«Un niño no tratado a tiempo puede tener secuelas de difícil solución a futuro»

En separaciones conflictivas «prima el ataque contra la expareja, en vez de analizar la repercusión en el menor», indica el psicólogo Luis Vallejo

ANE HERNANDORENA

Los casos se cuentan a decenas y a los profesionales no les queda más remedio que resignarse ante una norma que impide el tratamiento psicológico de menores si no hay consentimiento por parte de ambos progenitores, a menos que lo dictamine el juez. «La norma es adecuada», señala el psicólogo infantil y adolescente, Luis Vallejo. Pero matiza: «Siempre que la relación entre los padres sea buena». Apunta que para todo profesional que trabaje con menores es «importante» contar con la colaboración de ambos progenitores. Pero es en caso contrario, cuando el margen «dicha norma nos limita», insiste.

Una de las cuestiones que más impotencia hace sentir a los profesionales es que independientemente del motivo que haga que la relación entre los padres no sea la adecuada, «ya sea por oposición a su expareja o incluso en los casos más extremos como que uno de ellos presente un trastorno psicopatológico, haya sido denunciado de malos tratos o consuma sustancias tóxicas», se necesita el consentimiento firmado por ambos.

La situación más común en separaciones conflictivas es «la defensa del criterio propio y el ataque contra la expareja, en lugar de analizar la repercusión que la separación puede tener sobre el menor». En estos casos, indica Vallejo, el menor termina sufriendo las consecuencias del conflicto parental, y queda «en una situación de desprotección preocupante que puede cronificarse con unas secuelas psicológicas de difícil solución a futuro», censura.

La situación se agrava en aquellos casos que se prolongan durante varios años, no ajenos a enfrentamientos en el juzgado, sentencias e informes psicosociales. Mientras el proceso se enquista, «el menor puede presentar alteraciones emocionales, ansiedad, depresión, ideas suicidas, comportamientos agresivos, problemas académicos...» enumera el psicólogo donostiarra quien agrega además «que cada uno de los progenitores suele tener su propia argumentación de por qué está así su hijo».

La abogada María Montaña López no puede evitar mostrar su enfado. Al igual que Vallejo, ha sido testigo de muchos casos en los que los menores han sido la moneda de cambio para perjudicar a la expareja y por tanto, la parte más perjudicada de la ruptura matrimonial.

La letrada lo ejemplifica con un caso real. Una pareja se separa. El quebrantamiento de la orden de alejamiento del marido hacia su mujer y episodios de violencia hicieron que ingresara en prisión. «El hijo mayor de tres años acudía a las visitas de su padre con la ilusión propia de un niño, ajeno a qué ha hecho su padre, mientras que él aparecía drogado o no aparecía».

López apunta que cinco años después, el menor que ahora tiene 8 años, ha desarrollado un trastorno psicopatológico «con episodios de ira en los que empieza a gritar que se quiere morir, cinco profesoras no eran capaces de sujetarlo». Y el problema se repite. Para la atención psicológica «urgente» que requiere el menor, es precisa la autorización de ambos. «En caso de solicitar al padre el permiso, el menor debería ser previamente examinado y ese proceso se podría extender más de lo debido. Es alarmante la desprotección del menor en muchos casos», denuncia.

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