Un siglo lleno de cuentos de Navidad

Cuatro generaciones. Lorenza Oyaga, June, Maika e Iñigo se preparan para otra Navidad en familia. /MIKEL FRAILE
Cuatro generaciones. Lorenza Oyaga, June, Maika e Iñigo se preparan para otra Navidad en familia. / MIKEL FRAILE

Cuatro generaciones de una familia guipuzcoana cuentan cómo vivieron y viven las fiestas. Sus recuerdos retratan los contrastes de cada época: de regalar naranjas porque «no había para más» hace cien años a montar un karaoke y un photocall

Estrella Vallejo
ESTRELLA VALLEJOSan Sebastián

«Ay, el espíritu de la Navidad...», suspiraría alguno. Ese periodo que por inercia o por costumbre invita a millones de personas a celebrar juntas unas fechas especiales, convertidas en la excusa perfecta para pasar un tiempo en familia e inyectarse una dosis de ilusión. Unos encuentros que dejan un poso de buenos momentos, recordados a los años con nostalgia y en los que, al mismo tiempo, se rememoran viejas y divertidas anécdotas cayendo en el dicho de que cualquier tiempo pasado fue mejor.

Si este puede ser el reflejo de muchas familias, sin duda, lo es también de los Arbizu-Oyaga. Un año más, la casa de Lorenza, en Donostia, volverá a llenarse de gente, de risas y sorpresas, pudiendo presumir de volver a reunir en torno a la mesa a las cuatro generaciones que componen su familia. «Cuanta más gente mejor», asevera esta mujer nacida en Navarra. El próximo 8 de enero cumplirá nada menos que cien años, aunque ni su aspecto ni su actitud se correspondan con la fecha de nacimiento que marca su carné de identidad, 1918.

Apunta su mirada dulce hacia su biznieta, y con casi un centenar de navidades a sus espaldas, confirma que lo de ahora «no se parece en nada a lo de antes». Mientras coloca correctamente unas piezas de un puzzle que hay sobre la mesa, habla de su infancia con frases cortas, como restándole importancia a las valiosas vivencias de principios de siglo. Se intuye que es la manera propia de quien ha vivido tanto y que aquellos años tan remotos le resultan insignificantes, aunque su biznieta le mire con los ojos como platos y la boca abierta cuando cuenta que allá por los años veinte, de regalos se hablaba poco, quizás algo de fruta o a lo sumo una muñeca de trapo. Y de grandes cenas en familia, justo, justo.

Si Lorenza es la cúspide de la pirámide familiar, June se sitúa en la base, junto al resto de biznietos: Diana, Iker, Malen y Alan. A pesar de su corta edad -cumplirá 7 años el próximo 4 de enero-, imita el gesto dubitativo de los mayores. Echa la mirada hacia arriba, pensativa, como quien tiene que hacer un esfuerzo ímprobo por recordar un momento especial de entre todas las navidades vividas. «Yo me acuerdo de cuando me metí debajo de la mesa con mi primo Iker a escribir en la libreta de Nancy», relata. ¿Cuándo ocurrió aquello? «Bueno, el año pasado», confiesa con sonrisa pilla. Su bisabuela prosigue con ejemplos de los contrastes de cada época. A mediados de los años veinte en Galbarra, un pequeño pueblo navarro cercano a Estella, «teníamos en casa pollos, conejos, cabritillos... Así que se mataba una cosa de aquellas, se hacía un buen cocido y ya está. Nos juntábamos solo los de casa, porque el resto de la familia vivía muy alejada». Llegaron a ser once hermanos, pese a la extrañeza de sus descendientes que le miran atónitos porque llevan toda la vida pensando que «solo» eran nueve. «Creo que no llegamos a estar todos juntos. Uno murió ahogado en la paja a los siete años, otro de mayor... Y ahora vivimos cinco hermanas», cuenta como si tal cosa.

El representante de la tercera generación, su nieto Iñigo Benedicto, le pregunta: «¿Había Olentzero en aquella época?». El aspaviento de Lorenza, o ‘la Loren’, como le llama cariñosamente, deja claro que no. «Carboneros había muchos que subían al monte a hacer carbón, pero ninguno bajaba», dice con sorna.

Después de pasar por Francia y Pamplona, pasó la mayoría de edad en Donostia, donde trabajó en varias casas, «me busqué un novio y cogimos una casa en Egia, en la calle Aldapa». Allí nacieron sus cuatro hijos: María José, María Lourdes, Pedro y Maika, y con ellos, cada vez que llegaban las Navidades ponía el Belén en un cuarto pequeño, «aunque después iban en cuadrilla y me lo tiraban todo por el suelo, pero bueno, lo normal siendo niños».

