Ojos guipuzcoanos en Centroáfrica

Alfredo Torrescalles, con el general Seleka Abderkader Khalil, durante el rodaje de su documental. / DV

Alfredo Torrescalles visibiliza la «ley de la selva» que impera en un país con el que Gipuzkoa colabora. El periodista narra en un documental la realidad del lugar al que quiere volver en noviembre, y donde sobrevive un obispo cordobés con ayuda del también donostiarra Mikel Mendizabal

AMAIA CHICOSAN SEBASTIÁN.

Alfredo Torrescalles está intentando abrir los ojos al mundo sobre la «ley de la selva» que impera en República Centroafricana. Este productor de documentales donostiarra habla de odio, de una escalada de violencia infernal, de un Estado fallido, de mutilaciones, de degollamientos... Una anarquía que ha alcanzado, en los últimos años, cotas de terror inimaginables y que Alfredo, al igual que el guipuzcoano Mikel Mendizabal, quieren hacer visible. Por diferentes circunstancias, ambos conocen la realidad de un país que «la mayoría de la gente no sitúa en el mapa», y ahora se esfuerzan por explicar el abismo en el que está sumido un Estado sin ley con el que Gipuzkoa -empresas, hospitales, ayuntamientos... del territorio- colabora desde hace mucho tiempo, gracias a Mendizabal y a un hombre, clave en una región del país y nexo de unión entre ellos dos, que sigue allí. Sobrevive y hace frente a la barbarie.

Alfredo y Mikel mantienen una estrecha vinculación con el país precisamente a raíz de conocer al obispo de Bangassou, Juan José Aguirre. Un cordobés que lleva más de 30 años en el sudeste del país, y que en los últimos tiempos va narrando desde allí, con mensajes dirigidos incluso al Papa, las atrocidades que él mismo está presenciando a las puertas de su diócesis, de la que él no piensa moverse pese a los ataques recibidos.

«El país es ahora mismo un polvorín», advierte Alfredo Torrescalles, que tuvo su primer contacto con Aguirre y con el país hace tres o cuatro años. «Buscaba a personas que permanecieran en lugares de conflicto cuando la mayoría se iba». Y encontró al obispo de Bangassou, una ciudad de unos 35.000 habitantes, a un río de separación de la vecina República Democrática del Congo, donde Aguirre después de décadas en el terreno había conseguido ejercer como 'autoridad' pacificadora entre las milicias antibalakas (no musulmanes), «supuestamente cristianos, aunque de cristianos no tienen nada», describe el periodista, Selekas (musulmanes) y etnias de creencias animistas que malconviven en un territorio más extenso que Francia y Benelux juntos, pero solo con 4 millones de habitantes.

«El país se independizó en el 60 y desde entonces, cada diez años, un grupo se ha hecho con el poder, casi siempre a la fuerza», cuenta Torrescalles como somero resumen de una compleja realidad donde se mezclan religión, muchas armas y sobre todo, ansias de poder y dinero. «Pero en el último asalto», en marzo de 2013, esa «alternancia», con implicación «de una coalición de fuerzas islamista, vista como 'extranjera'», pasó del «enfrentamiento religioso» que, con muchos matices y derivadas, había generado hasta entonces la inestabilidad en el país a una pugna de líderes étnicos y 'señores de la guerra' por el dinero y la explotación de un territorio rico en minerales preciosos. A partir de ahí, el abismo.

Las luchas descarnadas por controlar «los recursos naturales, los diamantes», y la «degradación moral y desaparición de los códigos de respeto y convivencia que existían» han convertido a todo el país, también a Bangassou, en la jungla, asegura Alfredo. «Es la ley de la selva, matan a su vecino de toda la vida, a cuchillo, a machete», sin contemplaciones. Y a ese escenario, 'protegido' por los cascos azules de la ONU que patrullan el país «pero muchas veces no actúan ante atrocidades», quiere volver el donostiarra el próximo noviembre para elaborar otro documental que, como el primero que rodó entre 2015 y 2016, muestre el actual estado de las cosas un año después.

Onkologikoa donó hace años un quirófano que se instaló en la selva, y ahora han destruido

«La lucha por el poder y los diamantes» y la «degradación moral» explican la barbarie

Está «pendiente del permiso -complicado- para acompañar a un convoy de la ONU en el recorrido de 800 kilómetros entre la capital, Bangui, y Bangassou. Quiere contar lo que pasa, asegura. Y esa «es la única manera de realizar un trayecto» 'balizado' por «20 barreras controladas» por grupos de las dos milicias enfrentadas -selekas y antibalakas-, pero también por otros grupos armados. «No voy tan tranquilo como la vez anterior», reconoce mientras recuerda algún susto en su anterior viaje, «aunque sin llegar nunca a temer por mi vida».

