Las noches de un sonámbulo

Trastornos del sueño

El donostiarra Asier Rekalde supo que era sonámbulo cuando con 10 años se despertó en el barrio de al lado

Asier Rekalde es sonámbulo desde que tiene diez años, pero ha aprendido a convivir con ello y a verlo «con sentido del humor»./M. Fraile
Asier Rekalde es sonámbulo desde que tiene diez años, pero ha aprendido a convivir con ello y a verlo «con sentido del humor». / M. Fraile
Estrella Vallejo
ESTRELLA VALLEJO

Ser sonámbulo no supone un problema de salud. Despertar a aquellos que se levantan por la noche no va a causarles ninguna afección cardíaca y ya puestos a romper falsos mitos, aquellos que padecen sonambulismo tampoco caminan con los ojos cerrados y mucho menos con los brazos estirados al estilo zombie.

Si no, que se lo pregunten al taxista que hace cosa de veinte años se topó con Asier Rekalde (Donostia, 1991) cruzando la carretera de madrugada completamente dormido. ¿Llamaban la atención sus andares? En absoluto, lo que realmente hacía sospechar que algo raro pasaba era ver a esas horas por la calle a un chaval de diez años, solo, descalzo y en calzoncillos.

Aquella fue la primera vez que este donostiarra tuvo un episodio de sonambulismo. Bien entrada la noche. Salío de casa de sus padres, en el barrio de Bidebieta, cruzó la carretera y llegó a una zona en obras de La Paz. Algo le hizo despertarse y regresó a su casa, pero como antes de emprender su paseo nocturno no tuvo en cuenta coger las llaves, no le quedó más remedio que tocar el timbre. Sus padres, tan sorprendidos como asustados, abrieron la puerta ojipláticos al ver a su hijo al otro lado de la puerta.

A partir de aquel momento, el niño fue foco de preguntas y más pregutas que no era capaz responder. ¿Qué te ha pasado? ¿Cómo te sientes? ¿Por qué has salido de casa?... «Estaba muy confuso y no sabía explicar por qué me había escapado». Asier utiliza ese verbo tan acertado: «Escapar», que encaja perfectamente con la explicación que da el doctor Juan José Poza, médico adjunto de Neurología del Hospital Universitario Donostia y Onkologikoa Logic: «Muchas veces los pacientes refieren tener la sensacion de que hay alguien en la habitación, que hay bichos que normalmente les provocan cierto temor o incluso perciben réplicas de aquello a lo que tienen fobia. Durante el episodio hablan, se dedican a buscar cosas, deambulan tratando de huir de una situación. Se pueden dar caso, aunque son menos frecuentes, de pacientes que van al frigorífico a comer aquello que les gusta, habitualmente de alto componente calórico», expone.

Un ciclo completo del sueño dura entre 70 minutos y dos horas, y se repite entre tres y cinco veces a lo largo de la noche. Los episodios de sonambulismo, que no dejan de ser un estado intermedio entre la vigilia y el sueño, suceden durante la tercera o cuarta fase del sueño No Rem y por eso suelen protagonizarse a los 40 minutos desde que el sujeto se acuesta.

Algunos estudios revelan que el 30% de la población infantil puede tener episodios de sonambulismo, aunque también se dan falsos positivos

El caso de Asier es singular porque es capaz de recordar todo lo sucedido una vez que su cerebro vuelve a hacer ‘clic’. «Cuando me desperté en las obras era perfectamente consciente del recorrido que había hecho y recordaba la cara de alucinado del taxista que me dejó cruzar el paso de cebra. Es una sensación muy complicada de explicar...», dice pensativo.

El siguiente paso en esa búsqueda de una explicación fue visitar al neurólogo. Pero el hecho de verse en una habitación con la cabeza llena de cables y sus padres observándole a través de un cristal, no hizo sino generarle mayor confusión y estrés al pequeño.

Sus padres instalaron una alarma en el hogar que se activaría en caso de que Asier intentara salir de casa, una gran idea teniendo en cuenta que siguió levantándose cada noche durante más de un mes. Al cabo de media hora desde que se acostaba, volvía a ponerse en pie e invitaba a su madre, que ya tenía la lección aprendida y le esperaba despierta en el sofá, a desempeñar distintas acciones. «La mayoría de veces eran cosas sin sentido. Le decía ‘vamos a ordenar las mantas del sofá que están desordenadas’, por ejemplo. La frase siempre era ‘Vamos a...’. Andar me relajaba», señala Asier.

Aunque no se volvieron a repetir episodios tan intensos como el primero, el problema de los posteriores fue que cada noche que este donostiarra se levantaba de la cama, lo hacía con altos niveles de angustia, agobio y miedo. «Me despertaba sudando, con un estrés brutal y una sensación de temor horrorosa no sé muy bien a qué. Entonces empecé a cogerle miedo a ir a dormir porque sabía que se iba a volver a repetir».

Probaron varias técnicas, entre ellas de relajación, hasta que el doctor indicó a los padres que sería preferible «hacer como que no pasaba nada y dejar de hablar continuamente del tema. De esa forma, con el tiempo, me empecé a olvidar y la frecuencia entre episodio y episodio fue siendo cada vez mayor».

«¿Dónde están las palomas?»

Aunque el sonambulismo en niños o adolescentes es más común, no significa que en adultos no suceda, sobre todo si la persona que lo padece está expuesta a desencadenantes como lo son el estrés, el cansancio, la ansiedad o el alcohol.

En el caso de Asier, ya «solo» protagoniza del orden de dos o tres episodios fuertes al año, «de unos 20 minutos de duración». Dice haber aprendido a controlarlos, pero sobre todo, a vivir su trastorno del sueño «con mucho sentido del humor».

A sus paseos nocturos tuvieron que acostumbrarse igualmente sus compañeros de piso. «Al principio no entendían nada y me intentaban ayudar insistiéndome en que me fuera a la cama, pero ahora me siguen el rollo, me empiezan a hacer preguntas y yo contesto, hasta que la cabeza me vuelve a hacer clic y me despierto. Entonces veo la situación, me empiezo a reír y me voy a la cama», explica.

A sus 26 años tiene anécdotas sobre sus paseos nocturnos como para escribir un libro. Desde aquella vez que volviendo a Donostia desde la ciudad condal en el autobús nocturno, bajó a comprarse un bocadillo de tortilla a las tres de la madrugada en la parada que hacía el servicio en Zaragoza, a cada vez que le da por hablar pero mezclando las palabras. «Una noche, hace no mucho, no paraba de decir a mis compañeros de piso ‘¿Dónde están mis palomas’, cuando lo que en realidad buscaba, no sé muy bien para qué, eran las zapatillas de casa’, dice entre carcajadas.

Más noticias

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos