«Aquí se vive despacio, a diferencia de EE UU la gente no tiene prisa»

Camille Newman, junto a la Escuela Oficial de Idiomas. / USOZ
Camille Newman, junto a la Escuela Oficial de Idiomas. / USOZ

Camille Newman es una de las extranjeras auxiliares de conversación que trabajan en Euskadi. Son 170 jóvenes, pagados en su mayoría por el Departamento de Educación, que trabajan como apoyo de los estudiantes de idiomas

TERESA FLAÑO SAN SEBASTIÁN.

Este curso 170 auxiliares de conversación de lengua extranjera trabajan en centros educativos de Euskadi. 160 dependen del Departamento vasco de Educación y 10 del Ministerio de Educación. Generalmente son jóvenes de los más diversos países -Alemania, Australia, Austria, Bélgica, Canadá, Estados Unidos, Filipinas, Finlandia, Francia, Irlanda, Italia, Marruecos, Noruega, Nueva Zelanda, Países Bajos, Reino Unido, Rusia y Suecia-, dispuestos a vivir una experiencia que implica una inmersión en la cultura del País Vasco.

El auxiliar de conversación debe ser un graduado reciente o un estudiante universitario de último curso en su país de origen. Su función es reforzar las destrezas orales del alumnado. Camille Carmen Newman es una de estas jóvenes que hace unos meses aterrizó en San Sebastián, concretamente en la Escuela Oficial de Idiomas.

Desde siempre ha querido vivir en otro país, aunque el miedo le impidió tomar la decisión de marcharse de su Arizona natal. Así que tras acabar la universidad, donde estudió Ciencias Políticas, se quedó cerca de casa. Después, como tenía familia en Miami, se trasladó allí a trabajar. Entonces conoció a un hondarribitarra, que le contó que si le gustaba el mar y el surf, tenía que visitar Donostia. Antes había estado de Erasmus en Málaga «rechacé Santander porque me parecía demasiado lluvioso y frío y mira dónde estoy ahora». Finalmente decidió pasar un verano en San Sebastián, «ciudad de la que no sabía nada más que se podía surfear. No tenía ni idea de lo que era ser vasco, del euskera».

Camille tenía una amiga que era auxiliar de conversación y decidió apuntarse al programa. «Me pareció muy interesante poder entrar en una dinámica de ayudar a una persona a aprender un idioma mientras yo mejoro mi español». Ya conocía algo el castellano porque su madre es mexicana, «pero no somos bilingües». Ahora puede utilizar expresiones que antes no conocía como 'guay', una constante cuando habla, y no dice que ha mejorado mucho sino un montón.

Este es su segundo año de apoyo. El primero transcurrió en Gernika, toda una inmersión en la cultura euskaldun, en una escuela de primaria. «El español no existía, todo era en euskera». Además cuidaba a los niños de una familia donde también se comunicaban íntegramente en euskera, así que aprendió bastante echando mano de la imaginación porque muchos alumnos no sabían cómo se decían en español las palabras que querían aprender en inglés. Desde entonces entiende euskera «bastante bien, aunque me da vergüenza hablarlo». En cuanto al castellano, «cuando llegué pensaba que hablaba mejor de lo que en realidad hacía. Muchas veces pienso que no sé si he entendido lo que realmente la gente me decía, aunque la gente tiene mucha paciencia conmigo».

El programa permite elegir un destino concreto en el segundo año y no lo dudó: Donostia. «Mi colega de Hondarribia en Estados Unidos me había presentado gente y tenía amigos». La experiencia en la Escuela Oficial de Idiomas, es muy diferente a la de Gernika con niños de Primaria. «Ahora estoy con adultos que tienen un nivel bastante alto y te centras más en la conversación. Mi misión es animar a los estudiantes a que se suelten a hablar, y no centrarse tanto en estudiar gramática». Por eso a lo que más tiempo dedica es a preparar temas «que no se hablan tomando un café, más técnicos. Hablamos de todo: economía, medioambiente y, claro, también de programas de televisión».

A la Escuela de Idiomas dedica doce horas a la semana y para completar el sueldo da clases particulares a personas con las que ha contactado a través de su alumnos. «El estilo de vida de aquí está muy guay, aunque es muy diferente de Estados Unidos. Está muy bonita. Se vive despacio. A diferencia de mi país, la gente no tiene prisas y eso a veces me pone un poco nerviosa, pero el comer despacio es una gozada». Si se le pide que se quede con algo de la ciudad lo tiene claro, «que la playa y el monte están al lado», además de la siempre recurrente gastronomía «que está muy buena».

Aquí ha cambiado el coche por la bici o el bus «que está muy bueno» y puede ir andando al mercado -vive en un piso compartido en el centro con un chico de Tarragona y otro de Errenteria-, mientras que en Kansas debe recorrer bastantes kilómetros para comprar en el supermercado. Sus amigos vascos son del ambiente del surf, aunque también tiene algunos entre los profesores de apoyo, «tengo un mix».

Casi no encuentra pegas a su nueva vida aunque le sigue resultando raro el horario. «Cuando me dicen que quedamos a la tarde y es a las nueve de la noche me descoloca un poco, aunque ya me voy acostumbrando, lo mismo que a cenar a las diez. Allí se vive más rápido y cuando conoces a alguien lo primero que te preguntan es en qué trabajas. En Euskadi la gente es más relajada y las relaciones más normales». Le gustaría quedarse «por la ciudad, la cultura y el estilo de vida» y no se plantea volver a Estados Unidos. No piensa dedicarse a lo que estudió, Ciencias Políticas, «espero encontrar trabajo en diseño gráfico, estaría guay».

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos