Saioa secunda el paro, Txus recoge a Ekain

En la jornada de ayer fue Txus Elespe el encargado de acercarse hasta Zuhaizti para recoger a su hijo Ekain. / USOZ
En la jornada de ayer fue Txus Elespe el encargado de acercarse hasta Zuhaizti para recoger a su hijo Ekain. / USOZ
Día Internacional de la Mujer

El 8M condicionó la jornada de muchas familias: ellas se movilizaron y a ellos les tocó ocuparse de lo demás. Entre otros quehaceres, a muchos padres les tocó ir a mediodía a por sus hijos mientras sus mujeres se sumaban a la huelga

IKER MARÍN/JAVIER MUÑOZ SAN SEBASTIÁN.

Las puertas del colegio público Zuhaizti, situado en el barrio de Gros de San Sebastián vivieron ayer una jornada muy distinta a lo habitual. Lo reconocían aitonas, amonas y progenitores habituales, los que día a día acuden al centro a por sus nietos e hijos para llevarlos a casa a comer. Ayer se doblaba la cita de los que esperaban a los alumnos. ¿El motivo? Como en algunos colegios, Zuhaizti se sumó al paro del 8 de marzo y suprimió el servicio del comedor, lo que provocó que hubiera que ir a recoger a los niños antes de lo habitual. Y allí tuvieron que ir Txus Elespe y Aitor Bikandi, aitas de los alumnos Ekain y de June.

«Nos parece estupendo que nuestras mujeres luchen por sus derechos, secunden el paro y acudan a las movilizaciones convocadas», reconocían. Hacían referencia a la asistencia de sus respectivas mujeres a la planto-sentada que llenó de personas el Boulevard donostiarra ayer al mediodía. Ambos, siendo conscientes o no, siguieron al pie de la letra buena parte de las indicaciones que el movimiento feminista había pedido secundar para la jornada del 8M.

Las agentes que convocaron el paro, además de buscar que el lema 'Si nosotras paramos, se para el mundo' se hiciera lo más visible posible, marcaron cuatro ejes estratégicos en los que influir. El ámbito estudiantil, el consumo, el laboral y el del cuidado. En este último explicaban que «las mujeres realizamos tareas fundamentales para el sostenimiento de la vida mientras nos invisibilizan y excluyen socialmente. Llamamos a no realizar a lo largo del día ninguna tarea relacionada con los cuidados de quienes habitualmente 'sostenemos'. Ese día los hombres tendrán que suplirnos en estas tareas». Es decir, como instaba la Asamblea Feminista de Donostia el pasado viernes que «los hombres aliados» se «ocuparan de los cuidados».

«Encantados»

Ese fue el rol que les tocó desempeñar en la jornada de ayer, - «y lo hacemos de muy buena gana», decían-, a estos dos padres donostiarras.

El primero en llegar al colegio público Zuhaizti fue Txus Elespe, donostiarra que vive junto a su familia en el barrio de Riberas de Loiola. Mientras su hijo Ekain de 6 años jugaba con sus compañeros en el patio antes de ir a casa a comer, él contaba con total naturalidad que «mi mujer ha decidido secundar el paro convocado por la mañana y yo, la verdad, estoy encantado de que lo haga. Creo que las mujeres y, junto a ellas, el resto de la sociedad debemos apoyar estas iniciativas».

A Ekain ya de la mano de su padre, y feliz con la idea de salir en el periódico, se le veía «encantado», decía Txus. «Yo soy autónomo y puedo flexibilizar un poco el horario de mi trabajo cuando tenemos necesidades de este u otro tipo. A la hora de conciliar nos arreglamos bastante bien. Obviamente, no me supone ningún problema venir a por el niño al colegio. Ekain está contento y yo también», decía mientras abandonaban las instalaciones del colegio para ir a su domicilio.

Mientras tanto, Saioa Aramendi, ajena a lo que sucedía en el colegio Zuhaizti y a escasos 10 minutos a pie del centro escolar de Gros, vivía una realidad bien diferente a la de su marido e hijo. Allí, junto a cientos de mujeres, participó en la planto-sentada que se había convocado a las 12.00 del mediodía en el Boulevard donostiarra.

Esta donostiarra trabaja a media jornada en el barrio de Amara, en la sede Alcer Gipuzkoa, la Asociación de Enfermos Renales de Gipuzkoa. Ayer decidió junto a otras compañera sumarse al paro convocado para acudir a reivindicar sus derechos junto al resto de participantes. «He parado de 11.00 a 13.00 horas y las compañeras que vienen conmigo, que trabajan a jornada completa, lo han hecho de 11.00 a 15.00 horas», comenzaba explicando.