'Los párpados cerrados'

Entonces, fue la primera vez que pisó el terreno, cuando el obispo Aguirre, con el que ya había contactado un año antes, «me llamó y me dijo que era el momento para ir» y hacer el documental que le propuse sobre el país, y que desde entonces mueve y pasa por festivales, universidades o foros de debate para visibilizar «un conflicto olvidado» en el corazón de África. Y hacerlo a través de un relato «humanista», sin «buenos y malos».

'Los párpados cerrados de Centroáfrica' es la primera incursión de Alfredo, junto a la vizcaína Berta Mendiguren, cónsul honoraria en Bangui (la capital), en un país vinculado desde hace años a Gipuzkoa, a través del mencionado obispo Aguirre y de Mikel Mendizabal. Este activista incansable conoció a Aguirre hace años en unos ejercicios religiosos. Y el «flechazo», como el de Alfredo, fue instantáneo. «Es una persona con una magia especial», coinciden. «Que va más allá de lo religioso», añade Torrescalles, quien describe la 'pasta' de Aguirre poniendo solo un ejemplo: «Hace unos meses actuó como escudo humano para proteger a 2.000 musulmanes que se habían protegido en su diócesis de las milicias antibalaka (cristianos), lo que le supuso abrir un frente con ellos».

Tras aquel encuentro fortuito hace más de una década, Mikel viajó una vez a Bangassou animado por el obispo. Y desde entonces no ha dejado de colaborar con su diócesis y con la «asistencia sanitaria» o educacional que durante años llevó a ese pequeño rincón de Centroáfrica a ejercer cierto «ejemplo» en el resto del país.

Hasta Bangassou ha llegado dinero donado por empresas guipuzcoanas, pero sobre todo, material de lo más diverso: equipamiento sanitario, ropa, calzado, bicicletas... Cualquier donación que pueda ayudar a unos habitantes que ahora intentan, en su acepción más estricta, sobrevivir al «terror arbitrario» y a «la falta de autoridad, de seguridad policial y jurídica» que gobierna la República Centroafricana. Un hecho agravado por la «desconfianza absoluta» que la población tiene ya en cualquier gobernante o autoridad interna o externa que supuestamente acuda en su ayuda, apunta el periodista.

Mikel atiende con sumo interés unas explicaciones que quiere, por eso, que lleguen al máximo número de guipuzcoanos posible, a quienes quiere seguir removiendo conciencias para continuar con la ayuda que, por ejemplo, permitió instalar literalmente en «medio de la selva» uno de los quirófanos que Onkologikoa donó hace varios años. Pero «hace un mes y medio, llegaron los balakas y arrasaron con todo», lamenta el productor de documentales donostiarra, que no podrá llegar a Bangassou en su próximo viaje si no le dan el permiso.

Allí permanece Aguirre y la parte de la ayuda guipuzcoana que Mikel quiere seguir enviando a través de la fundación que lleva el nombre del obispo, y por la que la población de Bangassou «ha llevado camisetas de la Real, de Loreak Mendian, o de Kukuxumuxu», cuenta el guipuzcoano, que de vez en cuando recibe con satisfacción y curiosidad ese tipo de fotos. Mikel no piensa en volver. Prefiere ofrecer su apoyo desde aquí. Pero quiere ayudar a Alfredo en la difusión de los documentales que muestran la realidad que vive un país con la mayoría de su población armada.

«Se pueden comprar kalashnikov por diez euros y granadas de mano por uno», da cuenta el periodista. Y donde ya no hay civiles «voluntarios» y donde organizaciones no gubernamentales como Médicos sin Fronteras han tenido que evacuar a su personal porque sus centros sanitarios han sido atacados, y «nadie les garantiza la seguridad», retrata Alfredo Torrescalles.

El periodista no quiere cerrar los ojos, ni que nadie lo haga, ante el caos en el que se sume Centroáfrica. Pero, como concluye Aguirre en su documental, evocando las palabras de una joven mujer que llegó a su diócesis «sin ganas ya de vivir» en esa tierra: «Dios nos dio los ojos para ver, pero también nos dio los párpados para cerrarlos».

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