Europa que, desgraciadamente, ya sufre las consecuencias del virus xenófobo y populista.

–¿Realmente el triunfo de Trump es una amenaza para el resto del mundo?

–Principalmente es una amenaza para México, porque ha tenido frases a lo largo de su campaña muy insultantes y preocupantes hacia sus vecinos del sur. Pero también es una amenaza para cualquier país del mundo que quiera seguir siendo abierto, que no discrimina a la gente por razón de su nacimiento, creencia o el color de su piel. Lo es también para la economía después de escuchar sus ideas de proteccionismo, y para la inmigración al querer cerrar las fronteras. Desde el punto de vista de la propia construcción de la Unión Europea también es una amenaza, porque las declaraciones de Trump en relación a Europa son muy negativas.

–¿Era esperable su victoria?

–Los sondeos estaban muy justos, pero parecía que Hillary Clinton se situaba ligeramente por encima. Sin embargo, estamos acostumbrados a no fiarnos de lo que dicen las encuestas. Lo hemos visto recientemente en Colombia o en Reino Unido con el "Brexit". Desgraciadamente, los sondeos de las elecciones estadounidenses también se equivocaron.

–Ahora hemos visto a un Trump más conciliador en su discurso. ¿Qué cara del nuevo presidente estadounidense hay que creerse?

–Habrá que verlo en la práctica. Lo bueno del sistema democrático norteamericano es que el poder de su presidente no es ilimitado. Tienen lo que ellos llaman "check and balance" (separación de poderes), es decir, los contrapesos. Confío en que el Congreso norteamericano, a pesar de tener mayoría republicana, actúe de cortafuegos e impida que Trump haga realidad muchos de los improperios que ha ido soltando durante su campaña.

–¿Hay pánico entre los aliados internacionales de EE UU?

–Sí, porque la relación con Estados Unidos para el resto del mundo, y en particular para Europa, es extraordinariamente importante, y Trump se ha mostrado totalmente contrario a llevar a cabo políticas y estrategias de cooperación. Me parece una malísima orientación. Desde Europa tenemos que hacer todo lo posible para llegar a acuerdos con EE UU y que la negociación del Tratado Libre de Comercio, el Ttip, se reanude.

–¿Teme que el triunfo de Trump tense las relaciones con Europa?

–Al principio no van a ser fáciles, pero espero que con el tiempo las aguas retomen su cauce. Con Obama tampoco fue sencillo, y eso que es un político sereno y dialogante, –y no de filias y fobias como Trump–, pero en los últimos años EE UU ha tenido la tendencia de mirar más al Pacífico que al Atlántico. Es cierto que una parte de nuestros intereses se sitúan con una buena relación con ellos, pero creo que Europa tiene que asumir primero sus propias responsabilidades y trabajar por nuestro proyecto como europeos.

–¿Y cómo se puede mantener esa relación con alguien que nunca ha manejado el lenguaje político?

–Lo va a tener que manejar, sí o sí. Es verdad que Trump no tiene ninguna experiencia en la gestión pública, y menos en el ámbito político, pero tendrá que aprenderlo. No se puede ser presidente de Estados Unidos y decir a la vez que todos los políticos e instituciones no valen nada.

–¿Cree que la admiración que ha mostrado Trump hacia Putin puede provocar un eje insólito en la diplomacia internacional?

–Espero que no, que el realismo de EE UU se imponga y prevalezcan los intereses del país más allá de las reacciones irracionales. Insisto, confío en que el Congreso no le deje llevar sus impulsos a la práctica, porque sería trágico para Europa. Nosotros tenemos que intentar cooperar con Rusia, pero desde la firmeza y la defensa de nuestros valores, esos mismos que Putin ha puesto en cuestión muchas veces.

–¿Esta situación puede suponer un freno a la recuperación económica global, o hablamos de contextos diferentes?

–Es cierto que los mercados se pusieron muy nerviosos, pero ya están más calmados. Veremos qué políticas quiere llevar a cabo Trump, pero ya adelanto que muchas de las ideas que ha propuesto durante su campaña han sido atrabiliarias e imposibles de poner en práctica.

–Aquí en Europa se acercan elecciones en Francia, Alemania y Holanda. ¿Teme que se produzca un efecto contagio?

