Hospitalizado en Donostia el hombre que recorre España en silla de ruedas

José Vidal permanecerá aún varios días en esta habitación del Hospital Donostia./ARIZMENDI
José Vidal permanecerá aún varios días en esta habitación del Hospital Donostia. / ARIZMENDI

José Irala sufrió un ataque epiléptico cuando se encontraba en Eibar

ESTRELLA VALLEJOSAN SEBASTIÁN.

Sus amigos se lo dicen sin reparo, aunque el salero que tanto caracteriza a los andaluces suavice, en cierto modo, cualquier frase por directa que sea: «¡A ti no hay quien te mate!». Y José Irala Vidal (Huelva, 1967) reproduce sus palabras con orgullo, porque en cierto modo él también lo cree.

Este onubense de 50 años lleva la mitad de su vida recorriendo el Estado y parte de África y latinoamérica en silla de ruedas. Cuenta con tantas batallitas a sus espaldas que resultaría imposible contabilizarlas todas, pero la última, un ataque epiléptico a la altura de Eibar, ha sido el motivo por el cual ha llegado a San Sebastián y donde permanecerá ingresado «hasta nueva orden», indica desde su habitación en el Hospital Donostia.

A los seis años de edad una distrofia muscular grave fue deteriorando su musculatura hasta dejarle en una silla de ruedas de por vida. Para visibilizar las dificultades a las que se enfrentan las personas con problemas de movilidad, cuando cumplió los 25 años decidió dar la vuelta a España a los lomos de su scooter para personas con discapacidad física. A aquella primera vez, le siguió una segunda que inició hace algo más de un año y que va completando por etapas.

«Me pusieron una multa de tráfico por circular por el arcén de la autovía de camino a Alicante»

Esta última aventura le hizo partir de Huelva para dirigirse en primer lugar a Galicia, Madrid, Cádiz, Barcelona, Girona, Huesca, Zaragoza, Pamplona, Burgos y Vitoria. De la capital alavesa su intención era llegar a Donostia, pero a su paso por Eibar, relata, empezó a sentirse indispuesto y se acercó a un centro médico de la localidad guipuzcoana. «Me llevaron al hospital de Mendaro, pero me dieron varios ataques epilépticos y consideraron que era mejor trasladarme al hospital de San Sebastián», comenta algo más relajado desde las instalaciones hospitalarias de Donostia. En cuanto le den el alta, se dirigirá al albergue municipal de Tolosa donde permanecerá hasta el próximo día 25, cuando cobrará la prestación por incapacidad que apenas alcanza los 200 euros, y gracias a la cual «podré comprar el billete de regreso a Huelva, en estas circunstancias ya no me atrevo a seguir», explica.

Multas y agresiones

Entre los innumerables contratiempos ante los que se ha visto expuesto en su particular ruta que realiza sin recursos económicos, solo con la colaboración ciudadana, que le facilita comida, dinero, ropa y techo, figura el episodio que protagonizó en julio del año pasado. Partió de Murcia con el único objetivo de llegar a Alicante. ¿Cómo? Por el arcén de la autovía, sin molestar, y a su ritmo.

Así circulaba hasta que escuchó la sirena de un vehículo de la Guardia Civil, cuyo conductor le hacía indicaciones para que se detuviera. El resultado de aquel encuentro concluyó con una multa de cien euros «que tengo bien guardada pero que no pienso pagar», y que se suma a otra sanción que le fue impuesta hace veinte años «por exceso de velocidad al bajar con la silla por el puerto de Pajares», recuerda. Al menos, esta última le ha servido para dejar de lado las autovías y circular «únicamente» por carreteras nacionales y comarcales.

El pasado mes de marzo, mientras circulaba por la N-540 en Santiago (Galicia), se cayó en la cuneta y tuvo que ser auxiliado por la policía local y los servicios de Emergencias. Su incidente provocó al mismo tiempo la colisión de otros dos vehículos que se saldó con un herido leve.

«Cuando me den el alta iré a Tolosa hasta que cobre la ayuda y pueda comprar el billete de vuelta a Huelva»

Siempre acompañado de una mochila con algo de ropa de abrigo, José intenta dormir en los albergues municipales de las localidades por las que pasa, «pero si cae la noche y no hay ninguno a mano, duermo a la intemperie, en la mitad del campo, o donde toque». Superar el frío le resulta duro, pero mayor fortaleza necesita para continuar con su camino después de que le «roben, amenacen y agredan, como me ha sucedido en tantas ocasiones». La última le sucedió en Barcelona, adonde afirma que no quiere volver. «En mi silla suelo llevar una pequeña bandera de España y eso debió irritar a unos que me dejaron hecho polvo», lamenta. Tras pasar varias noches en un hospital barcelonés, «me marché de allí en cuanto pude, pero fíjate que irónica es la vida que en Tolosa una mujer me dio una manta del Barça».

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