El obispo de San Sebastián ofició la homilía en Artikutza

En una ermita que corona la pequeña finca, José Ignacio Munilla sustituyó al párroco, que no pudo asistir a la cita

P.G. SAN SEBASTIÁN.

«Alguno se sorprenderá de mi presencia hoy aquí». Así empezó José Ignacio Munilla, obispo de San Sebastián, la homilía celebrada ayer en la ermita de Artikutza por el día de San Agustín, que cada 28 de agosto reúne en la pequeña finca a cientos de vecinos de las localidades cercanas. El pequeño edificio, a rebosar, fue adquirido, junto a las 3.700 hectáreas que conforman la finca, en 1919 por el Ayuntamiento de Donostia. El motivo, controlar y garantizar que el agua que abastecía la ciudad fuera limpia y apta para el consumo.

«Es una villa que los donostiarras sentimos muy nuestra», explica el obispo, «así que cuando nos avisaron de que el párroco que suele oficiar la misa estaba enfermo no quisimos que el día San Agustín quedara sin celebración». Dentro de la ermita descansa la Virgen de Roncesvalles, que guarda también la esencia de una localidad suspendida en el tiempo. «Me ha impresionado que el guarda se llame Agustín, y que sea hijo, también, de Agustín. Parece que la esencia se perpetúa». Viene acompañado de su hermano y su madre, que al finalizar el oficio conversan con el resto de fieles mientras bajan la cuesta que conduce a la plaza del pueblo.

En la finca no hay cobertura y apenas si llega la radio. Es, durante todo el año, un paraíso de paz y tranquilidad, un refugio cercano. Por San Agustín, cada 28 de agosto, cientos de visitantes y feligreses se acercan a la villa a disfrutar de su aire puro y su calma. Este año, pese a la ausencia por enfermedad del párroco, y a pesar de que el edificio pertenece a la Diócesis de Pamplona, Munilla ha oficiado una misa en un marco incomparable, una vieja ermita que corona una finca atemporal, rodeada de los árboles que se plantaron desde 1919 para proteger las aguas de su pantano.

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