Un refugio ajeno al tiempo

Cientos de personas se acercaron a la villa de Artikutza para celebrar San Agustín.
Cientos de personas se acercaron a la villa de Artikutza para celebrar San Agustín. / JOSÉ MARI LÓPEZ

La finca de Artikutza, en Goizueta, abrió ayer las puertas para celebrar San Agustín. El pequeño barrio, adquirido por el Ayuntamiento de Donostia en 1919, acercó a cientos de navarros y guipuzcoanos

PABLO GUILLENEASAN SEBASTIÁN.

Es Artikutza una finca en la que no pasa ni el tiempo. Una vez al año, por el día de San Agustín, vecinos de localidades cercanas se acercan a pie, caballo, bici o coche a pasar el día en una localidad que «está igual que hace treinta años, han pintado alguna casa, pero todo sigue igual». El testimonio lo da Manuel, que vuelve a hacer una de las dos rutas -esta vez en coche- que serpentean los bosques de Artikutza. Desde la Casa del Guarda, que una única vez al año abre la valla que impide el paso a los vehículos, cientos de personas bajan, como Manuel, camino a la plaza que forman las pocas casas que constituyen el barrio.

Cuatro cohetes dan comienzo a la jornada y las campanadas llaman a la misa de las 11. La gente, sin embargo, ya lleva tiempo llenando el pequeño barrio y sus alrededores. Dos senderos llegan hasta la finca, y por sus cuestas grupos de montañeros de todas las edades montan sus mesas para almorzar. Algunos de ellos responden a la llamada de las campanas de la pequeña ermita que corona la finca. Otros se quedan en sus alrededores y prueban los productos que se venden en los distintos puestos. Los actos, tanto la misa como el partido de pelota que se juega al final de esta, no son más que acontecimientos que parece que suceden sin alterar la calma del barrio, refugio cercano que se convierte en punto de encuentro de cientos de fieles visitantes.

Iñigo Uranga, administrador de Artikutza, lleva años disfrutando de este día. «Damos permiso para entrar en coche por San Agustín», explica, «y vienen vecinos de Goizueta, Lesaka y demás pueblos cercanos». Relata que es un lugar muy tranquilo durante todo el año, pero que «es un sitio pequeño y en seguida se llena. Depende del día en que caigan las fiestas y del tiempo que haga viene más o menos gente, aunque hoy es lunes y también se ha llenado».

A la sombra de uno de los laterales de la ermita en la que, aún, el obispo Munilla celebra su homilía, Maritxu, de Goizueta, prepara la comida para sus hijos y amigos. «Son amigos por conveniencia», dice entre risas, «llevo 18 años viniendo y siempre hemos comido aquí, en este mismo costado de la ermita. Nada cambia, todo sigue igual». Dentro, y ante la sorpresa de los asistentes, el Obispo de San Sebastián dirige el oficio. «El párroco que celebra la misa cada año está enfermo y nos pusimos en contacto con Munilla, que ha venido acompañado de su hermano y madre», cuenta Miguel Ángel Díez, concejal en San Sebastián.

Acontece el ambiente

Terminada la misa, los feligreses salen, sin dejar sus bastones, hacia el frontón. Algunos bajan la cuesta sorprendidos por la presencia del obispo. Otros, como Arantxa, donostiarra que visita la finca por primera vez, se muestran más indiferentes: «a mí no me importa quién la oficie, voy a misa porque me gusta, aunque la verdad es que ha sido bonita». Viene acompañada de su marido, que «suele venir a pescar durante el año».

En las inmediaciones del frontón, ajenas a la ceremonia y a los partidos que se suceden desde las 11.30, Araia, Ane y sus amigas pasean por la finca. Con edades entre los 17 y los 19 años, son ya un público fiel de este día especial, al que llevan asistiendo «toda la vida». También vienen de Goizueta, pero aquí las distancias, como el tiempo, parece que se estiran: «la mayoría hemos venido a pie, tenemos dos horas largas desde casa. Veníamos de pequeñas con nuestros padres y ahora seguimos disfrutando del día», cuenta Araia. Sin saberlo, son tan acontecimiento como la misa y los partidos de pelota, y forman parte, junto al resto de visitantes, del mismo ambiente del que disfrutan. «En realidad no vemos los partidos, damos vueltas y disfrutamos del sitio. Comeremos aquí y nos quedaremos hasta después de cenar».

«Llevaba 30 años sin venir y no ha cambiado nada. Han pintado alguna casa, pero todo sigue igual»

«El párroco que celebra la misa está enfermo y nos pusimos en contacto con Munilla, que aceptó venir»

«Una vez al año damos permiso para bajar en coche hasta la villa para celebrar San Agustín»

Terminan los dos partidos de pelota -con victoria para la pareja de juveniles formada por Aizkorbe y Apeztetxea en el primero y de Salaberria y Olaizola III en la categoría de adultos en el segundo-, y el público que rodeaba el frontón se acerca a comer a la plaza, por la que no dejan de pasar coches. «A la tarde hay más movimiento», explica Iñaki, «se mezcla la gente que empieza a irse con la que llega».

Las horas se alargan y los aizkolaris continúan, después de la comida, con el espectáculo que ofrecían los pelotaris por la mañana. De nuevo, el frontón del pequeño barrio quedará rodeado de gente. Así, un día al año, en Artikutza acontecen más cosas. Pero pasar, nada, ni el tiempo.

Más

Fotos

Vídeos