El barco vasco que salva vidas en el Mediterráneo

Un antiguo remolcador donado por la naviera vasca Ibaizabal recorre desde este verano las costas de Libia para rescatar inmigrantes

Refugiados rescatados duermen en la cubierta del barco de rescate ‘Open Arms’, en el Mediterráneo Central. / FERNANDO Á. BUSCA
FERNANDO Á. BUSCAMEDITERRÁNEO CENTRAL

El puerto de Valetta se siente antiguo. Por lo menos 27 siglos desde lo de Ulises con Calipso en la isla contigua. Es cierto que las cosas han cambiado en el Mediterráneo desde la época clásica. La lingua franca ya no es el griego, ni siquiera el latín, los olímpicos han sido sustituidos por otros dioses y los galeotes por el diesel. Pero ciertas cosas no han cambiado. Las cóncavas naves siguen siendo cóncavas, los dioses siguen mal avenidos y la ciudadanía italiana sigue siendo muy útil en la vida.

El 'Open Arms', un remolcador de alta mar durante 40 años donado por la naviera vasca Ibaizabal a la ONG Proactiva Open Arms, cambió este verano el puerto de La Coruña por el de La Valetta para atender la zona de salvamento llamada SAR frente a Libia. Estas aguas son el escenario de una variopinta actividad comercial. Junto a los barcos de la industria pesquera y las plataformas petrolíferas, tráfico de personas. Primer sector, segundo sector y sector servicios.

Desde el 1 de enero hasta agosto 100.000 personas cruzaron a Italia por esta ruta, según datos de la agencia de Naciones Unidas para la inmigración. Sin embargo, desde julio la cantidad de gente que viaja por la ruta libia se ha reducido radicalmente. Oficiosamente se habla de un acuerdo informal del gobierno italiano con el poder dominante en la zona de Sabratha, la familia Dabbashi, para bloquear esta ruta. Un pacto no reconocido por Italia que, de existir, tiene pocos visos de responder como el que la UE firmó con Turquía el año pasado.

«No esperamos una interrupción de las salidas desde Libia». Esa es la opinión de Marco Rotunno, portavoz de ACNUR en Sicilia, en el puerto de Pozzallo durante el desembarco de las últimas 230 personas llegadas desde Libia. Rotunno, además, sugiere que un bloqueo de esta zona no es una mejora de la situación porque «todavía hay cientos de miles de personas en los centros de detención libios».

Durante las 48 horas de traslado desde la zona donde fueron rescatados hasta Sicilia, así es como los refugiados describen Libia: «La peor equivocación que he cometido», «no existe la felicidad», «tratan a las personas como animales», «se matan los unos a los otros», «no respetan a los negros», «todos tienen armas», «los niños tienen kalash (por kalashnikov)», «¿Quién puede ayudarme si no es Dios?». Muchos de ellos han pasado por centros de detención de Sabratha, una ciudad donde hace 1.800 años se representaban obras de Sófocles en el Anfiteatro romano, que todavía sigue en pie.

Últimos rescates en la zona

Los últimos rescates en la zona de Libia se han producido frente a Al Khums, 200 kilómetros al este, en una zona controlada por otras milicias afines al gobierno de Trípoli. En cuanto a las informaciones que especulan con que un cierre de la ruta del Mediterráneo Central pudiera incrementar las llegadas a España, la posición oficial de Exteriores es que «no resulta posible en estos momentos especular».

Los refugiados describen Libia como «la peor equivocación que han cometido»

«Pasada la medianoche embarcan más de cien hombres, mujeres y algunos niños»

«El 'Open Arms', al igual que los barcos de otras ONGs, patrulla apostado a 24 millas de la costa»

Más o menos funciona así: los negros, casi todos de África occidental (Ghana, Burkina Faso, Senegal...) hacen un largo viaje hasta Libia por el desierto a través de Niger. 30 personas por camioneta pick-up. Una vez allí les despojan de posesiones y documentación y los obligan a trabajar gratis. La mayoría, en la construcción. El siguiente paso es el traslado de centro de detención en centro de detención. Los hay regulares e irregulares y no se sabe cuál de los dos tipos es más indeseable. En el último paso, el previo a la embarcación neumática, se suman los árabes (Marruecos, Túnez...). En números más reducidos, también personas llegadas del este (Sudán, Yemen, Bangladesh).

Un día llega la fase más crítica en lo que para algunos es ya más de un año de viaje. Pasada la medianoche, embarcan en la lancha neumática más de cien hombres, mujeres y niños. Llevan lo puesto, agua y comida. También una cantidad de gasolina suficiente para adentrarse en alta mar, pero absurda si el objetivo es alcanzar alguna costa que no sea libia. Para los afortunados, alrededor de 10 horas de navegación por la línea recta que parte el horizonte en dos tonos de azul. Para muchos otros, la muerte. No se conoce a ciencia cierta la cantidad de muertes que se producen en estas aguas porque se sabe que muchas no se registran.

A 24 millas de la costa

El Open Arms, al igual que los barcos de las otras ONG como el Aquarius o el Dignity, patrulla apostado a 24 millas de la costa, el límite de la peligrosa jurisdicción libia en aguas internacionales. Emplea aparatos de rastreo como el radar y los más prosaicos prismáticos, heredados del Alakrana, el barco atunero de Bermeo que fue secuestrado en el cuerno de África en 2009. Pero sobre todo, por medio del contacto continuo con el Centro de Coordinación Marítima de Roma, que centraliza toda la actividad de salvamento en la zona desde la caída de Gadafi.

Cuando se detecta una nueva embarcación, rápidamente se ponen en marcha dos lanchas de intervención, dirigidas en esta misión por sendos patrones donostiarras, Xabier Aranburu y Unai Zabala, dos veteranos de la base de salvamento del muelle de San Sebastián con una larga experiencia de salvamento en las costas vascas, que esta pasada semana rescataron a las 230 personas de Pozzallo.

Y ese momento, el del traslado de las lampa-lampa neumáticas a las lanchas de salvamento, es el instante preciso en el que estas personas pasan de la intemperie legal a estar bajo el porche cubierto del complejo jurídico-moral europeo, que reconoce su derecho a ser rescatados lo justo para no soliviantar a los votantes, preocupados por el paro y la seguridad. Otra cosa es el ingreso al club, que funciona con derecho de admisión.

La llegada a Europa

Una vez cruzado el desmesurado dispositivo desplegado en el puerto, compuesto por un centenar de agentes de policía nacional, agentes del Frontex, personal sanitario, representantes de ACNUR, personal de la Cruz Roja y periodistas italianos, los 230 personas ya han llegado a Europa: Abdellah, un bereber marroquí que fue el traductor oficial con todos los árabes gracias al español con acento andaluz que aprendió trabajando en Melilla; Prince, un joven que dejó a su novio Michael en Nigeria; Derrick, un ghanés de 19 años que quiere ser «un hombre de Dios» a toda costa; Hamid, un yemení que pasó por tres guerras, Yemen, Sudán y Libia, antes de llegar a Italia...

230 historias que los tripulantes del Open Arms se cuentan los unos a los otros con la proa vuelta a su base de Malta. Pero ninguna tan comentada como la de la niña que nació pocos minutos después de que su madre, Peace, pisara la cubierta del barco. Esta mañana, madre e hija siguen recuperándose en un hospital de Palermo. La niña se llama Miracle, está en una incubadora y su historia no ha hecho más que empezar.

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