Migrar como sea: de Caracas a Lima

Historia en imágenes de cómo es la huida de una pareja venezolana

GABRIEL MÉNDEZ
La historia

La historia

Hay dos clases de Ítaca. Aquella a la que se vuelve, donde nos aguarda la casa, nuestra gente, el pasado; y la que se inventa cuando se tiene la certeza de que nos han arrebatado el futuro. Nía y Álex abandonaron Venezuela en autobús. Viajaron de Caracas a Lima durante 6 días. Llevaban 900 dólares, 5 maletas y 2 años de amores. Nía se vio obligada a dejar a una madre con esquizofrenia. Álex a un abuelo afectado por un accidente cerebrovascular. No se bañaron en 4 días y para ahorrar solo comieron de lo que juntaron en una bolsa. El fotógrafo Gabriel Méndez fue testigo de la travesía. Los acompañó 4.452 kilómetros por 4 países y 13 paradas. Esta es su historia.

La familia

La familia

La madre de Nía padece de esquizofrenia y no puede cuidar de sí misma. Nía la consideraba una hija. Cuando le explicó que se iba de Venezuela para vivir en Perú, parecía desconectada. Al abrazarla, no respondió. Desde hacía tiempo no podía costearle el tratamiento así que no estaba medicada. Las tías de Nía lamentaron que la abandonara, pero se comprometieron a ocuparse de ella. En cuanto tuviera recursos, se la llevaría al Perú. Nía empacó una foto de su madre joven. Era la pertenencia más valiosa en su equipaje. A Álex le ocurrió lo contrario. Cuando se despidió de Meggy, su madre, desde un ascensor atestado de maletas, sintió un desgarrón. Alicia, la abuela, tiene 80 y se alegró cuando supo que su nieto se marcharía de Venezuela. Rafael, el abuelo, tiene 84 años y sufrió un accidente cerebrovascular días antes. Desde hace meses no toma los antihipertensivos.

Presupuesto

Presupuesto

Álex nunca le pidió a Nía ser novios. Nía ya se había divorciado cuando comenzaron a salir. Álex es técnico superior en construcción pero se dedicaba a la fotografía. Ella tiene 27 y él 30. Han pasado 2 años desde el día en que Álex convenció a Nía de hacerle unos retratos. El modelaje fue uno de los muchos oficios que Nía probó para mantenerse lejos del caserío humilde donde se crió en San Antonio de Los Altos, 21,5 kilómetros al suroeste de Caracas. Un año más tarde, Nía se mudó con Álex. Tras un mes deliberando, la pareja decidió partir. Ella no generaba ingresos y a él no le alcanzaban los suyos para mantenerse y apoyar a sus padres, Meggy y Anselmo. Estaban tan apretados de presupuesto que a sus 70 años y en plena jubilación, Anselmo, ingeniero mecánico, debió emplearse en una empresa de servicios petroleros en Güiria, en los confines del estado Sucre. Anselmo no estaba en San Antonio de Los Altos cuando Álex y Nía partieron.

Incertidumbre

Incertidumbre

Alfredo, a sus 28 años, es el menor de los 3 hijos de Meggy y Anselmo. Participó en las protestas contra el gobierno desde abril hasta julio de 2017. Emigrar se volvió un mandato cuando vio que policías y militares reventaban portones en los edificios en los Altos Mirandinos y sacaban a los manifestantes a rastras con las cabezas cubiertas. Permaneció escondido durante varios días, mientras se ejecutaban los operativos. Un vecino lo esperaba en Lima con la promesa de ayudarlo a conseguir empleo.

Ilusión

Ilusión

Mientras preparaban el viaje, idearon otra forma de minimizar gastos: comer de una mochila que llenaron con pan, maní, almendras, chocolates, galletas de soda, diablito, queso fundido y sobres de jugo en polvo. La precaución les rindió: duró hasta Guayaquil. El armario de Nía era tan reducido que casi todo encontró sitio en las maletas. Entre la inflación y la escasez, Álex había perdido 35 kilos de peso, de modo que confió a una amiga costurera su mejor ropa para que la reajustase a sus nuevas medidas.

Venezuela, primer tramo

Venezuela, primer tramo

Al llegar a San Cristóbal siguieron en taxi hasta San Antonio, la última ciudad venezolana antes de ingresar a Colombia. En el trayecto de menos de una hora consiguieron cuatro puestos de control. Fueron requisados en dos. Gracias a los escondites de Álex, el efectivo superó con éxito las pesquisas de la Guardia Nacional Bolivariana y la Policía Nacional.

En la frontera: dos colas inauditas

En la frontera: dos colas inauditas

Luis tomó la iniciativa y los organizó en tres grupos: dos personas se quedarían en la primera fila para retirar el papel con la fecha, dos guardarían los puestos en la segunda para sellar los pasaportes, y el resto cuidaría las maletas. Nía se ocupó de esa tarea con Leo, un exagente policial que estaba huyendo. Supuestamente había recibido amenazas de muerte luego de descubrir que un familiar de un alto funcionario estaba involucrado en una red de extorsión. La madre de Leo fue secuestrada un día antes de que él saliera de Caracas. Entregó gran parte de lo que había ahorrado para salir del país como parte del rescate.

Paciencia

Paciencia

Una vez en territorio colombiano, no tenían cobertura para llamarse en caso de retrasos. Todos compraron sus boletos y volvieron a Migración Colombia pero Víctor no aparecía. Sellaron y seguían sin saber nada de él. Tenían sus maletas. Lo habían esperado por más de dos horas. Si pasaba más tiempo perderían sus autobuses. En ese momento, Víctor llegó empapado en sudor con el dinero. En virtud de la tardanza, no podría acompañarlos. Debería tomar otra unidad.

El bus letrina

El bus letrina

Fue en Cerinza donde se toparon con dos alguaciles, dos empleados del poder judicial venezolano, que para llegar al Perú vendieron una cámara Sony Point and Shoot por 70.000 pesos. Más o menos 23 dólares. Habían aprovechado las vacaciones judiciales para viajar. Si conseguían trabajo en tierra inca, no lo pensarían dos veces. Se quedarían.

El último tramo

El último tramo

De Ipiales tomaron un taxi a Rumichaca para ingresar al Ecuador. Un oficial de migración les preguntó a qué venían y respondieron que iban de paso. Aunque no mentían, estaban nerviosos. Cruzar la frontera los ponía tensos. Abordaron el siguiente bus y ya en el terminal de Tulcán, donde debían tomar el colectivo que los llevaría a Guayaquil, encontraron en el suelo un puñado de fotografías. Alguien debió haberlas extraviado. Álex pensó en el vacío de su dueño al notar la ausencia. Nía imaginó el retrato de su madre en las viejas fotos olvidadas.

«Vengo a quedarme»

«Vengo a quedarme»

A los dos días de llegar, Nía consiguió su primer empleo en una casa de remesas para venezolanos. Compró esos zapatos de gamuza en un supermercado para su primer día de labores. Álex tardó tres semanas en emplearse como fotógrafo y community manager en un restaurante en Miraflores.

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