«Antes no había regalos y para cenar matábamos a algún conejo o cabritillo que teníamos en casa»

«Antes no había regalos y para cenar matábamos a algún conejo o cabritillo que teníamos en casa» Lorenza Oyaga, 99 años, Bisabuela

«Recuerdo un baúl que enviaba un tío de Madrid lleno de comida que mi madre no podía comprar»

«Recuerdo un baúl que enviaba un tío de Madrid lleno de comida que mi madre no podía comprar» Maika Arbizu, 64 años, Hija

«Cuando veníamos cada Navidad desde Málaga me encantaba el tren litera y juntarnos con la familia»

«Cuando veníamos cada Navidad desde Málaga me encantaba el tren litera y juntarnos con la familia» Iñigo Benedicto, 36 años, Nieto

«Mi bisabuela, como es muy mayor, conoce al Olentzero y nos trae hoy los regalos a casa»

«Mi bisabuela, como es muy mayor, conoce al Olentzero y nos trae hoy los regalos a casa» June Benedicto, 6 años, Biznieta

De aquellas Navidades de los años 60, Maika, la hija pequeña de Lorenza que hoy tiene 64 años, recuerda la vajilla que su madre sacaba en fechas especiales, unos vasitos para el vino dulce y unas cazuelas de caramelo que compraban en una pastelería del Centro. «Nuestro edificio era de tres plantas y estábamos siempre con los vecinos que eran de nuestra edad entrando y saliendo, de una casa a otra».

Aunque si había algo que esperaban con entusiasmo era lo que conocían como el cajón de la Navidad. «Un hermano de mi madre de Madrid nos enviaba todos los años un baúl de madera lleno de turrones, polvorones, conservas y embutidos que en casa por aquella época no se podía comprar», explica con gracia andaluza. El acento se debe a que cuando cumplió los veinte años, Maika emigró junto a su marido, Josean, a Málaga donde reside desde entonces, y donde tuvo a sus dos hijos, Irene e Iñigo. La visita navideña era obligada y cada año «seguimos volviendo como el almendro», agrega.

Hay una anécdota que recuerdan con frecuencia y que ocurrió hace muchos años. «Por aquel entonces, se tiraba la basura por un barranco de un caserío y resulta que tiramos los billetes de vuelta a Málaga. Nos tenías que ver a toda la familia, lloviendo a mares, con las luces de los coches intentando iluminar aquello para rebuscar en la basura», recuerdan entre risas. «Y aparecieron, ¿eh?», apunta Lorenza, por si había alguna duda.

Aquellos viajes en tren eran uno de los momentos más esperados por Iñigo, a quien le parecía divertidísimo dormir en el tren litera. «Fíjate qué tontería, pero me parecía súper divertido. En Málaga casi no teníamos familia, así que venir a San Sebastián y juntarnos todos era genial». Aunque su tío Modesto le recuerde que entraba por la puerta tras las faldas de su madre, quizás algo abrumado por la presencia de tanta gente.

Dieciséis en la mesa

Con los años, la familia Arbizu-Oyaga ha ido creciendo, hasta completar los 16 que hoy domingo se sientan en la mesa para celebrar la Nochebuena. Claro que, si algo bueno tiene contar con una casi centenaria en la familia es que tiene gran amistad con el Olentzero, por lo que después del desfile pasa por su casa «a dejar los regalos para los niños», añade June, que ya está contando los minutos para que llegue ese momento en el que la casa se convierte en un alboroto absoluto.

La cifra

100 años
cumplirá Lorenza, la veterana de la familia, el próximo 8 de enero. Cuatro días antes, June, una de las más jóvenes, soplará siete velas, por lo que las Navidades en la familia Arbizu-Oyaga se prolongan varios días más.

Ahora bien, con la comida no se juega y con la sopa, bromas las justas, porque es un plato «que me parece que no puede faltar y que además gusta mucho a los niños», señala Lorenza. «Y a los mayores», indican los demás al unísono. Cuando llega la hora de preparar la cena, y como rezan sus zapatillas, ella es ‘La reina de la casa’ y no deja a cualquiera entrar en la cocina. «Concede títulos. Tú entras y tú no», dice Iñigo. «Y te puede dar una lección magistral de los usos del trapo. Ojo con utilizar para secarte las manos el que sirve para secar el puchero», advierte su hija Mari José, a lo que Lorenza reprocha entre risas que «un poco exagerada ya eres».

Después de la cena y como ya es casi tradición, llega la juerga. «Y seguramente mi madre no habrá contado que es un poco lianta», insinúa Iñigo, quien explica que Maika «nos suele sacar instrumentos aunque no tengamos ni idea de tocarlos o nos monta un karaoke». «Y yo también canto», dice Lorenza, aunque acto seguido reconoce que ella es más de bailar.

Desde su sitio en el sofá de la sala, June hace su aportación: «Y también nos ponemos máscaras o algo así, ¿no?». «Eso es», afirma su padre, en referencia al photocall que han montado alguna vez en el que se disfrazan con sombreros, gafas y tantos complementos como tuvieran a mano. Durante años, explican, hicieron grabaciones en vídeo con Lorenza como protagonista, vestida de Olentzero y deseando unas felices fiestas a toda la familia, «aunque hubo uno que fue muy gracioso porque salía ella, imitando al programa ‘Aquí hay Tomate’, hablando de quién era en realidad el Olentzero», relata, mientras su abuela se tapa la mirada riéndose.

Por ingenio no será y ganas de divertirse tampoco. Quién sabe lo que tendrán preparado para esta noche, pero ‘la joven de la familia’ como se autodenomina Lorenza, prefiere dejarse llevar. «Ya he organizado muchos años, ahora que hagan otros», dice ilusionada por ver la casa un año más repleta de gente.

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