Un sangriento coliseo romano en San Sebastián

El toro 'Hurón' y el tigre 'César' en la arena de la plaza del Chofre./
El toro 'Hurón' y el tigre 'César' en la arena de la plaza del Chofre.

En julio de 1904 la antigua plaza de toros del Chofre acogió el insólito enfrentamiento entre un toro y un tigre que se saldó con un muerto y una veintena de heridos a tiros

ANTTON IPARRAGUIRRE

Aunque parece que los romanos no dejaron mucha huella en San Sebastián lo cierto es que hubo un día en que la ciudad vivió un espectáculo digno del afamado Coliseo de la ciudad eterna. No faltaron la violencia, el drama y la sangre, como gustaba a la plebe.

La tarde del domingo 24 de julio de 1904 era esperada con mucha expectación desde hacía días tanto por los guipuzcoanos como por los foráneos llegados de otros países. Hay que tener en cuenta que el veraneo donostiarra se encontraba en pleno apogeo. Estaba anunciado, tanto en carteles repartidos por toda la ciudad como en los medios locales un "sugestionador, atrayente y esperado espectáculo" en la plaza del Chofre. Pero no tenía nada que ver con la tauromaquía. Se trataba de la insólita lucha entre un toro de lidia y un tigre de Bengala en el coso. Curiosamente, en la publicidad se aseguraba que el felino había sido trasladado desde la selva africana, cuando lo cierto es que solo hay tigres en Asia. ¿ignorancia, marketing? ¡Quién sabe!.

La plaza del Chofre estaba llena hasta la bandera, con 10.000 espectadores, 3.000 de ellos vascofranceses

Para calentar el ambiente, y favorecer al mismo tiempo las apuestas, ambos animales fueron mostrados días antes al público en los corrales de la plaza. El toro, llamado Hurón, pertenecía a una ganadería sevillana y tenía cinco años. Era "cárdeno oscuro, con trapio y bien armado", según los medios de la época. El tigre, curiosamente llamado César, ya que se convertiría en uno de los protagonistas del 'circo' donostiarra, pesaba más de 200 kilos -su contricante andaría por la media tonelada- y mostraba una poderosa musculatura y aterradora mirada. El felino era propiedad de Mr. Ramband, un comerciante de fieras marselles que lo vendió para el espectáculo por 7.000 francos, garantizando que era un felino muy agresivo y peligroso. Ciertamente, el porte de ambos animales garantizaba en principio una lucha sin cuartel.

Exterior de la plaza del Chofre.
Exterior de la plaza del Chofre. / Marin / Kutxateka

El coso del Chofre se llenó esa tarde del 24 de julio de 1904 hasta la bandera. Había unos 10.000 espectadores, de ellos 3.000 vascofranceses. Entre los asistentes no faltó lo más granado del mundo de la política, economía, sociedad y cultura guipuzcoana, y de la estival madrileña. También se encontraban presentes decenas de mujeres y niños.

La lucha

Al tratarse de una plaza de toros se celebró en primer lugar una corrida convencional para entretener al respetable. Se lidiaron dos novillos para el madrileño Tomás Alarcón, 'Mazzantinito', y otro para el bilbaíno José Muñagorri. Al parecer, la faena fue aburrida y deslucida, lo que hizo que las miles de personas que llenaban los tendidos y las gradas estuvieron cada vez más ansiosas por ser testigos directos de la lucha a vida o muerte entre la res y el felino.

El toro embistió contra el tigre y lo lanzó al aire, provocando que se abriera la puerta de la jaula y ambos animales salieran al coso

Y por fin llegó el esperado momento. Como si el Chofre fuera un circo romano, en el centro de la plaza se instaló una jaula especial de robustos barrotes y unos 20 metros de diámetro. Eran cerca de las siete de la tarde y las dos bestias fueron sacadas en jaulones. Según destacaron las crónicas de la época, se les azuzó con coletazos y disparos para que entrarán en el reducido 'coso' diseñado para ambos animales por dos reconocidos ingenieros. Todo el público comenzó a vitorear ruidosamente y las apuestas corrieron como la pólvora, en una triste premonición de lo que ocurriría minutos después. Los guipuzcoanos arriesgaban su dinero dando como vencedor al toro, mientras que los franceses se decantaban por el tigre. La rivalidad entre ambos grupos estaba servida.

Ya en la jaula, el toro tomó la iniciativa y lanzó su primer envite contra el tigre, que no ocultaba su miedo ante la enorme mole de carne que tenía delante y que le atacaba y amenazaba con sus grandes pitones. El felino se defendió a duras penas e incluso se hizo el muerto contra la verja en un intento desesperado por poner fin a la pelea y salir lo mejor parado del lugar. Parecía como si no quisiera pelear. El público, sediento de morbo y sangre, había pagado una cantidad considerable por lo que comenzó a protestar con furia por la nada bélica lucha. El presidente de la plaza, atenazado por la presión, ordenó a los mozos que azuzaran al asustadizo felino. Le golpearon con bastones y le pincharon con hierros. Incluso le tiraron cartuchos de pólvora para que reaccionara. César intentaba sobrevivir a las cornadas, patadas y zarandeos de Hurón, que también se llevó lo suyo, sobre todo en el hocico y en las patas, por las fuertes dentelladas de su más ágil contricante. Era tan violento el combate que en algunos hierros de la jaula llegaron a torcerse, siendo enderazados a martillazos por empleados de la plaza.

Los miqueletes y decenas de espectadores comenzarón a disparar y las balas llovieron en todas direcciones

Parece que uno de los cohetes lanzados enloqueció a la res, que no paraba de mugir escarbando en la arena. Tras recibir una fuerte dentellada y varios zarpazos en el cuello, empitonó y lanzó por los aires al tigre, que seguía extenuado y no paraba de dar vueltas pegado a los barrotes intentando buscar la salida. Tras acorralarlo, el toro lanzó violentas acometidas contra su rival, llegando a romper la puerta de la jaula. Sorprendidos al ver cerca la libertad los dos animales salieron a la negra arena del coso donostiarra para estupor del respetable.

El tiroteo en la plaza

Las barreras están diseñadas en las plazas para frenar a los toros pero no sirven de nada en el caso de los tigres, que de un salto pueden llegar fácilmente a los tendidos y las gradas. Y esto lo sabían las miles de personas que inundaban el recinto. El pánico y un terror ciego se apoderó de todos ellos y comenzó una estampida que acabaría en tragedia. Algunas presentes intentaron poner orden gritando que no había peligro, pero todo fue inútil.

Los miqueletes presentes para garantizar el orden desenfundaron sus pistolas y cargaron sus fusiles Maüsser. Dispararon desde los pasillos de entre barreras durante varios minutos contra los dos animales que seguían malheridos junto a la jaula. Pero no fueron los únicos que se liaron a tiros, también lo hicieron decenas de espectadores presas de una histeria colectiva. Hay que tener en cuenta que en aquella época era bastante habitual que hubiera ciudadanos portando armas de forma legal. La lluvia de disparos en todas direcciones no hizo más que empeorar la situación. Muchas armas eran de pequeño calibre, lo que hizo que las balas rebotaran tras impactar en la arena, en la dura y gruesa piel del toro y del tigre y en los barrotes de la jaula, hiriendo a las personas que huían sin parapetarse lo suficiente hacia las puertas de salida del recinto taurino para salvar sus vidas.

Falleció un empresario y entre los heridos había políticos, aristócratas, niños y un norteamericano

César, que estaba acribillado a tiros, murió en la arena tras ser rematado de un certero disparo de revólver por parte de un hombre que saltó con valentía al coso. El toro por su parte, que corneó a varias personas que intentaron torearlo para evitar males mayores, fue sacrificado al día siguiente en los corrales de la plaza.

Un muerto y una veintena de heridos

El balance oficial fue de un fallecido por un tiro y una veintena de heridos, 16 de ellos de bala. Hay versiones que aumentan a dos el número de muertos, pero no hay constancia documental. Lo cierto es que todo podía haber acabado en una masacre. La víctima mortal fue el conocido empresario Juan Pedro Lizariturry y Nogués, que tenía una herida de bala en el bajo vientre. Falleció horas después en su casa de San Juan de Luz. Era primo del que fuera alcalde de San Sebastián, Manuel Lizariturry, y recibió sepultura en un panteón de Polloe.

