Dos mujeres a la semana se refugian del maltrato en pisos de acogida en Gipuzkoa

Un piso que da cobijo a mujeres que huyen del maltrato en Gipuzkoa. Muchas tienen hijos menores y con ellos se trasladan a estos hogares./Lobo Altuna
Un piso que da cobijo a mujeres que huyen del maltrato en Gipuzkoa. Muchas tienen hijos menores y con ellos se trasladan a estos hogares. / Lobo Altuna

Las seis denuncias contra un piso foral ponen el foco en el sistema de atención, que dio cobijo a 151 víctimas en centros y a otras 688 con ayuda psicológica en 2017

Arantxa Aldaz
ARANTXA ALDAZ

«Ama, no le aguantes más». En numerosas ocasiones, el portazo al maltrato suele detonarse cuando las mujeres toman conciencia del daño provocado en los hijos por esos años larvados de violencia conyugal. Ese basta, que algunas víctimas ni siquiera logran entonar, atrincheradas en el infierno de sus casas, cierra un capítulo oscuro, y abre otra etapa necesaria, aunque nada fácil. «Es una ruptura traumática de un hecho traumático», resume el drama Mariángeles Álvarez, coordinadora del área de igualdad del Colegio de Psicología de Gipuzkoa, y una de las personas encargadas de que esas mujeres «valientes» puedan reconstruir sus vidas. La decisión de abandonar al hombre que la maltrata puede ser resultado de un largo tiempo de reflexión, pero también puede desencadenarse en cuestión de horas tras un episodio violento que ha requerido la presencia policial en el domicilio. Entonces, y a partir de un protocolo en el que intervienen los agentes, trabajadores sociales y judiciales, forenses y sanitarios, a veces la única salida es huir de casa. ¿A dónde?

Además

Al miedo, al sentimiento de anulación, al terror a los hombres, a la vida a escondidas, hay que sumarle otro factor en contra: la falta de recursos, no exclusivamente económicos. Hay mujeres que carecen de ayuda familiar, o que simplemente están solas (como las víctimas extranjeras), y otras que, aún teniendo ese apoyo, no pueden instalarse en el hogar de un allegado por falta de espacio -suelen tener hijos o no son hogares seguros frente a la presencia del agresor-. Para ellas se articuló una red especializada de casas de acogida, que hacen de refugio temporal hasta que mejora su situación y encuentran un alojamiento. Las seis denuncias presentadas esta semana contra un centro de la Diputación, gestionado por la empresa Fepas (con sede en Zaragoza) han puesto el foco sobre el modelo de atención, que el año pasado dio cobijo a 83 mujeres junto con sus hijos (un total de 68 menores) en pisos y a otras 688 que recibieron ayuda psicológica.

La gravedad de las quejas, que han destapado un supuesto trato «humillante» por una parte de las trabajadoras, «condiciones de insalubridad» y «abandono total», ha estallado contra el sistema. Tanto Diputación como Ararteko, a quien se han dirigido las afectadas, quieren poner respuesta «lo antes posible» a las dudas sembradas sobre la atención prestada en un tema de gran sensibilidad social, como es el apoyo a las mujeres víctimas de la violencia de género. La Diputación asume que está en juego «el buen nombre» del servicio, pero ante todo, quiere blindar de garantías esa red de seguridad que construyen las instituciones públicas para apoyar a las víctimas del maltrato. Sea cual sea la conclusión de la investigación -la suya y la del Ararteko-, ha anunciado que será «implacable» para que no vuelva a repetirse.

Cada vez más complejos

Los recursos residenciales para atender a las mujeres víctimas de la violencia de género pivotan sobre los servicios sociales de la Diputación, pero los ayuntamientos de más de 20.000 habitantes también tienen que reservar plazas para la acogida urgente de estas mujeres, que se enfrentan al problema con otro problema. Huir del maltrato es para muchas la llave a la supervivencia, pero pueden encontrarse sin recursos, con hijos a los que cuidar, y además afectadas por problemas de salud, física y mental. Aunque cada caso es diferente y además el maltrato puede darse en todas las situaciones socioeconómicas, los profesionales que las atienden aseguran que en los pisos se refugian aquellas mujeres más desprotegidas, que arrastran junto al problema del maltrato otras pesadas mochilas, como una situación de exclusión, de pobreza, o enfermedades, en la mayoría de los casos, consecuencia del maltrato. Suelen ser mujeres jóvenes, de entre 23 y 37 años, la mayoría con hijos. Tras pasar por un piso de urgencia (el centro Urrats), en el que permanecen no más de un mes, recalan en el piso de media y larga estancia, llamado Bidean, sobre el que pende la acusación de negligencia. La estancia es temporal, ronda los seis meses. Cuenta con ocho plazas. Y luego pueden ir a pisos de autonomía, cuando ya se ha dado una cierta mejoría y emprenden solas el vuelo.

El piso debe ser algo más que un techo seguro, y aspira a convertirse en la herramienta para que las víctimas dejen atrás un pasado de dependencia, recuperen la autoestima, y aprendan a valerse por sí mismas, explican los profesionales. Ahí entra el trabajo psicológico, a través del servicio concertado con el Colegio Oficial de Psicología.

«Mecanismo perverso»

«Hay que pensar que es la situación más dura de su vida» y que genera un «mecanismo perverso», porque en la situación emocional de la mujer chocan dos sentimientos contrarios: «Por un lado, quiere mucho a su pareja, es el hombre de su vida, y ese hombre es el que no le corresponde y le maltrata. Hay un sistema de apego que le vincula a él». A la vez, «está el sistema motivacional de conservación personal, de 'yo me quiero y me cuido'». Álvarez compara ese enfrentamiento emocional con un tira y afloja que, «muchas veces» acaba por anular a la mujer. «Se puede producir incluso un daño cognitivo. Es un estrés crónico», que sume a estas mujeres en una parálisis. Hasta que se produce un detonante. «Muchas veces tiene que ver con ver el daño que ese maltrato está produciendo en las hijas y los hijos», apunta la psicóloga.

Para empezar a recuperarse, hace falta un trabajo psicológico que se ofrece a través del programa foral convenido con el Colegio. Son un total de 21 sesiones, que pueden prolongarse otras nueve. El año pasado entraron 289 casos nuevos, de los cuales 254 eran mujeres, 20 hijas menores de 18 años, 6 hijos menores, y 9 hombres agresores, a los que también se facilita ese tratamiento. Además, se continuó con casos de años anteriores. En total, 697 personas atendidas.

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