«Nunca llevé bien el hecho de ser adoptado»

Búsqueda de orígenes

Manuel afirma que conocer a su madre y a sus hermanas biológicas es «lo más importante que he hecho»

Aiende S. Jiménez
AIENDE S. JIMÉNEZ

Si pudiera echar el tiempo atrás, Manuel -nombre ficticio que utiliza para no revelar su identidad-, hubiese cambiado la forma en la que supo que era adoptado. Sus padres se lo contaron a los ocho años, una edad muy tardía, a su parecer. Además, fue un tema tabú en su casa, lo que complicó aún más que pudiera aceptar su realidad con una mayor naturalidad.

«Creo que los niños adoptados deben saber que lo son desde el principio, desde pequeños, porque es algo que tarde o temprano van a acabar sabiendo. Cuanto más tarde, peor», afirma Manuel, que actualmente vive en el extranjero. «Si se esconde y se trata el tema con tensión, como hicieron mis padres, parece que ser adoptado es algo grave, como una especie de pecado, y eso acaba afectando al pequeño», asegura.

Ese secretismo le influyó durante su desarrollo. «No lo asumía, era algo que no podía hablar con nadie», reconoce. Fue durante el tiempo que vivió en Sudamérica cuando pudo por fin reconocer públicamente que era adoptado y cuando sintió la necesidad de emprender la búsqueda de su madre biológica. En 2015 se dirigió a los servicios sociales de la Diputación de Gipuzkoa, ya que sabía que fueron ellos los que habían gestionado su adopción. «Me aconsejaron que fuera paso a paso, y me alegro de haberlo hecho así», señala Manuel.

En su caso, él no era el único que había querido buscar. «Mi madre preguntó por mí en 2007, y me dejó una carta escrita con unas fotos y su teléfono de contacto por si algún día me decidía a buscarla», cuenta Manuel. Tras leer la carta, decidió ponerse en contacto con ella y tuvieron su primer encuentro en enero de 2016.

«No solo conocí a mi madre biológica, también a sus dos hijas, mis hermanas, que tuvo después de haber nacido yo». Su madre biológica, natural de Irun, le contó que se quedó embarazada siendo muy joven y que el padre la abandonó, así que no vió mejor salida para su bebé que darlo en adopción a otra familia. «Pero ella nunca ha dejado de pensar en mí. Me contó que en mi cumpleaños siempre compraba pasteles para sus hijas, aunque no les decía por qué, y que en esos días siempre estaba muy enfadada», afirma Manuel. «Ella ha vivido toda la vida con esa falta, y creo que gracias a haberme conocido esa mujer va a vivir el resto de su vida en paz, y yo también», reconoce.

Después de aquel primer contacto se han vuelto a ver una vez más, y Manuel se intercambia emails con sus hermanas de vez en cuando. «No es una relación diaria, porque es algo que hay que tomar con tiempo, pero me parece que ha sido poner las cosas en el orden que tenían que estar en mi vida», señala. Para él ha sido un proceso «muy intenso», pero también «una de las cosas más importantes que he hecho en mi vida».

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