Payasos que no siempre hacen reír

Algaraklown transforma el Hospital Donostia con su terapia para niños, con la que pueden sacar tanto una sonrisa como un 'no'

ARANTXA ALDAZ

«La risa no siempre es la mejor medicina», corrige Saioa Aizpurua cuando escucha esa frase hecha. Que la apreciación la haga una payasa descoloca. ¿Acaso los payasos no hacen siempre reír? El detalle que lo cambia todo es que la función cómica tiene lugar en el ala de pediatría del Hospital Universitario Donostia, y «aquí hay niños que no tienen ganas de reír». Pero para ellos también funciona la terapia de Algaraklown. Vestidos con bata blanca y la característica nariz roja, en cuanto cruzan la puerta de la unidad empieza la magia. «Venimos a que se rían, pero también a que puedan decir que no. Hay niños que necesitan sacar ese ‘no’, porque a los médicos no pueden decírselo, y cuando nos lo dicen a nosotros, con gesto serio, a la vez estamos jugando. Nuestro trabajo es mirarles, sacar lo que tienen dentro, que se olviden por un rato de que están en el hospital, transformar su habitación, o los aparatos, en un mundo diferente al hospitalario, un mundo de juegos. Una habitación puede convertirse de repente en una selva, un concierto, o una piscina. Y nos ponemos a cantar o a nadar», escenifica Saioa agitando los brazos.

Paladita y Filipo, bajo cuyo maquillaje se esconden Irene Alkiza y Peio Arnáez, hacen una demostración de su poder para despertar las emociones y romper esa barrera invisible que hay en cada habitación de hospital. De repente nos encontramos con una estrella del teatro que concede una entrevista a unos periodistas un tanto peculiares. El momento surrealista, con Paladita micrófono en mano, despierta la risa de todos los presentes, adultos incluidos. «Me hace gracia», responde el protagonista, Unai Lasarte Ayesa, que continúa con el show metido en su papel y se olvida de que en realidad está ingresado para que le realicen varias pruebas porque tiene un reflujo que le impide prácticamente comer.

Sin guión, los payasos improvisan y dan una lección de cómo meterse al público en el bolsillo con un par de frases. «¿Cómo se llama eso? Lo tengo en la punta de la lengua», y Filipo ausculta la lengua a Paladita. El truco funciona. Aroa González Manso se encoge en su cama de la risa. Raquel, su ama, y Mari y Pedro, sus abuelos, también se contagian. «Se agradece mucho este rato, que les entretengan», dice la madre. «El trato en el hospital es familiar y de mucho cariño. Las enfermeras son encantadoras», remarca la amona, más tranquila una vez sabido que la nieta recibirá el alta en pocos días. A Aroa le tuvieron que ingresar por una infección producida por un flemón. «Se le subió hacia el ojo y casi no podía ni abrirlo. Le dolía muchísimo al masticar. Ahora ya está mejor». La cría lo confirma al desvelar su secreto. «He comido chocolate», confiesa.

«Una habitación puede convertirse en una piscina, y un gotero en una máquina espacial» Saioa aizpurua,

La actuación de los payasos en el ala de pediatría se basa en la improvisación «de saber lo que a cada niño le apetece en cada momento, de respetar lo que digan», pero en el fondo hay mucho trabajo previo por detrás, primero de formación, y después de colaboración con los profesionales sanitarios de la planta.

La idea de recetar sonrisas a los niños y niñas ingresados en un hospital surgió en Estados Unidos, de la mano del médico Patch Adams, y luego fue exportándose a diferentes países y ciudades. En España, el proyecto caló enseguida en Madrid, Barcelona, Murcia, Valencia... Pero en Donostia no existía un programa concreto, aunque en el Hospital ya estaban acostumbrados a recibir las visitas de Porrotx, fiel colaborador de la asociación de padres de niños oncológicos Aspanogi. El centro siempre se ha destacado por ofrecer un abanico de actividades educativas y de ocio par los niños y niñas ingresados. Por estas fechas, el trajín en los pasillos de pediatría es inevitable. Ya llegó el Olentzero, y próximamente, lo harán los Reyes Magos y los jugadores de la Real Sociedad.

Hace seis años, Saioa Aizpurua y Amparo Miguel, otra de las fundadoras de la asociación Algaraklown, tomaron la iniciativa y llamaron a las puertas del centro sanitario con un proyecto bajo el brazo. Venían de formarse en clown en Madrid, y más específicamente, en clown de hospital, porque es un trabajo particular y diferente al de un payaso cómico en la calle. Utilizan todos los trucos tradicionales, pero por encima de todo deben adecuarse al entorno hospitalario en el que aplican su terapia. «Por ejemplo, no se puede levantar mucho la voz. Hay que tener especial cuidado con la limpieza del material o saber que los espacios en que te mueves son pequeños. Por supuesto, hace falta empatía, cariño y atender a las necesidades del niño». De realizar visitas cada quince días, han pasado a estar dos veces por semana, tanto en las salas de pediatría del hospital como en la planta donde están ingresados los chavales. Este año, por primera vez, también les acompañan en el proceso operatorio y se quedan con ellos en esa eterna espera antes de entrar a quirófano, cuando ya se han despedido de sus padres. Su trabajo es voluntario y el trabajo que hacen es completamente altruista.