Aramendi reconocía, todavía en pleno Boulevard, que era la primera vez que acudía a una concentración de este tipo. «Este año creo que nos hemos movilizado muchísimas mujeres. Diría que, cada día, la sociedad en general es más consciente de la necesidad de moverse para lograr una sociedad más justa e igualitaria».

«Hay que apechugar»

Aitor Bikandi, donostiarra del barrio de Altza, también se acercó ayer hasta el centro donde estudia su hija June. Cuando no es lo habitual. «Hoy me ha tocado hacerme cargo a mí de la niña porque el comedor está cerrado por el paro. Habitualmente suelen venir a por ella o mi mujer o mi suegro. Pero este último está enfermo y mi mujer ha decidido parar en su trabajo para acudir a la cita del Boulevard. Por lo tanto, hoy me toca apechugar», comentaba.

Bikandi coincidía con las declaraciones de Txus al considerar que «me parece perfecto que mi mujer acuda a pedir que las prestaciones de las mujeres se deben equiparar a la de los hombres. Cuanto más dinero ganemos entre los dos en casa mucho mejor para la familia», reflexionaba de forma realista al salir del colegio. Mientras, su mujer que trabaja en una inmobiliaria del centro de San Sebastián se encontraba junto a decenas de mujeres luchando por lograr una sociedad más justa para hombres y mujeres.

Profesión: 'sus labores'

Fuera de Gipuzkoa, la conciliación familiar se hizo patente en muchos hogares. En algunos, como el caso del bilbaíno José Alberto De Luis, 50 años, casado y con dos niños y una niña, es él el que se ocupó de la casa. Pero no es algo que ayer hiciera de forma aislada. «Una vecina del Casco Viejo hizo lo mismo que yo hace un tiempo; dejó su empleo para consagrarse a los hijos, pero si un varón toma esa decisión y es la mujer la que trabaja en la familia, entonces llama la atención. Es triste que sigamos así».

José Alberto, técnico de imagen y sonido, se dedica a 'sus labores' con normalidad. Su pareja, Olga, de 48 años, médico de Osakidetza, está en su puesto en el hospital, y los tres hijos de ambos, Asier, 12 años, Mara (11) y Josu (5), han ido a clase. Solo en casa, ha limpiado las habitaciones, hecho las camas y preparado la comida. Ha encontrado un momento para hablar de una obra de la comunidad con otro vecino del portal y se dispone a hacer las compras del 'super'. Está en danza desde las 6.30 de la mañana y no parará hasta las 21.30, en que se tumbará en un sillón de la sala ante el televisor. «No tengo tiempo de nada», reconoce, aunque no reniega de esa vida, que él eligió después de pensárselo mucho.

«No echo de menos el curro», asegura José Alberto. El suyo era una empresa que montó con tres compañeros de profesión y que trabajaba para ETB, pero hace poco más de dos años descubrió que esa ocupación «había dejado de divertirme» y le dio carpetazo. «Lo hablé con Olga durante una semana», recuerda, y ella lo entendió y le apoyó, pero la pareja tuvo que deshacerse de la chica que los ayudaba en las tareas domésticas, porque los ingresos del hogar se redujeron.

A día de hoy es la mujer la que sostiene la economía familiar, «mientras que yo duermo mejor y... me lo paso bien, aunque algunos conocidos me vacilan (risas)». «Los dos hijos mayores se dieron cuenta del cambio y lo han comentado en el colegio, pero Josu no. Desde pequeñito me ha conocido de amo de casa».

Un día normal de José Alberto arranca a las 6.30, cuando prepara el desayuno a todos. El primero que llega a la mesa es Asier, el mayor, sobre las 19.30. Está el tiempo suficiente para que su madre le dé un beso antes de que ella marche al hospital y él al colegio. Luego vienen Mara y Josu, a los que lleva a clase. «A mediodía -continúa el padre- recojo al pequeño, y a las 13.15 los tengo a todos a la mesa para comer. A las 14.25 salimos de nuevo por la puerta».

Lo siguiente son las meriendas y reunirse con Olga para recoger al pequeño. A veces la pareja se organiza con los hijos de otros vecinos. Después de los extraescolares es hora de cenar, temprano, entre las 19.30 y las 20.30. Josu es el primero en ir a la cama, y un poco más tarde los otros dos.

«Todas estas tareas son un trabajo», recalca José Alberto. «Deberíamos reconocer que nuestras madres trabajaban».

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