«Ya no leo libros porque cuando termino un capítulo se me olvida»

Ernesto Gurrutxaga y Ana Flores son dos donostiarras que han vivido en primera persona alteraciones en su memoria. / MIKEL FRAILE

Ernesto Gurrutxaga y Ana Flores sufren episodios de pérdida de memoria. Aunque ninguno padece alzhéimer, la edad en un caso y el estrés en el otro han desencadenado trastornos que han afectado a su vida diaria

AIENDE S. JIMÉNEZSAN SEBASTIÁN.

Ernesto Gurrutxaga llega con su carpeta bajo el brazo. Tras presentarse, la abre, coge un bolígrafo y apunta los nombres de las personas que acaba de conocer. «Si no, se me olvidan», explica. Hace algunos años, no recuerda exactamente cuántos, que su memoria empezó a fallarle. Este donostiarra de 80 años cree que ese problema ha ido agravándose desde que falleció su mujer, hace dos años. «A ella también se le olvidaban cosas, pero me decía que era normal, cosas de la edad», recuerda.

Pero esa justificación, que también le daban amigos y otros familiares, no valía para Ernesto. Él, que durante muchos años fue miembro de Aranzadi, donde desarrolló su pasión por la micología y la botánica, ya no se acuerda de los nombres técnicos de algunos árboles cuando pasea por el parque de Cristina Enea en Donostia. «Qué rabia me da», confiesa, «aunque después de un rato lo acabo sacando».

Ernesto no tiene alzhéimer. Así se lo confirmaron en su última visita al médico. Pero su memoria ya no es la que era. «Ya no leo libros, porque en cuanto me leo un capítulo se me olvida de qué iba, y no puedo seguir el hilo», lamenta. Sin embargo, afirma que no tiene miedo de padecer esta enfermedad. Hace una vida normal y es totalmente independiente.

«El estrés que me generaba el trabajo y la vida familiar me provocaba olvidos», cuenta Ana

Ana Flores, por el contrario, admite que junto a sus primeros olvidos apareció en su mente «el fantasma» del alzhéimer. Esta enfermera donostiarra de 46 años empezó a experimentar ciertas pérdidas de memoria o despistes hace apenas un año. Su entorno, como el de Ernesto, le decía frases como 'Tranquila, a mí también me pasa'. «Pero cuando ves que la situación se agrava y que cada vez te ocurre en más ocasiones, piensas que puede estar pasando algo más grave», señala, y reconoce que al haber conocido el alzhéimer de cerca en su familia, «poder llegar a tenerlo es algo que me asusta mucho».

Quien más quien menos ha tenido alguna vez una palabra en la punta de la lengua que no era capaz de recordar. Así empezaron los episodios de olvido de Ana. «Quería decir la palabra microondas, por ejemplo, y estaba señalándolo, pero no era capaz de acordarme», cuenta la donostiarra. Lo mismo le ocurría con los nombres de algunas calles por las que pasa habitualmente, o a la hora de seguir las conversaciones. «En mitad de ellas de repente me quedaba en blanco, perdía el hilo y se me olvidaba de lo que estaba hablando». Cuenta que en su casa bromeaban y la llamaban 'Dory', en referencia al famoso pez animado que sufre pérdidas de memoria a corto plazo.

Pero para ella dejó de ser una broma y se convirtió en un verdadero problema que decidió atajar acudiendo a un especialista. «Por mi profesión, en la que vemos de todo y muchas cosas malas, siempre te pones en lo peor», afirma. Le realizaron una entrevista y una serie de tests para evaluar su situación, y el diagnóstico fue que sufría olvidos benignos, provocados por el estrés. «Lo cierto es que tuve una época con mucho trabajo y además mis hijos tienen 13 y 15 años, y sin darme cuenta han pasado de niños a adolescentes, con todo lo que eso conlleva. Al final, eso me generó un estrés que afectó a mi cerebro».

Yoga y lectura

En el caso de Ana, lo que ella pensaba que eran problemas de memoria eran en realidad olvidos provocados por la dificultad de fijar la atención sobre el hecho que debería haberse recordado. Algo que sucede comúnmente en personas despistadas, hiperactivas o estresadas por circunstancias que atraen toda su atención, como le pasaba a ella.

El tratamiento recomendado para Ana fue buscar momentos de calma, de relajación, que le permitieran tener un espacio propio más allá de las preocupaciones cotidianas que le generaban el trabajo o la familia. Los ha encontrado en el yoga, los libros o el cine. «Me ha venido muy bien. No era muy aficionada a la lectura y me estoy enganchando, y el yoga me ayuda a no vivir tan atropellada». Antes, asegura, «tenía tiempo para todos menos para mí», y gracias a estos nuevos hábitos, «tengo mis momentos, solo míos».

