Una ballena en el puerto de Mutriku

El rorcual, en aguas de Mutriku y las cuerdas que arrastra. / Vídeo: Mikel Azkue y RRSS

Un ejemplar de aliblanco llegó la mañana del miércoles con dos trozos de cuerda enredados en su cuerpo y tras permanecer 15 minutos regresó a mar abierto

JAVIER PEÑALBASAN SEBASTIÁN.

Fue una visita relámpago. Nadó por sus aguas interiores, también por las exteriores y luego desapareció. Los mutrikuarras han recibido esta semana una sorprendente e inesperada visita, la de un rorcual aliblanco, la ballena más pequeña. Ha sido un regalo para la localidad, sobre todo para quienes tuvieron la fortuna de verla.

El ejemplar, de unos cinco metros de longitud, llegó el miércoles por la mañana y deambuló por donde quiso, dentro del puerto, en la zona más próxima a los pantalanes de las embarcaciones de recreo y también frente a la piscina. Sus idas y venidas fueron captadas por vecinos de la localidad. Los vídeos y las fotografías navegan de móvil en móvil.

El cetáceo parecía algo más delgado de lo normal. Puede que la causa de su estado se debiera a las cuerdas que llevaba enganchadas en su cuerpo. «Son animales que se acercan mucho a la costa y, por lo tanto, no sería extraño que se hubiese enredado con algún palangre o una red que haya podido encontrar en su deambular», explica Enrique Franco, vicepresidente de la Sociedad para el Estudio y la Conservación de la Fauna Marina, Ambar.

«Vi una mancha negra en el agua; era grande, tendría unos cinco metros y nadaba suave suave»«Tenía dos cuerdas enredadas en su cuerpo y en uno de los extremos había un trozo de red»

El mutrikuarra Mikel Azkue fue el primero en detectar su presencia. «Serían las diez de la mañana. Estaba paseando por el muelle y vi una especie de mancha negra nadando. Era grande, no era normal. Me extrañó. Estaba con un amigo y fuimos a Molla Berri. Cuando llegamos, apareció. Era una ballena de unos cinco metros, nadaba suave suave», relata este mutrikuarra.

Azkue indica que las dos cuerdas que el animal llevaba enredadas tenían unos diez o doce metros de longitud. «Estaban enganchadas o bien de la boca o en alguna aleta, y en uno de los extremos había un trozo de red», precisó.

El aliblanco, según indica Enrique Franco, es la única especie de cetáceo que hoy en día se puede explotar comercialmente de forma legal. Países como Japón y Noruega cuentan con flotas dedicadas a su captura. «Se le conoce como rorcual enano debido a su pequeño tamaño en comparación con el resto de su especie», afirma Franco.

Se caracteriza por las manchas blancas de sus aletas pectorales y por la cresta única de su cabeza, muy triangular y apuntada. «La aleta dorsal es falcada y muy puntiaguda, y aparece muy retrasada en el lomo».

También se distingue por sus barbas pequeñas, blancas y finas, que no superan los treinta centímetros. «Es una especie que no resulta fácil de ver en el mar, ya que no tiene un soplo muy visible. Apenas alcanza los dos metros de altura».

El ejemplar llegado a Mutriku tampoco se entretuvo demasiado tiempo y se fue con el mismo sigilo con el que llegó. Mikel Azkue recuerda que su estancia fue fugaz. «Entró en el puerto, estuvo en una zona próxima a la gasolinera y dio una vuelta. Estaría aquí unos quince minutos y aunque se rumoreó que habían logrado quitar las cuerdas, no es cierto. Se fue con ellas».

Enrique Franco señala que no es muy frecuente que los rorcuales entren en los puertos, «pero a veces sucede, sobre todo cuando van detrás de un banco de peces. Suele ser normal también que se aproximen a los barcos que están pescando verdeles. En esos casos, los arrantzales saben que no tienen nada que hacer. Es mejor levantar los artes de pesca y esperar a que se marche», indica.

Las especies marinas parecen sentir una especial atracción por Mutriku. Hace tres años, frente a su costa y la de la vecina Ondarroa, a solo cuarenta metros de profundidad, Javier Aguinaga y sus alumnos de Buceo Euskadi fueron testigos de un espectáculo que jamás olvidarán. Una yubarta de unos diez metros de longitud les obsequió con una sesión de cincuenta minutos de saltos fuera del agua. Las imágenes que Aguinaga obtuvo parecían sacadas de cualquier documental de ballenas en Alaska.

No tan espectacular pero sí curiosa resultó la llegada en mayo de 2013 de un delfín solitario. Perteneciente a la especie mular, se quedó a menos de una milla de distancia de la costa. El ejemplar salía al encuentro de las embarcaciones en marcha y se situaba a su altura. Unas veces en proa, donde realizó saltos espectaculares, otras junto a la hélice de los motores, donde buscaba el torbellino procedente de la rotación de las aspas.

Algunos también recordarán la presencia en abril de 2010 de un tiburón peregrino, de más de cuatro metros de longitud, que nadaba con la boca abierta en busca del plancton del que se alimenta de manera exclusiva.

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