«He visto la otra cara de la fiesta y me ha cambiado»

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Adrián Sorreluz y Naia Hernantes, en una de las ambulancias de DYA Gipuzkoa donde ejercen labores voluntarias. / LOBO ALTUNA

Para Adrián Sorreluz, de 17 años, la mejor campaña de prevención ha sido subirse a una ambulancia de DYA

ARANTXA ALDAZSAN SEBASTIÁN.

Si eres un chico de 17 años y es sábado a la noche, lo normal es estar de fiesta, casi siempre pegado a una consumición de alcohol, cuando no rodeado de amigos de botellón. Adrián Sorreluz ha ocupado ese lugar varias veces, pero desde hace un año ve la noche desde el otro lado. A vista de ambulancia, la fiesta muda de piel y la emergencia que entra por la emisora se convierte en la mejor campaña de prevención contra el abuso de alcohol. «Yo antes era salir, fiesta y fiesta. Ahora, me sorprendo yo mismo con cómo he cambiado. Cambia toda tu mente. Te toca atender un etílico, y el alcohol te echa para atrás. No es que dejes de beber, pero aprendes rápido lo que no hay que hacer. Ver el otro lado de la noche es muy recomendable», cuenta con timidez este zarauztarra de 17 años.

Naia Hernantes, que ejerce de mentora de jóvenes voluntarios en DYA Gipuzkoa, responde con una sonrisa y certifica esa catarsis que se produce en casi todos los jóvenes que se suben a una ambulancia para probar la adrenalina de la emergencia o echar horas en una labor preventiva en fiestas, competiciones o conciertos. «A veces llaman sus aitas y nos dicen: 'Yo no sé qué les hacéis, pero ahora hasta nos cuentan cosas al llegar a casa», bromea esta enfermera de 26 años de Trintxerpe, que contagia su pasión por la atención sanitaria en cada palabra de la conversación.

No hay mayor misterio para esa transformación que la cruda realidad. En los dos últimos meses, las ambulancias de DYA Gipuzkoa han realizado 169 asistencias, la mayoría por traumatismos, seguido de las intoxicaciones etílicas, un triste clásico del verano y de las fiestas patronales.

«Te pones en el lugar del otro», dice Adrián. En más de una situación se ha sentido reflejado en la persona que estaba en la camilla. «He hecho seis años de ciclismo en pista y me tocó cubrir de preventivo el campeonato. Se cayó uno de los corredores, quedó inconsciente, y tuvo que ser ingresado. Ayudar a esa persona es lo que me gusta», un veneno que se inocula y engancha.

Adrián y los otros 118 voluntarios de la asociación que tienen menos de 20 años -la edad mínima son 16- rompen con los estereotipos negativo que pesan sobre la juventud: ni son socialmente pasotas ni se ajustan a la definición extendida de generación perdida. La asociación de ayuda en carretera ha rejuvenecido en los últimos años con un perfil de voluntario muy joven que ya representa el 23% de esas manos altruistas. Algunos vienen en cuadrilla; otros, como Adrián, por el ejemplo en casa de una vida dedicada a esa labor. «Mi padre ha sido voluntario en la DYA y yo he tenido esa idea en la cabeza hasta que pude apuntarme, con 16 años».

Explicaciones a los amigos

Un año después, sigue dando explicaciones a su cuadrilla cuando deja un plan de fin de semana para vestirse con el uniforme amarillo -el color distintivo de la DYA-. La incomprensión del entorno suele ser habitual entre los voluntarios. «Me dicen que qué hago aquí, que a ver si estoy tonto de pasar tantas horas y además no cobrar». No le gusta ser el aguafiestas, pero ver las consecuencias de abusar del alcohol le ha convertido sin quererlo en la persona que se preocupa del resto. «Alguna vez, cuando he visto a alguien que se pasaba, le he dicho que dejara de beber, o que se fuera a casa. Es que no te lo pasas bien si tienes que aguantar a uno que está fatal».

Naia, que también es testigo desde la ambulancia de los riesgos de una fiesta desenfrenada, incide en la importancia de la prevención entre los jóvenes, pero se aleja de los mensajes prohibitivos o coercitivos. «No funcionan. Hay que hacer mucha prevención, pero desde el lado positivo. Si a un joven le dices no bebas, la tendencia natural es a rebelarse. Cuanto más fomentas las conductas positivas, más se alejan de las conductas de riesgo. Eso está comprobado», y señala el ejemplo de Adrián. «A un joven es mejor explicarlo lo que le ocurre si se pasa con el alcohol. Van a beber sí o sí, lo hacemos todos. Lo que tienen que aprender es a moderar ese consumo, a saber que si pierden el control pierden la libertad, y se vuelven vulnerables».

De momento, el hecho objetivo es que la mayoría de las intoxicaciones etílicas que atienden se dan entre jóvenes y menores de edad. En junio y julio la cifra ha bajado a 20, diez menos que en el mismo periodo de hace un año, un descenso que Naia atribuye a la simple casuística, y no verdaderamente a un cambio de tendencia. «Ojalá pudiéramos decir que ese descenso responde a una causa-efecto después de alguna campaña». Tan pronto las cifras bajan como suben, un repunte que esperan para Semana Grande. «Esa realidad es innegable. Por eso lo que podemos hacer es aconsejar». En la web de la DYA (www.dyagipuzkoa.com) han colgado la información que les gustaría que recibieran todos los jóvenes, especialmente los menores de edad que se inician con el alcohol en fechas festivas señaladas. «Al final es saber quién quieres que te lleve a casa esa noche: un taxi, una ambulancia, un coche de policía o la funeraria», recuerda Adrián con el lema de una campaña que se hizo viral. «Es la pura verdad».

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