–Por desgracia, las políticas europeas ya están contagiadas de rasgos xenófobos y populistas. En Francia tenemos a Marine Le Pen con el Frente Nacional. En Holanda, el partido de extrema derecha de Geert Wilders, PVV, parece que tiene una buena posición. En Alemania, la posición del partido xenófobo es más frágil, pero tenemos más casos. El resultado del "Brexit" ha colocado en Gran Bretaña a los euroescépticos que tienen planteamientos cuasixenófobos en una posición predominante. En Italia se va a celebrar un referéndum que puede hacer avanzar posiciones al movimiento de Beppe Grillo y la Liga Norte. Por no hablar de Polonia y Hungría, donde sus respectivos gobiernos adoptan posiciones antidemocráticas que no son admisibles. Es decir, Europa ya tiene suficientes problemas. Ahora lo que hay que evitar es que la victoria de Trump no nos contamine todavía más. Más bien habría que intentar que ese triunfo nos sirva de vacuna para reaccionar de forma más contundente y firme ante los riesgos del populismo xenófobo.

–Acaba de mencionar a Gran Bretaña. ¿En qué medida el triunfo de Trump puede ser el "Brexit" de EE UU?

–Son cuestiones diferentes, pero con una coincidencia: ambas han sido victorias inesperadas. Otra similitud es que han sido triunfos alentados por argumentos demagógicos que dividen a la sociedad. Ahora Trump habla bien de los euroescépticos o de los partidarios del "Brexit". Por su parte, entre los más radicales, como el líder del Partido por la Independencia en Reino Unido, Nige Farage, ya ha felicitado a Trump y se muestra como su fan número uno, lo cual no invita al optimismo.

–¿Y qué es lo que ha fallado para llegar a todas estas situaciones? Auge de la xenofobia, una contrarrevolución antieuropea... ¿Quizás las políticas tan rigurosas en el control del gasto han alimentado el populismo?

–Es verdad que las políticas de austeridad, las consecuencias políticas de la crisis económica y de algunas políticas erróneas que se han ido adoptando en el ámbito europeo pueden haber contribuido a alentar esas tensiones populistas, pero hay otros motivos. En Europa, un factor que se da en prácticamente todos los países donde se está apreciando el auge del populismo es el rechazo a la inmigración, una reacción totalmente irracional. La inmigración se está utilizando para crear una reacción en la sociedad negativa de cualquier cosa que venga de fuera.

–¿Ese populismo le está quitando entonces protagonismo a la socialdemocracia en Europa?

–La socialdemocracia tiene problemas. La concepción, las políticas, las prioridades a la hora de definir la política económica o en el avance del Estado de Bienestar de la socialdemocracia responden en buena medida a una sociedad que ya no existe. Y no existe, entre otras cosas, porque la hemos cambiado gracias a nuestras políticas. Las caídas electorales de la socialdemocracia no se resuelven intentando aplicar en la segunda década del siglo XXI las estrategias políticas que nos sirvieron en el siglo XX. Por eso tenemos que reflexionar y repensar nuestras estrategias.

–¿Estamos asistiendo al fin de una época?

–Estamos viviendo cambios muy importantes, rápidos y profundos. Hay cambios en el dinamismo económico de unas zonas del mundo respecto de otras. Como Asia, que es la región del mundo más dinámica económicamente y con más capacidad de crecimiento. Eso ha generado en Occidente una cierta sensación defensiva en la medida en que ya no somos quienes tenemos la sartén por el mango. Por otro lado, hay cambios tecnológicos que afectan a las condiciones de trabajo y a las expectativas de empleo. Ahora hay un empobrecimiento en muchos países de clase media que se dejan llevar por planteamientos demagógicos de los populismos. También hay una larga lista de conflictos en países fuera de las fronteras de Europa que nos miran como el lugar del que deben de provenir parte de las soluciones a sus problemas, y Europa no está equiparada para tratar esos problemas y ofrecer una solución. Sin embargo, las consecuencias de esos conflictos, como la guerra en Siria, por ejemplo, sí que nos llegan a nosotros y tenemos que darles una solución, porque son nuestros vecinos.

–¿Qué soluciones plantea?

–Desde el punto de vista de la integración europea se está planteando en estos momentos la necesidad de reforzar su estrategia de seguridad, de dotarse de instrumentos de acción exterior para contribuir a la solución de los problemas de fuera, que viene directamente ligado a la solución de nuestras carencias. Durante muchas décadas, Europa ha tenido un crecimiento económico continuo por el progreso técnico. Y ahora no es así. Por eso tenemos que ocuparnos de todo esto. Ya no podemos mirar simplemente a Washington para que nos lo resuelvan todo los americanos, y menos aún con el resultado del pasado martes.

–¿Y qué Europa es posible en 2020?

–Yo confío en que haya una mayor integración europea en muchos ámbitos, en el económico y financiero, en el ámbito de la seguridad, en las políticas de inmigración, en afrontar las consecuencias del envejecimiento de la población, las nuevas tecnologías, en la lucha contra el cambio climático... todas estas cuestiones deben formar parte del horizonte del 2020 para Europa, porque cada país por separado no va a poder poner sobre la mesa estrategias creíbles.

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