Un remero de Hibaika escapa del fuego en Galicia: «Vimos a dos encapuchados huyendo en moto»

Un remero de Hibaika que ayudó en la extinción y gallegos vinculados con el territorio narran las horas de angustia de una tragedia que ya se ha cobrado cuatro vidas. «Era una locura, aún no doy crédito. Todo el mundo sacaba cubos, hacían cadenas humanas y empapaban el terreno», relata Kevin. El humo provocado por el centenar de incendios que asuelan Galicia y Asturias se adentró ayer por el litoral.

I. VILLAMERIEL/E. VIÑASSAN SEBASTIÁN.

Las consecuencias de los más de cien incendios desatados el domingo en Galicia y en Asturias, y que han dejado ya cuatro víctimas mortales y cuantiosos daños, se dejaron ayer sentir en Gipuzkoa. Hacia las dos del mediodía se empezó a notar cierto olor a quemado y el cielo azul se cubrió de una fina capa blanquecina. El viento sur había rolado a suroeste, y trajo consigo la nube de humo que ayer ocultó el amanecer en las comunidades afectadas por la tragedia forestal. La situación es «dantesca», «un infierno», según los testimonios de gallegos vinculados con Gipuzkoa que cuentan cómo están viviendo estas horas de angustia.

Kevin y su novia Lorena, en Zamáns, zona afectada en Vigo.
Kevin y su novia Lorena, en Zamáns, zona afectada en Vigo. / E.V .
Kevin González | Remero de Hibaika «Aquello superaba cualquier película de terror»

La madrugada del lunes será imposible de olvidar para Kevin González Santiago. Este joven remero del club Hibaika de Errenteria vivió una auténtica pesadilla en Coruxo, una parroquia de Vigo en la que, según fuentes oficiales, el fuego calcinó el 80% del monte. El deportista se encontraba con su pareja en su pueblo natal, Moaña, cuando supo que las llamas se hallaban a poca distancia de la casa de esta, donde en ese momento se encontraba sola su abuela octogenaria. «La autovía estaba cortada y tuvimos que ir por el medio de la ciudad. Un trayecto de media hora nos llevó el doble de tiempo», recuerda.

Lo peor aún estaba por llegar. Aunque el incendio parecía que se encontraba al otro lado del monte, el viento cambió de rumbo y se extendió entre los pinos. «Toda la gente comenzó a subir para apagar el incendio. La casa de unos amigos se libró de milagro porque todo ardió a doscientos metros a la redonda. Los vecinos se jugaban la vida en casa de otros vecinos cortando árboles, maleza... Era un caos. Pasamos mucho miedo», cuenta.

Cuando parecía que habían frenado el avance de las llamas, una nave industrial abandonada comenzó por sorpresa a arder y a continuación, la casa de un vecino que acumulaba, al parecer, toneladas de basura en su interior. El hombre se atrincheró en ella. «Lo tuvo que desalojar la policía, porque dentro tenía veinte colchones, bombonas, bidones... No pudimos hacer nada por su casa. Estalló un coche. Estallaron las bombonas. La gente empezó a ponerse nerviosa. Todos nos mirábamos, pero no podíamos hacer nada», narra.

Entonces alguien dio la voz de alarma ante la presencia de dos desconocidos que, ajenos al nerviosismo de cuantos trataban de salvar su pueblo, grababan con móviles la escena. «Eran dos chicos encapuchados y con sudaderas negras, que se marcharon en una moto Yamaha. La descripción coincide con la que se ha dado a través de los medios de comunicación y las redes sociales de los que han podido provocar el fuego», explica Kevin.

Los esfuerzos de los habitantes de Coruxo se centraron en controlar el fuego. A ellos se unieron varios camiones de bomberos y motobombas. «Todo el mundo sacaba cubos, hacían cadenas humanas, cogían mangueras que iban empalmando como podían... Aquello superaba cualquier película de terror. Era una locura. Aún no doy crédito», asegura.

Eran más de las nueve de la noche y hacía 30 grados. Respirar comenzaba a ser cada vez más difícil, sobre todo por el humo negro que salía de la nave industrial. «Llegó un momento en que estábamos rodeados por el fuego -describe-. La gente empezó a desalojar las casas. Cogían documentación y se iban en coche al club de remo de Coruxo y los centros deportivos que abrieron las puertas. Cada poco tiempo nos metíamos en casa. Mi pareja estaba mareada, con picores en los ojos. Esperábamos cinco minutos y volvíamos fuera», señala.

Cuando los bomberos pudieron controlar los focos más cercanos se desplazaron a otras poblaciones en las que la situación era peor. «Ya había ardido todo el monte. Nos pidieron que siguiéramos echando agua, refrescando las casas y el camino. Así estuvimos hasta las seis de la mañana. También llegaron personas de otros lugares a ayudar. Pasaban coches y nos lanzaban mascarillas. Todo el mundo se movilizaba para acabar con el fuego. Espero que esto no vuelva a ocurrir en ningún otro lugar», concluye el remero de Hibaika.

