Diario Vasco

En una isla abandonada de Japón, una ciudad minera fantasma se enfrenta a su pasado

Un hombre observa Gunkanjima.
Un hombre observa Gunkanjima. / Behrouz MEHRI (AFP)
  • 'La isla acarozada' fue declarada Patrimonio Mundial de la Humanidad a pesar de las críticas por los trabajos forzados de los prisioneros extranjeros

Su lúgubre silueta se perfila en el mar. Hashima, una pequeña isla japonesa abandonada, fue en 1960 el lugar con más densidad de población del mundo donde se hacinaban miles de hombres, mujeres y niños dedicados a extraer carbón. A medida que el barco se va acercando, bajo el sol de la región de Nagasaki, lo que parece un gigantesco buque de guerra se va convirtiendo en inmensos edificios escondidos detrás de un dique de hormigón. En un espectáculo de luces y sombras, las fachadas sin ventanas y las estructuras metálicas oxidadas son los restos de la intensa industrialización que vivió Japón entre mediados del siglo XIX y principios del siglo XX.

La isla, desértica desde el cierre de la mina en 1974, pasó en 2015 a formar parte del Patrimonio Mundial de la Humanidad de la UNESCO. También se rodaron en ella algunas imágenes para la película de James Bond 'Skyfall'. Entre los turistas que van en el barco, que recorrerán la isla bajo la estricta vigilancia de los guías, está Minoru Kinoshita, de 63 años, que viene a visitar su querida isla, llamada Gunkanjima, "la isla acorazada", y el edificio donde nació, el primero construido en hormigón en Japón, en 1916. "He venido aquí en múltiples ocasiones y cada vez descubro que mi ciudad natal está más deteriorada", se lamenta Minoru Kinoshita, hijo del proyeccionista del único cine de la isla.

Hasta los 13 años, Kinoshita sólo conoció esta minúscula isla de 480 metros por 160 metros, con su escuela, su piscina, su mercado, sus tiendas, sus huertos en los tejados, su hospital, su cárcel... Un mundo mágico donde jugaba al escondite y se perdía en el laberinto de edificios. En la isla, la soledad no existía, y la gente se hacinaba en los cuartos, donde podían vivir cuatro o más personas en una habitación de seis tatamis (de 10 a 12 metros cuadrados). En su máximo apogeo, en 1960, unas 5.300 personas vivían en una superficie de 6,3 hectáreas, es decir, la mayor densidad de población en el mundo en aquella época, según la prefectura de Nagasaki.

En la isla, bajo tierra, hasta 1.000 metros bajo el nivel del mar, los mineros extraían el carbón en condiciones terribles, las 24 horas del día, en equipos de ocho horas. "Había más de 95 % de humedad, el aire era húmedo, pegajoso. A esto se añadía el polvo del carbón, que se mezclaba con nuestro sudor", explica Tomojo Kobata, de 79 años. Sin olvidar las deflagraciones de grisú y los accidentes, que costaron la vida a 215 hombres durante los 84 años de actividad de la mina, ni las enfermedades pulmonares.

Esta misteriosa isla encierra otra herida, la del trabajo forzado de chinos y coreanos durante la ocupación japonesa de Corea de 1910 a 1945 y de parte de China de 1932 a 1945. "Gunkanjima es un lugar maldito", declaró recientemente el vicepresidente de la asociación china del trabajo forzado, Zhang Shan, que considera que el estatuto dado por la UNESCO es "una profanación y una conmoción para las víctimas".

En Hashima, fueron contabilizados 204 extrabajadores chinos. Mitsubishi Materials, descendiente de Mitsubishi Mining, que retomó la explotación en 1890, inició procesos de compensación a los obreros chinos en las instalaciones mineras japonesas. En una de ellas, prevé colocar una "estela conmemorativa". Lo que ahora quieren los obreros chinos "es un reconocimiento de la historia" por parte del gobierno japonés, "como ha hecho Mitsubishi", afirma Zhang Shan. "No renunciaremos", advierte. Tokio se comprometió en julio de 2015 a "tomar las medidas que permitan hacer entender que un gran número de coreanos y otros fueron traídos (a Japón) contra su voluntad y forzados a trabajar en condiciones muy duras en los años 1940".

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