«Había un montón de árboles y ramas caídas y nos desalojaron a todos»

Las fuertes rachas causaron daños en el camping de Vieux Boucau. / MIKEL HUARTE

Un camping de Vieux Boucau donde se alojan decenas de guipuzcoanos tuvo que ser evacuado debido al fuerte viento

CLAUDIA URBIZU SAN SEBASTIÁN.

Las fuertes rachas de viento que el miércoles azotaron Vieux Boucau, en la región de Aquitania, provocaron la caída de tres árboles en la zona del camping Le Vieux-Port -que habitualmente cuenta con huéspedes guipuzcoanos-, aplastando varias tiendas de campaña y mobile homes, por lo que tuvo que ser desalojado. «Después de cenar volvimos al camping y nos dijeron que no podíamos entrar porque el viento era tan fuerte que estar dentro era peligroso», explica Carlota Acha, una donostiarra de 22 años que hasta ayer se alojaba con sus amigas Maialen y Ana en este camping. El incidente ocurrió la noche del miércoles, «y la verdad es que no se podía casi ni andar del viento que hacía, había un montón de árboles y ramas caídas y nos desalojaron a todos», añade.

«No nos dijeron exactamente qué estaba pasando, solo que no podíamos entrar, y nos llevaron a un recinto que se llamaba 'Arène'. Tuvimos la suerte de que tocase noche de karaoke, así que nos tuvieron a todos allí cantando», precisa, «algunos incluso llevaban casco en la cabeza para protegerse». A pesar de que «la gente parecía no tener miedo», a medida que pasaban las horas el enfado de algunos fue creciendo. Carlota apunta que la mayor parte de los que estaban en el recinto eran vascos. Cuando el concurso de cantos terminó, les informaron de que hasta las 3.00 horas de la madrugada no podrían volver a su mobile home, así que la música dio paso a una película. Todos los refugiados en el recinto recibieron mantas, sacos y almohadas para que pudiesen descansar, y «se habilitó un espacio especial para la gente con niños más pequeños».

Cuando el reloj marcó las tres, Carlota y sus amigas pidieron permiso para volver al camping. «Nos dijeron que no había problema, aunque no sabemos qué fue del resto. Cuando volvimos estaba todo desierto, el suelo estaba lleno de ramas y había troncos caídos», apostilla. Reconoce que cuando por fin terminó la odisea y volvieron a su cama fueron presa del miedo. «La verdad es que aquello se movía mucho, aún hacía mucho viento. Pensamos que si ya había caído un árbol, seguro que luego iba a caer otro, porque nos dio la sensación de que hacía el mismo viento. Fue todo un poco raro», concluye Carlota, que resume la experiencia como «una auténtica aventura».

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