Con información previa

Los payasos meten la pata constantemente, un papel cómico que bordan. Pero cuando se trata de llevar al paciente a un mundo de juegos, no puede haber margen de error. Antes de que se inicie la función, y las narices rojas hagan su efecto positivo, se reúnen con las enfermeras de planta para que les proporcionen la información de cada niño ingresado, cuál es su dolencia y cómo se encuentran ese día. «Esos datos son importantísimos. Si un niño ha sido operado de apendicitis, quizá no pueda reírse porque le hace daño. O puede haber un niño sordo, o que haya sido recién operado y esté todavía un poco adormilado. No podemos meter la pata», recalca Saioa.

Paladita y Filipo cumplen a la perfección su cometido. Después de las entrevistas en la habitación de Unai y Aroa, tocan la puerta tras la cual descansa el pequeño Aner. No tiene el cuerpo para mucha fiesta y, al principio, les despacha con un «agur». Los payasos no se sorprenden. Saben lidiar con estas situaciones y, sobre todo, ganarse al chaval. De forma más delicada, casi prácticamente sin hablar, Aner va entrando en su mundo. Unas pompas de jabón se suspenden del ambiente cargado de la habitación. El recurso funciona. Aner sonríe. Suficiente. Su madre, Igone, agradece este momento. El pequeño, de dos años y medio, estará ingresado al menos una semana más.

Los trucos son tan infinitos como la imaginación permita. Saioa, que se mete en la piel de Pantxineta, suele ser la encargada de acompañar a los niños que van a ser operados. «La mayoría, sobre todo los más pequeños, no saben a dónde van. Sus padres les dicen que les van a sacar una foto. Todo lo que les entretenga es bueno para ellos», destaca Ana Arnal, enfermera supervisora de la planta. Saioa coge uno de esos palos de madera de médico y lo convierte en una raqueta. Tumbados en sus camas, los chavales empiezan a jugar con ella. Un gotero también puede convertirse en una máquina espacial. Otras veces el depresor lingual, que así es como se llama el artilugio, hace de micrófono y se arrancan con una canción.

Una magia que se queda

Cuando se quitan la nariz roja y se desmaquillan, las emociones que han vivido dentro afloran de forma inevitable. «¿Un trabajo duro? Yo no utilizaría ese adjetivo. Lo que impresiona es la fuerza que logran sacar esos niños para hacer frente a su enfermedad. Y parte de esa fuerza se te queda para ti. Nos dan mucho más de lo que nosotros les damos a ellos», refleja Saioa. Saben que esas sonrisas a veces son transitorias, pero les vale con esa descarga, que procuran reactivar en cada visita que hacen. Su magia, además, traspasa las habitaciones. La risa que provocan genera un clima que permanece cuando ellos se van. Cada vez más integrados con el equipo sanitario, médicos, enfermeras, auxiliares y limpiadoras, se prestan al juego y, sin dudarlo, son capaces de ponerse unas orejas de reno cuando toca administrar el antibiótico a un crío. La sonrisa la llevaban puesta antes de que llegaran los payasos al hospital, pero ahora tienen buenos maestros para intentar alegrar una estancia a veces dolorosa.

Ponte un corcho de botella como nariz y regala sonrisas

Las asociaciones de payasos que acuden a los hospitales se autofinancian con fondos que recaudan a través de diferentes actividades benéficas. Por quinto año consecutivo, la empresa Maset, de vinos y cavas, junto con siete ONGs, entre las que se encuentra la guipuzcoana Algaraklown, han lanzado la campaña #porun2018denarices. La idea es sencilla. Solo se tiene que coger un tapón de vino o de cava, simular con él una nariz de payaso, hacerse una foto divertida y compartirla en Facebook, Twitter o Instagram con la etiqueta mencionada. Por cada foto compartida, la empresa donará 5 euros a la acción social de estas ONG. La fecha límite es el 7 de enero y entre los participantes se sorteará un lote de productos. Además, mañana a las 11.30 horas, los niños de El Estudio Arte Akademia subastarán sus pinturas en la galería Vetustart (calle Hernani, 21 de San Sebastián) para que los payasos de Algaraklown pongan una pizca de alegría en las vidas de los niños enfermos. El precio por asistencia es de 15 euros.

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