La Policía ha liberado este año a 30 mujeres de las redes de trata sexual en el País Vasco

Un grupo de mujeres de origen africano ejerce la prostitución en una calle de Bilbao. / CALABOR

En lo que va de 2017, la Policía ha realizado cinco operaciones que se han saldado con 27 arrestos. La última de las redadas se llevó a cabo en una villa de Donostia donde había catorce mujeres y transexuales

JAVIER PEÑALBASAN SEBASTIÁN.

Viven esclavizadas y muchas veces ni siquiera son conscientes de ello, dice la Policía. Son obligadas a ejercer la prostitución, quieran o no. Las organizaciones que controlan sus destinos no les permiten rechazar ningún servicio y a veces trabajan sin descanso. Las mantienen ,en algunos casos, hacinadas, en condiciones infrahumanas. Son víctimas de mafias especializadas en captar mujeres para la explotación sexual. Proceden en su mayoría de África y Suramérica, y en menor medida de países de Europa del este. Y ninguna de ellas quedará libre de esta carga hasta que no devuelvan el dinero que los 'tratantes' adelantaron para que pudieran salir de sus países. A la suma inicial tendrán que sumar los desmedidos intereses que cargan los usureros.

La trata de seres humanos en Euskadi no es una actividad especialmente extendida, pero existe. La semana pasada, el Cuerpo Nacional de Policía informó de la detención de seis personas que mantenían a catorce mujeres y transexuales en una villa en Donostia. Esta operación ha sido una de las cinco que este año ha desarrollado la Brigada de Extranjería y Fronteras del citado cuerpo en la comunidad autónoma.

Las actuaciones policiales han permitido «liberar» en lo que va de año a una treintena de personas en el total de los operativos. La mitad de ellas se encontraban en Gipuzkoa. Además, los inspectores han practicado veintisiete arrestos.

La Policía Nacional tiene detectados tres grandes canales de entrada de mujeres que llegan al País Vasco a ejercer la prostitución de la mano de estas mafias. Son la vía africana, suramericana y la de los países del este de Europa.

Pero no todas estas organizaciones actúan de igual manera. Cada continente tiene su particular 'modus operandi'. En los últimos años se ha observado en Euskadi una mayor presencia de personas venidas de África, sobre todo de Nigeria y Camerún. Según la Policía, las redes que se dedican a esta práctica en suelo africano dirigen sus objetivos a familias expuestas a una gran vulnerabilidad. «Buscan a mujeres jóvenes, algunas menores de edad, en entornos que atraviesan necesidades de supervivencia importantes. Las captan con la promesa de ofrecerles una vida mejor en Europa y se prestan a pagarles el viaje», afirma el jefe del grupo de la Brigada de Extranjería y Fronteras del Cuerpo Nacional de Policía de Bilbao, gran conocedor de la materia.

No son conscientes

Las víctimas, según el experto, no son conscientes del mundo en el que se adentran, y añade que en cuanto dan el 'ok' al trato, comienza para ellas un peregrinar por la denominada 'ruta africana'. «Van cruzando el desierto, en vehículos, a pie, y aunque antes venían más por la zona de Marruecos, ahora se dirigen también a Libia. Desde cualquiera de estos países, en pateras o esas grandes lanchas neumáticas, intentan el salto, ya sea a Italia o España. No obstante, por lo general, a nuestro país entran por Ceuta y Melilla».

Una vez en suelo europeo y en el supuesto de que en su entrada cayeran en manos de la Policía, las mujeres son derivadas al centro correspondiente de internamiento de extranjeros, donde o bien son recogidas por las mafias o abandonan las instalaciones voluntariamente. «Ellas ignoran cómo se gestiona su traslado y se dejan llevar. A su llegada a España, muchas tienen ya el contacto de la persona con la que han de reunirse», afirma el responsable policial.

El viaje constituye toda una «odisea», marcada en muchos casos por continuas agresiones, incluso sexuales. «Algunas llegan a su destino embarazadas», añade.

En el caso de las víctimas africanas, el responsable de la Brigada de Extranjería y Fronteras señala que las organizaciones someten a las mujeres y a sus familias a toda suerte de amenazas a fin de alcanzar sus objetivos. Una de las prácticas más extendidas es la del acatamiento de una ceremonia vudú o 'yuyu'. Esta creencia religiosa, muy arraigada en algunos países africanos, entre ellos Nigeria, inspira gran temor a los creyentes por su poder maléfico. De esta forma, tanto las jóvenes como sus allegados son intimidados con trasladarles la ira de los espíritus del mal si incumplen el pago de la deuda.

Precisamente, la fe de las mujeres en el vudú, unido a las amenazas que dirigen a los familiares que han dejado en su país, permite a las organizaciones ejercer sobre ellas un «control no presencial, sino desde la distancia».

Brasil y Paraguay

La otra gran ruta de entrada de mujeres víctimas de trata conecta Suramérica con Europa. Brasil y Paraguay son, según las fuentes policiales, los principales países de procedencia de las mujeres. «En estos casos son también personas que contraen una deuda para pagarse el pasaje. Sin embargo, a diferencia de lo que sucede con las africanas, en Suramérica muchas veces hipotecan sus casas y la vivienda de sus familiares y por un viaje que cuesta dos mil euros acaban pagando veinte o treinta mil por los intereses que va adquiriendo».

Las mujeres procedentes de estos países terminan, por lo general, ejerciendo en clubes o pisos. «No son conscientes de que son víctimas. Están tan anuladas que incluso hasta les parece normal que les retengan el pasaporte, limiten su libre salida o que no tengan derecho a elegir con quién quieren ir», afirma el mando policial. «La sociedad cree que como están en la calle o en un local, en cualquier momento pueden escapar. Pero no es así. En realidad, están condicionadas por las amenazas a sus familias y a que éstas pierdan sus casas y queden sin hogar».

Las mujeres africanas no se atreven a salir de las redes en parte por temor a las ceremonias de vudú

«Por un viaje que cuesta dos mil euros, acaban pagando veinte o treinta mil a causa de los intereses»

En un mundo tan opaco, resulta imposible establecer cuántas de las mujeres que son captadas parten de sus países a sabiendas de que vienen a ejercer la prostitución. «En el caso de las mujeres provenientes de África, son conscientes de que tienen que saldar la deuda pero realmente no saben cómo. Saben que vienen a trabajar, pero no como prostitutas. Al menos en la mayoría de casos que conozco. Y cuando llegan aquí, ya no hay vuelta atrás. Se encuentran en un país extranjero, sin allegados cerca, no conocen el idioma... Se ven totalmente desprotegidas».

Amaia Lasheras, presidenta de Gu Gaitun y actual directora de Aukera, que presta asesoramiento a las prostitutas, considera, no obstante, que «no son tantas» las personas que llegan engañadas con la promesa de trabajar como asistentas y que posteriormente se ven abocadas a la prostitución. «Desde nuestra experiencia, la mayoría ya saben a qué vienen, aunque es cierto que hay una parte que han sido víctimas de trata».

La lucha que la Policía mantiene contra estos grupos no es fácil. «Lo más complicado para nosotros es obtener la colaboración de las propias víctimas. No confían en la Policía por que desde las organizaciones les adoctrinan para que no lo hagan. Les dicen que es corrupta. Ellas tienen el concepto de los cuerpos de su propio país y de los que han conocido en el viaje. Y piensan que los de aquí son iguales, y no es así. Son muy reticentes a cooperar».

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