Este fue el parte de los principales heridos, según el diario 'El Correo de Guipúzcoa': “D. Julio Urquijo, diputado por Tolosa [el político conservador era demás, conde, escritor y miembro de Euskaltzaindia], fue herido en una muñeca; D. Carlos Larranda, en la rodilla; Mr. Jean Pierre, encargado de la fábrica de bujías del Sr. Liratiturri, recibió un balazo en el costado y se desplomó, arrojando mucha sangre. El marqués de Pidal fue herido en el rostro, retirándose inmediatamente de la delantera de grada que ocupaba; D. Felix Casi también recibió un balazo”.

Otras fuentes señalan que entre los heridos el más grave fue M. Jean Puerre, y que entre la larga lista de otros atendidos en la enfermería de la plaza y en la Casa de Socorro por heridas de bala y contusiones de todo tipo, se encontraban un niño llamado Guillermo Hidalgo [a buen seguro que hubo más menores lesionados], y el ciudadano norteamericano W.E. Livingstone, con una herida en una mano. A todos estos habría que sumar decenas de espectadores lesionados y contusionados por caídas y atropellos durante la estampida. Según la investigación, los miqueletes realizaron 17 disparos.

A los pocos minutos toda San Sebastián conocía la tragedia y decenas de personas se acercaron con premura a la plaza de toros en busca de información sobre el estado de familiares y amigos presentes en el evento.

«Fuimos de fiesta y volvimos de entierro», lamentaba el cronista de un diario guipuzcoano

El diario 'El Correo de Guipúzcoa' dio cuenta de la tragedia en su edición del 26 de julio. En su información se podía leer un elocuente y gráfico texto: «El triste suceso acaecido anteayer por la tarde en la nueva plaza de toros ha dejado en muchas familias amargos recuerdos, en algunos hogares dolores inextinguibles. Alegres, satisfechos, sonrientes marchaban todos a la plaza, deseosos de gozar con el espectáculo tanto tiempo atrás anunciado con la salvaje lucha del tigre 'César' con el toro 'Hurón', de la ganadería de Carreros». « ¡Pobres hermanos nuestros, que fueron a solazarse un rato y se encontraron con un balazo!. Fuimos de fiesta y volvimos de entierro».

«Terrible, decadente y bárbaro»

En la prensa nacional e internacional el inesperado espectáculo fue calificado de "terrible , decadente y bárbaro". Hasta la reina mostró su estupor y expresó su solidaridad con las víctimas. Fue tal la repercusión que el escritor estadounidense y apasionado de los toros Ernest Hemingway hizo mención al trágico suceso en su relato 'Muerte en la tarde'. Nadie se explicaba la razón por la que se rompió la puerta de la jaula, que no se tomarán medidas de seguridad, y menos aún el indiscriminado tiroteo. La investigación judicial determinó que los miqueletes realizaron 17 disparos y que el resto de las balas procedían los espectadores. Eso sí, a nadie le pareció extraño o cruel el enfrentamiento entre un toro y un tigre, sino más bien curioso y singular.

En España esta costumbre de enfrentar toros contra fieras comenzó en la época de Felipe II, una de las aficiones del rey y su mujer Isabel de Valois. El 12 de mayo de 1849 en la antigua plaza de toros de Madrid, se enfrentaron un tigre de Bengala y un toro de lidia, ganando el segundo, de nombre Señorito. En 1898 tuvo lugar en Madrid una lucha feroz entre un toro y un elefante que fue sacado del zoo. Nerón aún no había desarrollado colmillos y al que se ató de una pata con una cadena de 16 metros de largo a un poste clavado en el centro de la plaza. Llegó a soltarse pero no pasó nada. Fue atado de nuevo. El toro, de nombre Sombrerito, fue sustituido por otro más fiero. El enfrentamiento terminó en tablas.

Parece ser que el de San Sebastián fue el último evento de este tipo que se celebró en el Estado.

Hoy en día sería impensable algo así, dada la creciente influencia de los movimientos animalistas y de las campañas en contra de las corridas de toros.

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