Cristina y Diego siguieron con preocupación las noticias.
Cristina y Diego siguieron con preocupación las noticias. / USOZ
Cristina Nogueira y Diego López | Gallegos afincados en Gipuzkoa «Nos da mucho coraje que el fuego sea intencionado»

Cristina Nogueira y Diego López eran ayer una pareja pegada a un ordenador, a la tele o al móvil para estar al tanto de la evolución de los incendios. Estos dos gallegos de Fozara (Pontevedra) apenas descabezaron un intranquilo sueño la madrugada del lunes, preocupados como estaban por la situación de sus parientes y amigos en uno de los condados, el de Pontareas, más castigados por el fuego.

«No nos dormimos hasta las cuatro de la mañana, que empezó a llover un poco», afirma Diego, que recaló en Gipuzkoa hace tres años para realizar su doctorado en la UPV. Su novia Cristina le siguió seis meses después tras encontrar trabajo en Decathlon. «Tenemos familia prácticamente en todos los pueblos en los que el fuego se ha cebado, y algunos han visto las llamas muy de cerca», confiesan. «Mis abuelos fueron desalojados antes de que el fuego engullese su casa y una prima tuvo el incendio a escasos diez metros», relata Cristina.

«La casa de unos amigos se libró de milagro», cuenta desde Vigo el remero de Hibaika

«Me da pena que en Galicia no se respete el entorno rural como en Gipuzkoa», sostiene Cristina Nogueira

«Nunca había visto tantos fuegos, con tantos focos en distintos sitios», cuenta José Bahamonde

«En Coruña llegaba el viento cargado de cenizas», asegura la universitaria Oihana Urretabizkaia

Esta pareja afincada en el barrio donostiarra de Intxaurrondo viaja a Galicia «al menos una vez al mes» y estaban valorando si ir el próximo fin de semana. «No lo teníamos decidido del todo pero ahora iremos seguro, porque hemos sentido mucha impotencia al ver lo que estaba ocurriendo y no haber podido hacer nada», confiesan.

«Nos da mucho coraje que los fuegos hayan sido provocados», afirma Cristina. «Una de las cosas que nos encanta de vivir en Gipuzkoa es el respeto y el cariño que se tiene por el medio rural. Nosotros venimos de un entorno muy similar y nos da pena que eso se pierda por unos pirómanos que queman hectáreas y hectáreas para recalificar el suelo», sostienen con contundencia. «Hemos visto vídeos en los que el foco de las llamas se iniciaba en una plaza, o en una isleta, por lo que no cabe duda de que han sido intencionados».

A pesar de ello, ambos lamentan que las condiciones climáticas han contribuido a que los incendios se propagasen con más rapidez. «El domingo se dieron tres características claves. En primer lugar, había menos de un 30% de humedad, más de 30 grados, y vientos de más de 30km/h». Un cóctel climatológico que complicó aún más la situación.

José Bahamonde mira al cielo desde su casa de Villagarcía de Arousa.
José Bahamonde mira al cielo desde su casa de Villagarcía de Arousa.
José Bahamonde y Cipri Romano | Gallegos que vivieron en Gipuzkoa «He visto muchos incendios, pero esto es de desalmados»

José Bahamonde y su mujer Cipri Romano son gallegos, en los 70 emigraron a Errenteria en busca de un futuro mejor. Y hace 14 años volvieron a su tierra junto a su hija Nerea, que se instaló también allí, en Villagarcía de Arousa.

El pasado domingo, el matrimonio cruzó la ría de Arousa para comer en casa de unos familiares. «Hacía mucho calor», recuerda Jose, unos 33 grados, y «mientras comíamos ya notamos el olor a humo que procedía de Vigo, que está más al sur». Tras la comida, cada cual se fue a su casa. «Mi cuñado vive en el centro Vigo y al llegar nos empezó a mandar vídeos de los incendios que se estaban produciendo alrededor y dentro de la propia ciudad». En ellos se veía cómo el fuego iba cercando la universidad, el zoo... «Terrible».

Mientras se sucedían los mensajes de Whatsapp entre los parientes, el olor a quemado también se percibía junto a la casa de Jose y Cipri. Ellos también tenían el fuego a la vista de su ventana. «Eran sobre las nueve y media o diez, y el monte Xiabre estaba ardiendo. A medianoche lo sofocaron, creo que con ayuda de vecinos de Villagarcía», contaba ayer mirando por la misma ventana, donde ahora, «por suerte, llueve».

Jose ha conocido unos cuantos incendios a lo largo de su vida. «Algunos muy grandes también, como los que hubo la Costa da Morte, por ejemplo, pero uno como este, con tantos focos distintos, en tantos sitios de toda Galicia, no lo había conocido yo nunca». «Quienes hicieron esto son unos desalmados».

La guipuzcoana Oihana Urretabizkaia estudia Fisioterapia en A Coruña y el domingo tuvo que cerrar las ventanas de su cuarto en la residencia Siglo XXI, «porque al anochecer empezó a llegar viento sur cargado de mucho humo y cenizas». Narra que entre los estudiantes se vivieron momentos de «incertidumbre», sobre todo entre los de la zona de Vigo, «a los que les llegaban noticias erróneas, como que había ardido una refinería cercana».

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