Clases de memoria

Ana está notando la diferencia. Con menos estrés, sus olvidos han remitido, y gracias al diagnóstico tranquilizador del especialista ya no se preocupa. «Me sigue ocurriendo a veces, pero he conseguido recuperar mi situación anterior», afirma. «No hay que obsesionarse, pero si alguien tiene una inquietud es mejor acudir al médico, que si estás mal te dará un tratamiento y si estás bien te dejará más tranquilo».

«Es que hay gente a la que le da reparo reconocerlo», le apostilla Ernesto. «Hay que quitarse los prejuicios, y si se te olvidan las cosas, decirlo sin problema». Él, por ejemplo, cuando alguien le saluda por la calle y no recuerda quién es, le para, le explica que le falla la memoria y se lo pregunta. «No me da vergüenza», asegura.

«Voy a talleres para ejercitar mi memoria. Me falla, pero no me doy por vencido», apunta Ernesto

Los expertos aseguran que la memoria se entrena. Y eso es lo que hace Ernesto. «Trabajo mi memoria y no me doy por vencido. Así por lo menos no voy a peor», dice con orgullo. Cuando empezó a olvidarse de las cosas se apuntó a un grupo en el hogar del jubilado de la Calle Idiakez de San Sebastián en el que realizan ejercicios de memoria. «Voy una vez a la semana y somos muchos», así que eso no era suficiente para él. A través de una de sus hijas conoció los talleres de memoria que imparte Afagi, -la Asociación de Familiares y Amigos de personas con Alzhéimer de Gipuzkoa-, a los que acude lunes y miércoles.

Nada más entrar, los 'alumnos' deben responder preguntas referidas a la actualidad: qué día es, en qué año estamos, en qué lugar... Además en las clases trabajan mediante diferentes actividades que ejercitan su memoria. «Leemos textos divididos en párrafos, y al terminar tenemos que decir de qué trataba cada uno. También hacemos dictados», revela Ernesto. Para terminar la sesión, practican un poco de gimnasia. «Movemos el cuello, los brazos... estoy encantado, creo que me beneficia mucho», asegura.

Aunque el jubilado reconoce que tiene ciertos trucos para no olvidar las cosas importantes. «En casa tengo un despacho, y en un lado de la mesa dejo apuntadas las cosas urgentes que no se me pueden pasar». Aunque a veces esa técnica le falla. «Dejé apuntada la hora y el lugar de esta entrevista por miedo a que se me olvidara, pero no sé dónde he dejado el papel». Durante el transcurso de la charla, Ernesto echa mano al bolsillo de su camisa, donde lleva unas pequeñas hojas con anotaciones. «¡Fíjate donde tenía apuntada nuestra cita!». Otro pequeño olvido que sin embargo no impidió que acudiera puntual al encuentro. Porque su memoria, aunque a veces sea perezosa, aún funciona.

EL ESTILO DE VIDA PARA UN CEREBRO SALUDABLE. SEGUIR UNA DIETA MEDITERRANEA

NECESIDADES BÁSCIAS DEL CEREBRO
El cerebro consume el 20% de la energía de todo el organismo.
La glucosa y el oxígeno son sus principales fuentes de energía. La glucosa proviene de los alimentos.
Además, para su correcto funcionamiento requiere de una hidratación intensa y una correcta proporción de otros nutrientes (minerales, vitaminas, grasas, aminoácidos, etc).
CONSEJOS GENERALES
Coma sano, equilibrado, variado y con moderación.
Las dietas a base de nutrientes únicos (proteínas, grasas, vegetales, etc) pueden provocar carencias.
Los enemigos universales de una dieta sana son la sal, el azúcar y las grasas trans.
Las frutas, verduras y legumbres son ricas en polifenoles, sustancias antioxidantes beneficiosas para la salud cerebral.
El chocolate de alto contenido en cacao es rico en un polifenol (flavanol). Su consumo moderado aumenta la actividad neuronal en el hipocampo, la estructura cerebral donde se forman los recuerdos.
Beber seis vasos de agua al día como mínimo.
Practicar ejercicio físico diario.
Las dietas bajas en calorías también se asocian con una buena salud cerebral ya que fomentan la formación de nuevas células nerviosas y retrasan el proceso de envejecimiento celular.
El consumo de suplementos nutricionales no ha mostrado ejercer efecto alguno en la incidencia de deterioro cognitivo.
Cocine al vapor, evite la cocción exagerada de verduras, no chamusque las frituras ni los asados y cambie de aceite.
DIETA MEDITERRÁNEA
Incluye el consumo habitual de frutas, verduras, legumbres, frutos secos, pescado, carnes blancas y aceite de oliva virgen.
El estudio Predimed demostró que reduce la incidencia de ictus en un 30%.
Reduce la atrofia cerebral típica del envejecimiento y normaliza los valores de las proteínas implicadas en el desarrollo de la enfermedad de Alzhéimer en el sistema nervioso de personas que empiezan a sufrir leves trastornos de memoria.
Es un estilo de vida que incluye ejercicio físico y una buena salud emocional basada en las relaciones sociales.

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